Una obrera y otra municipal: las bibliotecas “Rodó” de Colonia

Una obrera y otra municipal: las bibliotecas “Rodó” de Colonia

Con el telón de fondo de los días del Patrimonio y su homenaje este año a José E. Rodó, repasamos la historia de las dos bibliotecas que llevan su nombre en el departamento de Colonia: la de Juan Lacaze fundada en 1918, y la de Conchillas creada en 1988 con el nombre de “Artigas” y renombrada “Rodó” en 2017 a pedido de la Sociedad Rodoniana.

Luis Udaquiola

La 27º edición del Día del Patrimonio que se desarrolla este fin de semana homenajea al célebre escritor, ensayista y filósofo uruguayo José Enrique Rodó, en recuerdo de los 150 años de su nacimiento.

“En su corta vida Rodó generó espacios de discusión intelectual, bisagra entre dos siglos, pero adelantándose a su tiempo y trascendiendo los límites del Uruguay de la época”, comunicó el Ministerio de Educación y Cultura. “Ayudó a pensar a los de su tiempo y a las generaciones siguientes. Hoy sus ideas son estudiadas y valoradas en universidades y foros, tanto de Latinoamérica como de Europa”.

Rodó (1871-1910), es uno de los mayores exponentes de la llamada Generación del 900, un grupo de escritores y pensadores que marcaron la escena literaria y cultural del Uruguay a comienzos del siglo pasado. Fue escritor, ensayista, periodista, académico, crítico literario y dirigente político, integrante del Partido Colorado. Su ensayo más conocido, Ariel (1900), es considerado una de las obras más influyentes en la cultura y la política latinoamericana.

Este sábado estaban programadas varias actividades en ambas bibliotecas colonienses –la presentación del Coro Municipal y de la Comedia Departamental de Colonia, entre otras-, pero en Conchillas fueron postergadas por un contagio múltiple de Covid-19. También el estreno oficial de la nueva denominación de su biblioteca y la inauguración de un mural de la artista plástica Claudia Machado Larrosa.

La biblioteca de Conchillas

Esta biblioteca comenzó a funcionar en Pueblo Gil, área rural de Conchillas en 1988, y en setiembre de 1989, luego que el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) adquiriera una de las viviendas típicas de Conchillas en acuerdo con la Intendencia de Colonia, se trasladó a la ciudad. Además de la biblioteca la sede alberga la casa de la cultura donde se imparten talleres de música, informática y teatro para niños.

La biblioteca comenzó con una donación de libros del liceo y actualmente cuenta con casi 3.700 volúmenes y más de 700 usuarios.

El público mayoritario está constituido por adultos y niños. “Hubo un boom juvenil con algunos libros de Guillermo Lockhart, pero después se calmó”, contó la funcionaria municipal Mariana Cabrera, encargada del funcionamiento de ambas sedes.

La ciudad cuenta con una escuela, un liceo con dos opciones de bachillerato -biológico y humanístico-, y varias escuelas rurales vecinas.

La biblioteca forma parte de la red de bibliotecas municipales de Colonia que utiliza el Sistema de Gestión de Bibliotecas (PMB), un software francés de código abierto conformado por varios módulos que ayudan al responsable de la unidad de información en el control de la colección y en la interacción con los usuarios.

Originalmente se llamó “Artigas”, pero en 2017, a pedido de la Sociedad Rodoniana, la Junta Departamental le dio el nombre de “José Enrique Rodó”.

La biblioteca de Juan Lacaze

En el comienzo del Siglo XX en Juan Lacaze, “un grupo de jóvenes con inquietudes culturales, inspirados en el idealismo del Maestro de la Juventud Americana como se llamó a Rodó en su tiempo, comenzó a reunirse a leer y comentar sus libros, a adentrarse en el misterioso mundo de la literatura, a deleitarse con el esteticismo de las letras, de sus expresiones más elevadas, como así también a conocer y discutir las ideas, como en los grandes cenáculos de la cultura de todas las épocas”, escribió el lacazino José María Vizconde.

El periódico El Mirador, que dirigía Ángel Ponte, “cuyo nombre seguramente se inspiraba en El Mirador de Próspero, fue en alguna medida expresión de estas inquietudes. Fue así que hacia fines de 1917, inmediatamente después de la muerte de Rodó, decidieron formar una biblioteca popular. Reunieron algunos libros entre ellos, consiguieron otros a través de donaciones, etc., hasta llegar a unos 100 volúmenes”.

Vizconde rememoró que la biblioteca comenzó a funcionar “según don Ángel Ponte en febrero de 1918, y según datos que se recogieron luego en los estatutos sociales, el 15 de noviembre de 1918, en una de las viviendas obreras de la empresa Salvo Campomar & Cía. alquilada al Sr. Daniel Fenochio, ubicada sobre la vereda sur de la calle José Pedro Varela, al comienzo del primer pasaje, teniendo como mobiliario unos rudimentarios estantes, una mesa, algunas sillas y una lámpara a carburo”.

Rodó siempre tuvo admiradores y seguidores en Juan Lacaze, de modo que la sede de la biblioteca “José E. Rodó” está ubicada sobre la calle y frente a la plaza pública del mismo nombre.

En octubre de 1958 la Junta Departamental aprobó una iniciativa del Concejo Local para denominar con el nombre de Rodó a su plaza principal. “Este Concejo considera que la figura insigne del maestro de juventudes, merece el homenaje de una ciudad que aspira a que los jóvenes del mañana tengan la inspiración del gran oriental”.

Por su obra y “por su vivencia en el espíritu de las juventudes americanas, Rodó sigue siendo un rector ejemplar del pensamiento democrático que deseamos perdurar en las manifestaciones públicas, para que nunca pueda perderse el valor puro de sus ideales, que tan gallardamente ha sabido mantener durante largos años nuestra juventud”, concluía.

Testimonios en el centenario

En 2018, cuando la biblioteca lacazina completó 100 años, La Voz de la Arena propuso a sus lectores que contaran en redes sociales cuál había sido su primer libro, y prometió publicar los comentarios.

Antes de llegar a Juan Lacaze, María Cristina Vidal pidió prestado su primer libro, Platero y Yo, en la biblioteca de la escuela Sadil en Montevideo. “Ahí creo que tenía ocho años y comencé a escribir. ¡Cuánta agua corrió bajo el puente! Ya en la Rodó el primero que tomé prestado fue Los enanitos Jardineros. Hasta hoy voy a leer cada jueves”.  

Platero y yo también fue el primero de Ema Guilloux. “Yo no era socia cuando saqué mi primer libro: usé la ficha de mi padre”. El padre de Nora Cutinella Berois también era socio. “Cuando traía un libro me lo prestaba, y al formar hogar me hice socia yo, y mis hijas iban a sacar apuntes. ¡Yo devoraba los de Horacio Quiroga!”

El papá de Maria Domenech fue socio desde el primer día, “y luego me hizo a mí. ¡Si habré sacado libros que le pedía a Irma Morales que me buscara! Los de la Biblioteca Infantil que estaba en un costado creo que los leí todos y después seguí con otros”. El primer libro de la joven Josefina Rochon Gambetta fue Misterio en el Cabo Polonio, de Helen Velando. “Y sin haber conocido el Polonio antes, lo amé a través de ese libro”.

Hasta hace unos pocos años la vida de la ciudad se movió al ritmo de las máquinas textiles y papeleras. Mirna Solange Otegui, por ejemplo, fue socia “durante años hasta 1978 que me fui de Juan Lacaze (para Buenos Aires). Para entonces me había leído todo lo de Agatha Christie”.

La actriz Elsa Gelso es socia desde sus nueve años, y Rudyard Janavel asistió el día de la colocación de la piedra fundacional del nuevo local. “Mi hermano y yo éramos socios desde niños. Era nuestra cita obligada cada tarde a eso de las cinco. La señorita Morales, la bibliotecaria, se resignaba a buscarnos ejemplares de las revistas Hobby y Mecánica Popular en la piecita del fondo, que revisábamos página a página sentados en una mesa. Nuestra colección predilecta era una de libros pequeños, técnicos, que abarcaba todos los temas desde textiles a electrónica pasando por uno que nos sirvió de guía para nuestra primera experiencia: Construcción de botes, yates y lanchas. Buscamos el modelo, seguimos las instrucciones y ¡nos construimos nuestro primer bote!”

Janavel calcula que tendría unos diez años “cuando esa biblioteca y su material ya habían marcado nuestras vocaciones, intereses y gustos. Los mismos que mantenemos hasta hoy”.

Olor a libros

La docente Raquel Nusspaumer Ponte es nieta y sobrina nieta de dos de los fundadores. “Yo adoraba ir a leer libros como Polyanna y después no paré más”. El abuelo de Yamile Abitante también fue uno de los pioneros. “Fui desde siempre, me encantaban los sillones del sector infantil y su vitrina con nuestra literatura”.

El joven médico Cristian Vidart guarda varios recuerdos: “el olor a libros, los ‘señores’ del pueblo leyendo el diario temprano a la izquierda del acceso contra el ventanal, las juntadas con mis amigos de la escuela y el liceo para armar los trabajos en equipo. Sin duda, un pilar fundamental para los que soñamos algún día ser mejores, porque los libros y la cultura te vuelven mejor persona”.

“El rincón donde se leían los diarios” es también “lo primero que viene a mi recuerdo”, dijo Ana Luisa Gabriel Belonakis. “Y las tertulias entre los lectores, comentando las noticias, además de esperar turno hasta que un diario o suplemento quedara libre”, acotó Roxana Ruiz.

Uno de los primeros libros que leyó Pablo Poses Peyronel “fue Tumbas en el Río de la Plata, de Omar Medina, aunque después vinieron otros, y otros y otros”. Desde los 13 años y hasta que se radicó en Montevideo, Silvana Fornara no dejó de leer libros. “El primero debe haber sido Mujercitas. Mi mamá, Roma Bentancour, que sólo tenía cuarto año de escuela rural, era muy culta y mucho tuvo que ver la enormidad de libros que traía de la Biblioteca. Terminaba uno y pedía otro. Siempre fue un orgullo para mí que fuera tan buena lectora”.

A veces Ariel Galarraga tiene la sensación de “que nací en la Biblioteca, no solo porque he leído infinidad de libros sino también porque iba a jugar al ajedrez con mi amigo Rubén el Gallego García. Cada vez que entro me emociona muchísimo”.

El actual alcalde de la ciudad, Arturo Bentancor Gonnet, se hizo socio “al comenzar marzo de 1963, y en abril cumplí 12. El primer día que fuimos a sacar apuntes con unos compañeros derribé una silla. El llamado de atención de Irma me tiñó la cara de rojo. Los libros que más recuerdo son los de Emilio Salgari que eran los favoritos de mi padre. Aunque pasaron más de 50 años aún recuerdo las tertulias bajo el parral, comentando la fauna y la flora de las aventuras de El Corsario Negro. Salgari era un gran descriptor de los escenarios”.

Jorge Mar no mencionó libros. “Recuerdo el primer concierto de guitarra con Luis Pérez, Daniel Ganadera y Richard, no me acuerdo el apellido, y el profe Roberto Guitarron Cabrera”.

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