Promesa cumplida. A 100 años del nacimiento de Carminillo Mederos

Promesa cumplida. A 100 años del nacimiento de Carminillo Mederos

Con el telón de fondo del fin de la II Guerra Mundial, el joven Carminillo Mederos atravesó el país de Este a Oeste, se aquerenció en Juan Lacaze, fue electo sucesivamente concejero departamental de gobierno, diputado y senador, compartió las campañas de 1958 y 1962 con Wilson Ferreira -postulante por Colonia a la Cámara de Representantes- y, de acuerdo a su voluntad, en 1993 fue sepultado en el cementerio de Juan Lacaze. Este 18 de agosto se cumple el centenario de su nacimiento.

Luis Udaquiola

Carminillo Mederos Da Costa nació el 18 de agosto de 1921 en Cañada Brava, Cerro Largo, “en el seno de una familia de hacendados de raigambre nacionalista”, rememoró el edil Marcelo Maute Saravia durante el homenaje que promovió en 2003 en la Junta de Montevideo al cumplirse diez años de su muerte. “Sus ancestros sirvieron con devoción, heroísmo y lealtad, primero en la revolución federalista de Río Grande del Sur, a las órdenes del general Gumersindo Saravia, y después en las revoluciones de 1897 y 1904, a las órdenes de los generales Chiquito y Aparicio Saravia”.

A los 20 años se trasladó a Montevideo, donde estudió profesorado de Historia Universal y Literatura, y en 1944 siguió para Puerto del Sauce –actual Juan L. Lacaze‑, donde lentamente se fue involucrando como docente honorario en los primeros cursos liceales. El dirigente blanco Alberto Zumarán, que falleció el año pasado, contaba que en oportunidad de un viaje de Daniel Fernández Crespo a Cerro Largo, éste le pidió al padre de Mederos que lo acompañara en su gira política. El veterano se excusó, pero le recomendó a su hijo. “Fue así que Fernández Crespo tuvo un trato personal con Carminillo y le sugirió que comenzara su vida política en el departamento de Colonia, tal como lo hizo con otros ciudadanos respecto a otros departamentos”.

Su primer empleo fue en el estudio fotográfico de los hermanos Toja, que habían comenzado a expandirse al interior tras abrir su primera casa en Montevideo. La sede lacazina estaba ubicada en la calle José E. Rodó frente a La Carbonilla, cancha del oratorio festivo salesiano, y años más tarde se transformaría en el primer comité de la Unión Blanca Democrática (UBD).

En octubre de 1945, Mederos lanzó junto a otros jóvenes El Combate, un semanario dirigido por él y administrado por Ramón Morales Massi que no completó un año. “Venimos sin ninguna experiencia periodística pero firmemente dispuestos a que nuestra hoja sea una tribuna de libertad y justicia, que nuestras críticas o alabanzas sean sanas y merecidas, sin distingos de credos políticos o religiosos, y a no permitir que comentarios bajos e insultantes llenen nuestras columnas”, saludó en la primera edición. Aquel año también se inauguró el estadio llamado ahora “Miguel Campomar”.

En mayo de 1946 un grupo de legisladores batllistas, nacionalistas independientes y comunistas, presentó un proyecto de régimen colegiado de gobierno que no prosperó. Ese año volvió a ganar el Partido Colorado, con 310.946 votos y la fórmula Tomás Berreta-Luis Batlle Berres a la cabeza. El Partido Nacional obtuvo 208.120 y el Partido Nacional Independiente, escindido del primero en 1931, otros 62.995.

En febrero de 1949 Mederos se casó con la lacazina Julia Galván Lostao y se mudó a una casa en la esquina de las calles Horacio Vacchelli y Gutiérrez Ruiz. Allí criaron a sus tres hijos: Gloria, Carminillo y Julio César. “Cuando las niñas tomaban la primera comunión cada 8 de diciembre, papá les sacaba fotos y me llevaba porque a mí me encantaba verlas con aquellos trajes”, recordó Gloria. “Nos pasábamos el día. Y después tuve amigas que conservaban esas fotos”.

Cierta vez que Fernández Crespo volvió a Juan Lacaze y preguntó por Mederos, el primero en responder fue Segundo Galván, su suegro, quien participaba en una reunión junto al herrero Rogelio Villanueva, su esposa Isolina Briosso -que actuó en la Cámara de Representantes como diputada suplente en el período 1951-1955, Carlos María Aguirre, y otros militantes del Partido Nacional.

A fines de 1955 hubo intensas negociaciones con el Movimiento Popular Nacionalista (MPN) en procura del retorno del Nacionalismo Independiente al seno del viejo Partido Nacional, lo que se concretó al año siguiente en un congreso. En 1956 el Nacionalismo Independiente junto con Reconstrucción Blanca y el Movimiento Popular Nacionalista de Daniel Fernández Crespo, formaron la Unión Blanca Democrática (UBD).

En la elección de 1954, “el MPN había obtenido muchos votos mayoritariamente en Juan Lacaze, y tras la creación de la UBD en 1956, se buscó un candidato a la cámara de diputados que fuese representativo de todos los grupos y aceptado en todo el departamento”, recordó la maestra retirada Eleonora Pérez. “Fue cuando Alfonso Greissing de Tarariras propuso a Wilson Ferreira Aldunate”, dirigente dos años mayor que Mederos que también había vivido su infancia en Cerro Largo.  

La lista al Concejo Departamental de Gobierno no fue tan sencilla: “son muchos niños para un trompo”, definía en la época Norberto Pérez, padre de Eleonora. Buscando el equilibrio entre zonas se pidió nombres a Juan Lacaze y tanto Pérez como los también dirigentes locales Carlos María Aguirre y Antonio Lena plantearon que fuera alguien del MPN. Lena propuso a Mederos.  

En noviembre de 1958 la unificación permitió al Partido Nacional acceder al gobierno por primera vez en 93 años. En Colonia, Mederos y Ferreira Aldunate resultaron electos y reelectos en 1962, iniciando un camino compartido de avatares y peripecias a lo largo de sus carreras políticas.

Amor al Partido

Eleonora tiene ahora 73 años y se dedica entre otras cosas al teatro, pero entonces era una niña que presenciaba las reuniones con la condición impuesta por su padre de que “no abriera la boca”. Mederos lo llamaba jefecito, por sus oportunas recomendaciones para bajar la pelota al piso ante diferencias y recobrar la calma.  

A Inés Lena, hija de Antonio, siempre le llamó la atención que tanto su padre como Norberto Pérez, siendo obreros, “pagaran la nafta de los viajes a otras ciudades y, aun volviendo tarde y cansados, al día siguiente iban a trabajar, todo por amor al partido, sin pedir nada a cambio, algo que no volví a ver”. Para ese terceto “primero estaba el Partido, y después todo lo demás”.

En la campaña de 1958, Juan Raúl Ferreira, hijo de Wilson, tenía cinco años, de modo que solo tiene “pequeños pantallazos: me acuerdo de una camioneta Chevrolet con parlantes que encabezaba las caravanas previas a los actos”. A pesar de su corta edad, percibía que cuando Mederos estaba en Juan Lacaze “había una pasión, una dosis de adrenalina por encima de las otras ciudades”.

En uno de aquellos actos, “golpeando el puño en una tribunita desde la que hablaba, Carminillo se lastimó con un clavo y empezó a sangrar. Entonces mi viejo le alcanzó un pañuelo con el que hizo una especie de vendaje casero, y continuó su discurso hasta el final”, recordó. Ya en la campaña de 1962, en algunos actos por el departamento le permitieron anunciar a los oradores, “lo que para mí era lo máximo”.

Por aquellos años Juan Lacaze “tenía fama de que los gremialistas eran todos de izquierda”, recordó Inés Lena, pero “un día que Wilson llegó al comité encontró a un grupo pintando un pasacalle de aquellos con bolsas de harina, y mi padre le presentó al presidente del gremio papelero, uno de los Cortazar, y otros, y la mayoría no eran de izquierda”. Su padre “era muy gremialista”, y junto con Norberto Clavel “jamás aceptó, por ejemplo el aguinaldo extra que ofrecía el directorio de la fábrica de papel: Ellos sostenían que si era para todos estaba bien, pero con distinción no”.

Desfile en Juan Lacaze en conmemoración de la Jura de la Constitución (18 de Julio de 1955). Derecha: Imagen de Carminillo Mederos tomada por su amigo Luis Toja para la campaña de 1958.

El lacazino Sergio Fernández Gabbiani conoció a Mederos en el liceo por 1960, cuando sus clases de historia “con aquél vozarrón” cautivaban a los estudiantes y luego se prolongaban en la sede de la UBD en la planta alta de la confitería Galván en el centro de la ciudad. “Era tan entusiasta para hablar que te contagiaba”.

En estas tertulias, actos y caravanas él y varios de su generación conocieron a dirigentes de otras ciudades, como Bismarck Perera y Leopoldo Pignataro en Nueva Helvecia, Ramiro y Antonio Borras en Rosario, Raúl Bianchi –que luego fue intendente-, en Carmelo, y Alfonso Greissing en Tarariras, entre otros.

Mederos siempre se mostró agradecido con la gente que lo apoyaba, “no porque los benefició con cargos”, explicó Eleonora, “sino porque, siendo el presidente del concejo de gobierno, todos los sábados cuando mi padre salía de la fábrica se reunían a intercambiar ideas y aceptaba de buen grado las sugerencias y recomendaciones. Es algo para valorar sobre todo en estos tiempos de individualismo y soberbia”.

A partir de 1962, cuando pasó a presidir el concejo departamental, Mederos ajustó sus clases en el liceo para las primeras horas de la mañana, de forma de poder encarar la gestión de gobierno sin interrupciones. “Y los fines de semana, cuando no tenía actividad en la Intendencia, ponía la radio del Sodre y se dedicaba a corregir escritos del liceo”, contó su hija. Ese año fue designado presidente de la Convención Nacional de la UBD, por entonces el sector mayoritario del Partido Nacional.

En 1966 fue electo diputado y a fines de 1967, una vez culminado el año lectivo, la familia en pleno se radicó en Montevideo. Durante los ocho años de su gestión la junta local de Juan Lacaze estuvo a cargo de Héctor Cabrera Janavel y de Walter Bentancur, presidente y secretario respectivamente.

Obras son amores

Tal vez la obra departamental más conocida del período 1958-1966 fue la rambla de Colonia del Sacramento, que además de realzar la belleza de su bahía, revalorizó el barrio histórico y disparó nuevas investigaciones arqueológicas.

A Juan L. Lacaze “lo puso de pie”, definió su hija. Entre las obras más importantes figuran miles de metros de entubamiento para drenar las aguas pluviales que afectaban a los barrios Libertad, Isla Mala y Centro. Sumados a la canalización de la cañada de Blanco en toda su extensión urbana, llevaron tranquilidad a numerosas familias que vivían la angustia de la inundación. El ex edil local Fernández Gabbiani, dijo que en la zona del puente “aún existe un portón que se abría a modo de compuerta cada vez que el agua se desbordaba”.

También se remodeló y construyó la Avda. Fernández Crespo con el correspondiente entubamiento, enjardinado, e iluminación a gas de mercurio. Se aplicó bitumen en las calles céntricas y se gestionó ante Catastro la adjudicación de los terrenos para el Liceo, la nueva escuela Nº 105 y la actual plaza de deportes.  

Además, se remodeló la plaza José E. Rodó y se colocó, igual que en otras ciudades del departamento, un monumento a Artigas. Durante su gestión se construyeron el barrio San José Obrero y viviendas en Isla Mala, y se gestionó y apoyó la construcción del espigón de la playa del Charrúa y también de playa Verde.  

Arriba: Discurso de Carminillo Mederos en la plaza principal de Juan Lacaze. Abajo: Mederos y otros integrantes del concejo departamental de Colonia.

La elección de 1971

En 1970 Mederos sufrió su primera hemiplejia. Tenía 49 años y si bien se sobrepuso, arrastró secuelas durante muchos años. “Estuvo tres meses internado y cuando le dieron el alta salió caminando”, recordó Gloria. También debió reaprender a hablar. “Para probarse reunió a sus hermanos menores, a nuestra familia, unos amigos de mi hermano y desde la cama nos dio una clase de historia”.

En la elección de 1971 fue electo senador acompañando la fórmula presidencial integrada por sus amigos Ferreira Aldunate y Carlos Julio Pereira. En Colonia el Partido Nacional obtuvo 37.596 votos y el Colorado 28.883. La novedad fue la irrupción del Frente Amplio y su respaldo de 8447 votos.

A la Junta Departamental, Juan Lacaze aportó cinco ediles: los blancos Jorge Mures, Antonio Lena y Ricardo Pujol, el colorado Obdulio Fleury y el comunista Walter Cruz, que era suplente del edil Luis Fernández. “Para ahorrar nafta íbamos los cinco en un solo auto y en el viaje acordábamos la prioridad de algunos temas locales y departamentales”, contó Mures.

Lena se sentaba atrás, hacía de “apuntador”, y si bien después que se jubiló pasó a tener dificultades para asistir a todas las instancias de la Junta, tampoco aceptaba viáticos. “Era un honor llegar a la Junta y decir: acá devolvemos el cheque entero”. Con más experiencia política y una memoria prodigiosa, Lena percibió el golpe de Estado con bastante anticipación, elogió Mures.

El golpe de 1973

La noche del 26 de junio de 1973, víspera del golpe de Estado, hubo dificultades en el Senado para alcanzar el cuórum. “La minoría partidaria no se hizo presente”, recordó Juan Raúl Ferreira, “a Jorge Sapelli lo habían convocado al consejo de ministros, Washington Beltrán había pedido licencia, Enrique Erro estaba en Buenos Aires invitado por la juventud peronista, Zelmar Michelini había viajado para alertarlo de que lo detendrían a su regreso”, repasó.

Mederos “no estaba bien de salud, pero en un acto heroico apareció y se sentó en su lugar habitual, al lado de Carlos Julio Pereyra”. Ferreira tiene ahora 68 años y en la época actuaba como secretario de su padre. “Nunca olvidaré el abrazo que se dieron cuando Wilson terminó el discurso”.

Mederos también habló. “Creo, señor presidente, que en la medida de mis posibilidades físicas e intelectuales, he puesto todo lo que de mí tenía y tengo, para responder a la confianza de mis conciudadanos e, incluso, de mis mayores, que sirvieron con honor en este Partido (…) No sería digno de esos antepasados míos si no estuviera hoy aquí como representante del pueblo en este alto cuerpo que integro”.

Los representantes “que aquí estamos, frente a los que atropellan las instituciones y hacen agonizar la vida jurídica de la República, podemos decirles que a nosotros no nos amedrentan, que hemos sido y somos dignos republicanos y dignos representantes del glorioso Partido Nacional”, prosiguió desafiante. “No me retiraría tranquilo si no dijera estas humildes palabras postreras de lo que, posiblemente, es un capítulo final de esta gloriosa y digna institución republicana”.

Y cerró: “Quiero que mañana, como muy bien decía el señor senador Ortiz, mis hijos tengan conciencia de que su padre supo cumplir a lo largo de todo este lapso en que se ha venido atropellando a las instituciones, y que hemos estado siempre integrando la mayoría de nuestro Partido sin ninguna flaqueza e integrando, también, esa multitudinaria corriente diría yo popular que se compone con representantes de todos los partidos y que reclama de sus dirigentes las soluciones a su situación afligente y que los grandes responsables del poder Ejecutivo no han sido capaces de proporcionarlas ni lo serán, porque sin libertad, sin un Parlamento libre ejerciendo sus potestades, no podrá concebirse lo que el pueblo necesita para lograr su buena venturanza”.

La dictadura y el retorno de Wilson

Durante los años de la dictadura, Mederos no perdió contacto con los colonienses a quienes informaba sobre la situación. Incluso llegó a pasar algunas temporadas con su esposa en la casa que la familia tenía en Santa Ana, “sobre todo en los inviernos porque dice que estaba más tranquilo”, recordó Gloria, “Y hacían reuniones con amigos y correligionarios, y si alguno lo vio hacían la vista gorda: Vigilado, pero no molestado. Siempre leyendo, y cuando lentamente empezó la apertura, grabando comentarios para radios. Tenía un grabador grandote a cassettes donde también escuchaba los que Wilson enviaba desde el exilio”.

Mederos manejaba información actualizada sobre el periplo de Wilson en el exterior, y mantuvo contactos esporádicos con Carlos Julio Pereira y Alberto Zumarán, entre otros dirigentes. “Se hicieron muchas reuniones en clandestinidad”, recordó su hija. “Cuando salía, papá siempre se llevaba la bolsita de los remedios; nunca se negó a nada: él era hipertenso, pero siempre enfrentó el frío. Nunca lo amilanó nada. Él siempre estuvo”.

Para el plebiscito de 1980, que marcó el comienzo del fin de la dictadura, trabajó en Montevideo, pero sobre todo en Colonia. En Nueva Helvecia, por ejemplo, “estaba el acto en el cine, y ellos en la confitería: Jorge Batlle, todos los proscriptos; enfrente estaban filmando, pero ellos ‘no estaban’ en el acto. Y en Montevideo recibía gente. Recuerdo una noche que vinieron Eleonora, su papá y varios más: cuando salieron los estaban esperando en la puerta”.

Otro tanto sucedió en 1982 con la elección interna de representantes de los tres partidos autorizados -Blanco, Colorado y Unión Cívica-, para discutir con el gobierno las reformas constitucionales que darían paso a las elecciones de 1984. “Eran tiempos difíciles, y cuando decíamos los discursos teníamos dos o tres militares poniéndonos micrófonos para grabarnos”, recordó el actual intendente de Colonia, Carlos Moreira, quien coordinó aquella campaña junto a Mederos y el ex edil Jorge Mures.

Moreira “era bastante buen orador y me hacían hablar. El primer discurso fue en el cine de Colonia: había poco público porque la gente no se animaba, pero fue hermoso. Volver a la actividad política libre y democrática fue una experiencia muy enriquecedora, de las más lindas que he vivido y la que más recuerdo”.

Para Moreira aquella campaña representó su debut político a los 37 años porque había egresado de la Facultad de Derecho en 1974, en plena dictadura. También significó un aprendizaje por la “personalidad potente y gran prestigio” de Mederos. “Nosotros éramos recién llegados y él una figura de alcance nacional. Aprendimos mucho”. 

El resultado de 1982 consagró la fuerza del wilsonismo encabezado por el profesor Pivel Devoto, preparó el terreno para la transición democrática y también para el paulatino retorno al país de Wilson Ferreira. Este llegó a Montevideo el 16 de junio de 1984 y fue inmediatamente recluido en el cuartel de Trinidad.  

Agraciada y La Paz. Esquina montevideana utilizada para retener parte del público que aguardaría a Wilson Ferreira en el puerto, de modo de reducir el riesgo de una represión. Derecha: Carminillo Mederos, Pivel Devoto y otros en un acto por la libertad de Wilson también en 1984.

Unos días antes, “Zumarán me llamó para que pasara por su casa, ‘con disimulo’, porque estábamos todos vigilados”, contó el ex edil Jorge Mures, quien concurrió acompañado por su esposa. “Me dijo que Wilson había resuelto retornar y que a pesar de las advertencias y amenazas no había quien lo convenciera de postergar”. También le informó que estaba dispuesto “a que lo lleven preso”, y que lo más que pedía Susana (Sienra) era “evitar que mucha gente fuera al puerto, para reducir el riesgo de represión”.

La propuesta de Zumarán consistió en designar a Mures y a Mederos para permanecer en la esquina de Agraciada y La Paz, mientras él y su esposa aguardaban en el puerto. “Los milicos los van a filmar, a fotografiar y a tratar de molestar, pero ustedes tienen que transmitir la idea de que por ahí también pasará Wilson, y evitamos una estampida de gente y que pase cualquier cosa”, advirtió. “Y allí estuvimos, cada uno con sus esposas e hijos. Queríamos ir al puerto, pero fue el sacrificio que nos pidieron”.

Ley de caducidad

Tras la elección de ese año Mederos y Juan Raúl Ferreira se reencontraron en 1985 en el Senado. “Fuimos compañeros en la Comisión de Asuntos Internacionales y cuando terminé mi año en la presidencia me tocó transferírsela. Una figura muy entrañable: mi viejo le tenía un cariño impresionante porque era mucho más que un compañero de fórmula”, completó.

Durante este período Mederos también trabajó mucho. “Estaba en todo: integró cantidad de comisiones y fue presidente de la de asuntos internacionales y la de asuntos administrativos”, recordó Gloria. “En los presupuestos era un tigre, siempre consiguiendo cosas para Colonia. El liceo: lo peleó con el entonces ministro de Obras Públicas, Jorge Sanguinetti y le dijo me lo tenés que dar para Juan Lacaze. Lo recuerdo perfectamente, igual que el primer jardín de infantes”.

El retorno democrático trajo consigo la necesidad de juzgar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante los 11 años de dictadura, pero la amenaza de un desacato militar desembocó en la aprobación en 1986 de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, popularmente conocida como “Ley de Caducidad”.

La aprobación o el rechazo enfrentó a los sectores más afines del Partido Nacional: Por la Patria (PLP) se definió a favor, incluso participó en su redacción, y el Movimiento Nacional de Rocha (MNR) decidió rechazarla. A su vez, Mederos y otros dirigentes del MNR resolvieron tomar distancia de la resolución y apoyar la Ley, lo que provocó algunas rispideces incluso en Colonia.

En febrero de 1987 se instaló la Comisión Nacional pro Referéndum, presidida por Elisa Dellepiane de Michelini, Matilde Rodríguez de Gutiérrez Ruiz y María Esther Gatti de Islas, y se lanzó una campaña nacional de recolección de firmas. El plebiscito tuvo lugar en abril de 1989 y su resultado dejó firme la Ley: con 57% ganó el voto amarillo, contra 43% del voto verde.

Ese mismo año, en ocasión de los 200 años de la Toma de la Bastilla, el presidente Julio Ma. Sanguinetti invitó a Mederos a integrar la delegación de Uruguay. Para entonces se sentía disminuido, sobre todo en la marcha como secuela de la hemiplejia, pero su hija lo convenció con la idea de visitar un lugar que solo había conocido en los libros. En la comitiva viajaban entre otros la primera dama, Marta Canessa, también profesora de historia, y Adela Reta, “con quien tenía mucha afinidad, y la verdad que aquel viaje le nutrió el alma”, recordó Gloria.

Carminillo docente

Independientemente de que su padre la hacía pasar al frente para dar la clase –“porque decía que tenía que dar ejemplo”-, Gloria debió dar exámenes de Historia todos los años por una disposición reglamentaria. “Cuando una es hija no lo dimensiona, pero me he encontrado con ex alumnos que lo recuerdan con alegría y admiración. Un día, siendo ambos senadores que mantenían interesantes tertulias, me encontré con Alfredo Traversoni que había sido inspector de Historia en Secundaria, y me contó que mi padre daba sus clases con un atlas, un método que luego se extendió bastante. En esas cosas fue un adelantado”.

Cuando se mudó a Montevideo Mederos siguió viajando a Juan Lacaze para impartir sus clases de historia, “incluso de forma honoraria luego de cesar como docente presupuestado: su gran vocación siempre fue la docencia”, resumió Gloria.

Quien asumió sus grupos definitivamente fue la profesora Inés Lena, hija del obrero papelero que lo apoyó en las campañas de Juan Lacaze. Lena ahora tiene 76 años y recuerda que su padre no quería, “pero él le dijo clarito: ‘mire Antonio, yo paso a buscarla el lunes y empiezo con un grupo, y de a poquito que vaya haciendo su carrera”.

Mederos nunca pudo jubilarse como docente, a pesar de los muchos años que ejerció como tal, “porque el expediente nunca apareció”, contó su hija. “Creo que al final se lo rehicieron, pero es algo que siempre estuvo pendiente y nunca se concretó ¡era tanto su orgullo de ser docente!”

Carminillo Mederos, Wilson Ferreira, Juan Martín Posadas y Juan Pivel Devoto durante uno de los frecuentes encuentros que sucedieron a partir de 1985.

Vehemente y cariñoso

Mederos era dos años menor que Wilson Ferreira y ambos tenían temperamentos impetuosos. Según recordó en 1993 el ex presidente del Senado, Gonzalo Aguirre, Carminillo “era un hombre de pronunciamientos drásticos y de actitudes definidoras, propias de una personalidad muy fuerte”. Cuando el retorno de Wilson Ferreira a Argentina, “por discrepar en aquellos momentos con algunos aspectos de la estrategia de quien lideraba el partido y había sido su compañero de campaña política en Colonia en 1958, dijo que no iba a concurrir a Buenos Aires: Era uno de los pocos blancos que lucharon contra la dictadura que no iba a recibir a Wilson Ferreira Aldunate, ¡lo que era algo realmente difícil de entender!”, contó Aguirre.

Sin embargo, “para nuestra sorpresa, 24 horas más tarde lo vimos aparecer acompañado, como siempre, por uno de sus hijos, en el hotel donde Wilson estaba desayunando, para estrechar en un entrañable abrazo a ese amigo de quien la distancia y la arbitrariedad lo habían separado durante tantos años”.

En la misma sesión del Senado, Alberto Zumarán narró otra anécdota de las primeras campañas colonienses “que pinta el carácter de Carminillo Mederos y de su interlocutor”.  A mediados de la década de 1980 “en un viaje al departamento de Colonia con Wilson Ferreira, éste me contó que en la entrada de la ciudad a la que estábamos llegando, en una oportunidad pararon el auto en el que viajaban él y Carminillo para continuar una discusión que estaban manteniendo desde hacía una hora. Debo recordar que ambos tenían carácter fuerte y era muy difícil que dieran por terminada una discusión”.

Ese carácter era de la puerta de casa para afuera. “Era un padre muy cariñoso: A la hora que llegara, de donde fuera, pasaba a darnos un beso a todos y a cubrirnos con la frazada”, dijo Gloria.

Una forma de hacer política

Con los años, Eleonora Pérez comprendió que administrando ambiciones y postulaciones, aquellos hombres de los años 1950/60 eran verdaderos “directores de orquesta”, y que “la unión de la UBD” que conoció se parecía mucho a la “nobleza en la política”.

Jorge Mures también admiró a Mederos como profesor. Ahora tiene 81 años, diez nietos y espera una bisnieta para octubre. Lo define como “un hombre honesto a carta cabal, un visionario al que le importaba mucho el departamento de Colonia y en particular Juan Lacaze”.

Mederos también se hizo fama de responsable y laborioso. Seguía las obras de cerca para lo cual muchas veces debía salir de Juan Lacaze a las cinco de la mañana, siempre conducido por su fiel chofer, Walter Artigas Carmona.

El ex intendente Mario Gayol, que en 1992 reemplazó a Juan Carlos Curbelo tras su fallecimiento en un accidente, reconoció sus méritos a pesar de los más de 25 años transcurridos. “Estando en la Intendencia uno ve el pasado en muchas cosas, y viendo expedientes y el historial de las obras percibí su manera diferente de hacer política”. Gayol tiene 80 años, vive en Rosario y dice que desde que completó el mandato tomó distancia de la política.

Carminillo Mederos falleció en octubre de 1993 a los 72 años. Había manifestado con insistencia que quería que lo sepultaran en Juan Lacaze, y así fue. Aunque la tapa es de mármol y las letras son esculpidas, se trata de “un nicho común y corriente”, dijo Lena quien hasta hace algunos años se encontraba allí con su viuda y la hija.

Gloria siente admiración por su padre y lamenta que ahora que está más madura y con mayor conocimiento, no lo tenga. “A veces le digo a mi nieto mayor: ¡Lo que habría sido mi padre con Internet!”.

Los dos hijos mayores de Mederos viven su retiro laboral y militante en Montevideo, mientras que el menor vive desde hace unos años en Panamá. Gloria trabajó en el sector de Comisiones del Senado, tiene dos hijos y dedica buena parte del tiempo libre a sus dos nietos; Carminillo trabajó en la Junta Departamental de Montevideo y su vocación por la economía y la lectura, con frecuencia se ve reflejada en columnas de opinión y foros.