Indio Candioti. Reconocimiento al autoproclamado “último charrúa” de Carmelo

Indio Candioti. Reconocimiento al autoproclamado “último charrúa” de Carmelo

No es que haya indios con apellido italiano: este nació en la ciudad fundada por Artigas el 28 de octubre de 1924 y en realidad se llamó Roque Díaz Fernández. Vivió casi toda su vida “a monte” y se presentaba como el último exponente de la raza charrúa. Por iniciativa de los ediles Juan Carlos Franggi y Hébert Márquez su nombre pasó a integrar el nomenclátor carmelitano.

Luis Udaquiola

En mayo la Junta Departamental de Colonia aprobó una iniciativa de los ediles del Frente Amplio, Hébert Márquez y Juan Carlos Franggi (suplente del primero y vecino de Carmelo), para que el tramo de la actual calle Oficial N° 1 entre Isidoro Rodríguez y Lavalleja, pase a llamarse “Indio Candioti”. Aun no hay fecha para la inauguración.

El “Indio Candioti” falleció en diciembre de 2002 a los 78 años. “Fue un personaje de la cultura popular que transmitió la idea del indio Charrúa cuando solo existía la imagen del cine, y recordado hasta hoy ya que se presentaba como el último de la raza”, argumentaron los impulsores del reconocimiento. “Vivió muchas veces en los montes y costas donde armaba su toldería (arroyo de las Vacas, playa Treinta y Tres, el Río de la Plata, etc.) siempre acompañado de un perro que, aunque lo cambiara generalmente se llamaba Capitán”.

Los Díaz-Fernández siempre vivieron en el barrio Saravia donde criaron seis hijos: tres mujeres y tres varones. La única que sobrevive es Miriam, que tiene 84 años, y si bien tiene buena salud, “a veces ve algunas cositas de él y se pone sensible”, contó su hijo Alcides Marr.  

Ocurre que Miriam cobijó a su hermano “hasta lo último”. Cuando no pudo más “lo puso en un hogar, y cuando falleció se trajo sus pertenencias: algún matecito, algún machete, algún cuchillo nomás, porque siempre se arregló con poco”. Su madre trabajó como lavandera, “la mayor parte del tiempo en un hogar para ancianos”.  

La propuesta que evaluó la Junta señala que “Indio Candioti” era una persona “muy sencilla, amigable y muy conversadora, amiga de la gente y de los niños, a quienes contaba anécdotas de su vida: pescar, pelear con fieras y cazar yararás en los montes; cuentos inventados pero llenos de encanto”.

¿En qué momento abandonó su casa? “Por lo que cuenta mamá, fue poco a la escuela: le gustaban más el aire libre y el carnaval”, explicó Marr, que tiene 64 años y tras jubilarse como policía trabaja en una empresa de vigilancia. “Mi tío se levantaba temprano, se pasaba el día en el campo y volvía a cualquier hora, y como a su padre no le gustaba le dijo que se fuera. Las cosas de antes”, resume. “Una vuelta, tendría 14 o 15 años, dice que metió unos trapos en un bolsito y se fue de la casa”.

Un personaje místico y lleno de magia”

Al principio contó con apoyo: “Cuando llegaba la nochecita se venía para la casa de la tía Catalina y dormía allí. Fue mientras construyó su primer ranchito. Cuando lo terminó le agradeció y se fue a vivir a la playa”, relató. “Siempre andaba medio sin ropa, pescando anguilas o cazando. Le gustaba vivir así, y por eso le pusieron indio”.

El apodo de “Candioti” tuvo que ver con su afición a la natación –solía nadar entre la playa vieja y alguna isla-, y provino del argentino Pedro Antonio Candioti que en 1946 conectó su Santa Fe natal con Buenos Aires nadando, cuando tenía 53 años. El carmelitano también caminaba junto a Artigas Pérez: de día por las calles de la ciudad y de noche en el Club Wanderers.

El documental conmemorativo del bicentenario de Carmelo realizado por Fernando Pozzo, Marcelo Vera y Ovidio Díaz lo presenta como “Indio” y maratonista, ya que aseguraba haber “cansado a un caballo” durante una caminata de resistencia.

“Indio Candioti” vendió yuyos de la flora autóctona, se entreveró con las familias de gitanos cada vez que recalaban en Carmelo, y desfiló durante los carnavales siempre ataviado con plumas de ñandúes, taparrabo de cuero de ciervo, arco, flecha, boleadoras y lanza. “También se disfrazó de oso y actuó como faquir”, recordó Marr. “Se ponía clavos en la nariz y se acostaba arriba de pedazos de vidrios. ¡Hacía cada cosa que Dios me libre!”

En la frontera entre lo verosímil y la leyenda, cuentan que una noche que volvía del carnaval de Nueva Palmira disfrazado de indio y sin dinero, “le dijo al guarda: ‘Indio no pagar boleto’, y que aquel le respondió: ‘Entonces indio bajar’, y lo bajaron”. Con los años Marr fue el sobrino que mejor se llevó con Candioti: “Yo también era medio bohemio y bolichero, y hacíamos buenas migas”.

Hace dos años, cuando la iniciativa del reconocimiento llegó a las redes sociales, varias personas manifestaron su beneplácito. “Un personaje místico y lleno de magia”, resumió Berta Mary Otero en Facebook. Para Juan Bonavetti, la ciudad “debe encontrar un espacio para las figuras de su cultura popular, y no asignarle calles donde el diablo perdió el poncho”. Entiende que, “a su manera, Candioti enriqueció la vida de sus coetáneos”.