Punta Carretas. 50 años de la más grande fuga carcelaria

Punta Carretas. 50 años de la más grande fuga carcelaria

Este lunes 6 se cumplieron 50 años de la fuga del penal de Punta Carretas protagonizada por 106 miembros del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) y cinco presos comunes. Junto con la de Irán, encabeza el capítulo “Greatest jail break” -la más grande fuga carcelaria-, del Guía Guinnes de records mundiales. El informe que sigue fue elaborado a partir del testimonio de dos de los cuatro lacazinos que participaron, Alejandro Buscarons y Walter Phillipps-Treby, y fue publicado originalmente en setiembre de 2002. Phillipps-Treby falleció en mayo de 2011.

Luis Udaquiola

En el invierno de 1971 la proyección en los cines montevideanos de la melosa Love Story, contrastaba con el enfrentamiento -cada vez más intenso-, entre la guerrilla urbana y la fuerza policial. En la madrugada del 31 de julio, casi a la misma hora en que se descubría la fuga de 38 tupamaras de la cárcel de mujeres, el integrante del MLN Manuel Ramos Filippini moría acribillado a balazos junto al parador Kibón, en las rocas de Pocitos.

Había estado preso en el penal de Punta Carretas, el mismo establecimiento de donde dos semanas antes se había fugado el también coloniense Raúl Bidegain, intercambiando posiciones con su hermano Gabriel durante una visita.

Tras el cambiazo los presos políticos fueron sancionados severamente. “Quedamos recluidos por varios días sin recreo y sin visita”, recordó el dirigente Eleuterio Fernández Huidobro en su libro “La Fuga de Punta Carretas”. No obstante, los preparativos para una fuga masiva continuaron. “El Comando de afuera debía ir consiguiendo armas para todos nosotros, ropa, vehículos (alrededor de 40), locales con ‘berretines’ adecuados para recibir a los fugados y soportar las razzias previsibles, designar los equipos de sanidad y elegir lugares, tanto en la calle como en casas, para desplegarlos el día “D”. Según Fernández Huidobro la fuga de Punta Carretas fue una obra multitudinariamente colectiva en la que participaron de un modo u otro, sabiéndolo o no, miles de compañeros”.

LOS PESCADORES

Entre los más de 150 tupamaros presos en Punta Carretas había cinco lacazinos: César ‘Toscano’ Long -uno de los primeros en ser detenido-, Alejandro Buscarons, Eduardo Cavia, Walter Phillipps-Treby y Ruben ‘Chiquito’ Guaz, que ingresó por último. A Buscarons, Cavia y Phillipps-Treby los llamaban los pescadores por la circunstancia en que cayeron presos el 14 de setiembre de 1970 tras volar la planta de la ITI (International Telegraph & Telephone) en el Delta del Tigre, en el límite entre San José y Montevideo. Eran cerca de las ocho de la noche y apostaron a confundirse entre los pescadores que transitaban por la zona, pero fueron detenidos en la cabecera oeste del puente sobre el río Santa Lucía. Venían desarmados. Las armas “estaban camufladas dentro de una bolsa, tapadas con tres quilos de puchero de falda que íbamos a comer esa noche”, explicó Buscarons.

Durante las primeras horas estuvieron detenidos en la seccional policial de Santiago Vázquez, donde recibieron “la primera biaba”. Cerca de la medianoche fueron conducidos hasta el 4° piso de la Jefatura de Policía de Montevideo, donde operaba el comando de Inteligencia y Enlace. “Allí permanecimos todo el día 15 y al día siguiente nos procesó el juez Amilivia –aquel que después estuvo requerido por las Fuerzas Conjuntas-, por los delitos de ‘asociación para delinquir’, ‘atentado a la Constitución en grado de conspiración’, y ‘estrago’.

Por entonces los tres tenían 20 y pocos años. Se conocían desde muy jóvenes y se habían radicado en Montevideo para estudiar y trabajar. Phillipps-Treby había cursado un año de Psicología en la Facultad de Humanidades y Ciencias y se había cambiado para Medicina; Cavia cursaba bachillerato de Medicina en el nocturno del IAVA y trabajaba en una fábrica de plásticos; Buscarons estudiaba Derecho y tocaba la guitarra.

En las vacaciones volvían a Juan Lacaze para disfrutar de la playa y participar en bailes y en guitarreadas. “Esa amistad derivó en más o menos las mismas opciones políticas y entramos a la orga juntos”. Los tres actuaban en el sector militar de la llamada “columna 50” del Interior.

LAS CARCAJADAS DEL TOSCANO

Durante las primeras semanas en el penal de Punta Carretas compartieron la misma celda, conocieron a otros tupamaros, y se encontraron con César Long. Aunque es mayor, el Toscano había sido amigo de ellos en Juan Lacaze.

“A veces, en el silencio de la noche, solo se escuchaba su carcajada”. Long había caído en 1969 en Montevideo junto a Jorge Zabalza -que recibió un tiro-, el dirigente cañero Nicolás Esteves, Cristina Cabrera, Ataliba Castillo, y el brasileño Mane.

El 5 de febrero de 1971 una lluvia torrencial abortó los preparativos de una fuga a través de la red de saneamiento. El agua arrastró las herramientas y otros materiales que aguardaban en las cloacas y su hallazgo en la costa intensificó la vigilancia. La operación había sido denominada “El Gallo”.

Los tupamaros fueron trasladados al Corredor 23 y separados de los presos comunes, pasando a ocupar la segunda y tercera planchada. “Se habían perdido meses y quizás años de paciente trabajo por culpa de una lluvia”, evaluó Fernández Huidobro en su libro. “Nos sentíamos más presos que nunca, y lo estábamos efectivamente”.

Una tarde alguien tuvo la idea de conectar las celdas mediante boquetes, cortando la pared en bloques por la línea entre ladrillo y ladrillo. Dada la antigüedad del edificio, los ladrillos eran mucho más anchos que los actuales y un poco más largos. “Buscábamos cortar la pared por la línea de revoque, y era facilísimo”, describió Buscarons.

A partir de un orificio que atravesaba la pared, “introducíamos una ‘rienda’ con tres alambres trenzados que extraíamos de los jergones de las camas, y entre dos –cada uno en su celda-, serruchábamos presionando al mismo tiempo hacia abajo”.

Para suavizar la fricción y evitar un ruido excesivo, a las ‘riendas’ se les pasaba grasa, un producto que al igual que la harina estaba permitido para mejorar la alimentación, “que era espantosa”.

Una vez extraídos, los bloques eran recolocados y disimulados “con una especie de enduido fabricado con yeso, harina y ceniza”. Los residuos se revolvían con agua en un balde y una vez licuados se vertían en los inodoros o ‘biorses’, como los llamaban en clave. Los boquetes pasaron a llamarse ‘heladeras’.

EL “ABUSO”

Tras las fugas de Bidegain y de las mujeres, el MLN resolvió acelerar los preparativos para la evasión de Punta Carretas. El túnel sería construido desde adentro, desembocando en una casa vecina copada previamente por un grupo de apoyo externo. La operación recibió el nombre de “Abuso”.

Conectadas las celdas de las planchadas superiores, el problema consistía en llegar a la planta baja a través de una perforación vertical. Abajo estaban recluidos presos comunes totalmente ajenos al plan.

La celda elegida fue la N° 73, justo contra el muro que da a la calle Solano García, cuyos ocupantes -Arión Salazar y Carlos Lapaz Caballero-, se plegaron al intento comprometiéndose a colaborar.

Otro apoyo determinante surgió del guardia encargado de las requisas, apodado Luquini por su desmesurado amor a las “lucas” o billetes de $ 1.000. Con la excusa de poder reunirse tranquilos “para estudiar y escribir papeles”, los tupamaros le arrancaron el compromiso de no variar la rutina.

De esta forma, conociendo de antemano las celdas y los días y horarios de las inspecciones, la secuencia del plan enfrentaría menos riesgos. Los gordos y quienes padecían problemas respiratorios no participaban en la excavación. Quienes lo hacían contaban con una dieta adicional recomendada por los médicos del MLN.

La tierra se acondicionaba en bolsas fabricadas con sábanas o frazadas que luego se escondían debajo de las cuchetas. “Los últimos días había bolsas hasta atrás de las letrinas y no había espacio ni para mear”, recordó Buscarons.

En aquella época se podía renunciar a los recreos. Así, mientras un grupo permanecía en sus celdas apoyando la construcción del túnel, otro bajaba al patio “y armaba terribles partidos de fútbol y griteríos” para disimular eventuales ruidos.

Precisamente por el ruido, “las mejores horas para excavar eran durante el día”. Cierta vez se encontraron piedras “y fue la desazón total”, pero analizando unas muestras se descubrió que podían romperse con facilidad.

Para completar el faltante de oxígeno en los últimos tramos del túnel se fabricó un fuelle. “Trasladábamos el aire a través de un tubo fabricado con papel satinado de revistas”.

Una noche, a fines de agosto, los excavadores se toparon con el túnel que en 1931 había servido para la fuga de anarquistas conocida como “de la Carbonería”. En la intersección de ambos túneles, la madrugada del lunes 6 de setiembre, el día de la fuga, alguien colocó un cartel con la inscripción: “aquí se cruzan dos generaciones, dos ideologías y un mismo destino: la libertad”.

DONAMOS TIERRA

Aquella mañana la cárcel despertó con un tropel de hombres de particular recorriendo las celdas del tercer y segundo piso: “¡Acá no hay nadie!”, “¡Acá tampoco!”. Solo colgaban unos cartelitos anunciando: “Por la tierra y con Sendic”, “Se alquila”, “Donamos esta tierra para relleno de la cancha”.

Tras la fuga, los pescadores fueron enviados a diferentes ciudades del interior del país donde fueron recapturados en 1972. Buscarons cayó durante un tiroteo en Salto, y Cavia en una ‘cárcel del pueblo’. El único de los tres que volvió a estar preso en Punta Carretas fue Phillipps-Treby.

Toscano Long también volvió, pero por poco tiempo: antes de caer definitivamente y ser confinado en Libertad intervino en una nueva fuga, más chica, desde el hospital penitenciario. Guaz, que no participó en ninguna fuga porque estaba “liviano”, fue liberado tiempo después y optó por exiliarse en el exterior.

En 1975 Buscarons fue trasladado al penal de Libertad donde permaneció hasta la amnistía de 1985. Allí los pescadores se vieron muy pocas veces. “Me metieron en una celda sólo y hasta 1983 viví aislado”, recordó. “Cuando me cambiaron al 2° ‘A’ me encontré con Eduardo, pero no con Walter que estaba en otro piso”. Phillipps-Treby fue liberado en setiembre de 1984 al cumplir 14 años de su condena.

Faltaban pocas semanas para las elecciones y recuerda que participó en una Marcha del Silencio por 18 de Julio. “La gente reconocía mi condición por el cabello rapado”.

En Juan Lacaze las muestras de afecto estuvieron a la orden del día. “Nunca voy a poder agradecerles a Oscar Cedrés y a Mirita Abella todo lo que hicieron”. Quizás el recuerdo más imborrable sea el de un cartel en la plaza reclamando la libertad de todos los presos lacazinos con su nombre recién recortado. O la canasta de fin de año que ganó en una rifa. “Hasta hoy estoy convencido de que hubo un dedazo terrible del bolichero para que yo ganara”. O la docena de vecinos que se asomaban a sus puertas cada vez que concurría a la comisaría, obligado por el régimen de libertad provisional.

TABLERO DE AJEDREZ

Tras su liberación Phillipps-Treby trabajó con su hermano Eduardo en un almacén en Montevideo y luego gerenció una imprenta del MLN. También completó la carrera de Psicología y comenzó a ejercer como docente de Psicopatología. Desde hace dos años trabaja en la cátedra libre de Ética y Derechos Humanos.

En 1985 Buscarons entró a trabajar como funcionario del gremio papelero de Juan Lacaze. “Nunca me gustó Montevideo y el desarraigo de Juan Lacaze me costó mucho”. Hasta las elecciones de 1989 integró la dirección nacional del MLN e incluso militó en Montevideo durante la campaña. Luego se separó, “por diferencias políticas y metodológicas” y de allá para acá “no volví a actuar en política”. Aunque ya no milite se sigue sintiendo tupamaro, “pero de aquéllos tupamaros, no de estos”.

Phillipps-Treby también abandonó la militancia. “Se dio el absurdo de que cuando asumí en la imprenta ya no estaba militando, pero igual me quedé siete años”.

De vez en cuando los pescadores se encuentran. “A los que estuvimos mucho tiempo en cana nos pasa una cosa rara: aunque pasemos muchos años sin vernos, cuando nos encontramos hablamos como si nos viéramos todos los días”, explicó Phillipps-Treby. Hablan de política, pero no de aquellos años. “Hablar de cárcel y de tortura, de aventuras y tiroteos no me gusta. Es algo que le bajé la persiana y se terminó”, explicó Buscarons.

Cavia también vive en Juan Lacaze y trabaja como conductor en el servicio de ambulancias de la Mutualista Obrera. Si Phillipps-Treby viajara más seguido a Juan Lacaze los encuentros serían más frecuentes.

“Voy muy poco porque me mueve muchas cosas”, se disculpó. “Cuando salí mi padre estaba muy enfermo y prácticamente me estaba esperando para morir. Una de las veces que tomó conciencia de que estaba allí me dijo: ‘¿¡Te fugaste otra vez!?’. Mi madre falleció ese fin de año, antes que mi padre”.

De vez en cuando toma coraje “y nos vamos con los chiquilines a pescar mojarras o a visitar a Alfredo (Morel) y a Nora (Benítez) y siempre sale un asadito o algo”. La única pérdida que lamenta por la fuga de Punta Carretas, es un tablero de ajedrez taraceado que compartía con Buscarons y había sido obsequiado precisamente por Morel.

Actualmente Phillipps-Treby vive a dos cuadras del ahora shopping de Punta Carretas. “La primera vez fui a comer unos chivitos con dos amigos de ‘guardaespaldas’ porque no sabía qué efecto me iba a producir”. Aunque “de vez en cuando” vuelve, reconoce que siempre le produce “una cosa un poco extraña”. A diferencia de su compañero, Buscarons nunca más retornó. “Me negué a entrar al shopping. He llevado gente hasta la puerta, pero nunca más quise volver”.