Manantiales del San Juan: ecos de una batalla con más de 400 muertos hace 150 años

Manantiales del San Juan: ecos de una batalla con más de 400 muertos hace 150 años

Este sábado 17 de julio se conmemora el sesquicentenario de la Batalla de Manantiales del San Juan, ocurrida en Colonia durante la Revolución de las Lanzas o Guerra de Aparicio (1870-1872). En el acto que se llevará a cabo a las 11 horas en la ex Estancia Suffem, se descubrirá una placa y se distribuirá el libro “Batalla de Manantiales del San Juan” de Marcelo Díaz Buschiazzo, Diego M. Lascano y Gustavo Deleon Testa del que publicamos un extracto a continuación.

SANGRE DE HERMANOS

«El movimiento revolucionario que asoló el país entre 1870 y 1872 es conocido como la Revolución de las Lanzas o Guerra de Aparicio. Una vez más, la pasión partidaria y el espíritu de sacrificio de los hombres en armas condujeron a blancos y colorados a luchar por sus ideales a punta de lanza, pretendiendo arreglar sus diferencias políticas mediante la fuerza. Sus viudas y huérfanos no encontrarían consuelo al ver a sus seres queridos degollados o mutilados, regando con su sangre el territorio oriental.

Durante este conflicto, el 17 de julio de 1871, se desarrolló uno de los hechos de armas más violentos de esta campaña: la Batalla de Manantiales del San Juan. En campos de la estancia de Suffern, ubicada sobre la Cuchilla de la Colonia, se enfrentaron las fuerzas revolucionarias blancas, al mando del general Timoteo Aparicio, y las gubernistas coloradas, bajo las órdenes del brigadier general Enrique Castro.

En aquellos años, la población del país era de 330 mil habitantes, distribuidos en trece departamentos: Montevideo, Maldonado, Canelones, San José, Colonia, Soriano, Paysandú, Durazno, Cerro Largo, Salto, Tacuarembó, Minas (actual Lavalleja) y Florida.

La mayoría de los orientales residía en las capitales departamentales y el resto vivía en una campaña salvaje, dominada por los establecimientos ganaderos. Los “doctores” gobernaban en Montevideo y los “caudillos” en el interior del país.

Luego de más de ciento cincuenta acciones, combates y batallas, claros exponentes de la violencia y duración de esta contienda, el 6 de abril de 1872 se pactó el cese definitivo de las hostilidades con la firma de la “Paz de Abril”.

La invasión

El 4 de marzo de 1870, se reunieron cuarenta y cuatro revolucionarios y firmaron el “Acta de Compromiso”, en la estancia del brasileño Manuel Bica, ubicada en el paraje Arroyo de las Isletas de la provincia argentina de Entre Ríos.

Mediante este documento, jefes, oficiales y soldados juraban sostener la bandera nacional y reconocían como comandante en jefe del “ejército en reacción” al general Timoteo Aparicio, secundado por el coronel Inocencio Benítez. En la madrugada del día siguiente, el general Timoteo Aparicio invadió Uruguay, dando comienzo a las operaciones militares en todo el territorio. De los cuarenta y cuatro hombres que firmaron el acta, dieciocho murieron durante la campaña.                                       

BATALLA DE MANANTIALES DEL SAN JUAN

En la madrugada del 17 de julio de 1871, se escucharon golpes en la puerta de la casa principal de la estancia de la familia irlandesa Suffern – Mac Stravack, situada sobre la Cuchilla de Colonia o de Manantiales.

El mayordomo Richard Fulcher abrió una ventana y pudo observar a los soldados de las fuerzas revolucionarias, al mando del general Timoteo Aparicio. La batalla parecía inminente.

Mary Mac Stravack, viuda de David Suffern, buscó amparo en la cercana residencia de Enriqueta Wilson, mientras que en la estancia permanecían el mayordomo y dos peones extranjeros.

Timoteo Aparicio dispuso a sus lanceros de cara al este, esperando la llegada de las fuerzas del ejército gubernista que lo venían persiguiendo. Su enemigo, el brigadier general Enrique Castro, había acampado con sus hombres en Piedras de Espinosa.

Estancia de Suffern

En la época de la batalla, la actual propiedad de la familia Álvarez – Engelhardt tenía un importante casco cuyas construcciones estaban rodeadas por una zanja de cuatro cuadras de lado, considerada casi como una obra de fortificación. El terreno resultaba absolutamente apto para las cargas de caballería, ya que era firme, con vistas amplias y pendientes pequeñas, con los obstáculos principales ubicados hacia el suroeste, sobre la Cañada de las Armas, terreno que estaba en poder del general Timoteo Aparicio.

PARTE DE LA BATALLA

Estado Mayor del Ejército en Campaña.

Campamento en el Arroyo del Colla, 20 de julio de 1871.

Excmo. Señor Brigadier General don Enrique Castro, General en Jefe del Ejército.

Lleno de complacencia, cumplo con el grato deber de pasar a V.E. el parte oficial detallado de la batalla que, bajo la dirección de V.E., se libró al ejército enemigo el día 17 del corriente, en los campos de San Juan.

         El mencionado día nos encontrábamos acampados en las Piedras de Espinosa, cuando V.E. recibió parte de la vanguardia, que la formaban la División Soriano, a las órdenes de su jefe teniente coronel don Gervasio Galarza, y las fuerzas del departamento de Colonia, a las órdenes del comandante don Luciano Tolosa, dando cuenta de que el enemigo se encontraba con su línea de batalla tendida en las puntas de San Juan, en el lugar con el nombre de Cuchilla de los Manantiales.

En el acto recibí orden de V.E. para hacer marchar la vanguardia, a las órdenes del general Nicasio Borges, en protección de aquella, lo que inmediatamente ejecutó el digno general, mandando al coronel Coronado con su división.

         Acto continuo recibí orden de hacer poner al ejército en marcha, a fin de aproximarnos al enemigo y batirlo. Efectivamente, a las once de la mañana hice tocar a ensillar, y media hora después emprendimos la marcha en dirección al campo enemigo.

         Como a quince cuadras de él, cumpliendo las órdenes de V.E., hice echar pie a tierra a las infanterías y colocarlas en orden de pelea. El enemigo nos esperaba con su línea formada, apoyado su extremo derecho del otro lado del arroyo de San Juan, como a doce cuadras de la estancia del señor Suffern, en donde tenía colocado su centro, compuesto de sus infanterías y artillería, protegidas por fuertes escalones de caballería.

         La izquierda se dilataba desde la referida casa, siguiendo una cordillera de piedras, hasta apoyarse en una fuerte casa de teja. La infantería y la artillería enemigas se apoyaban en una gran casa de azotea y en un cercado zanjeado y alambrado, como de cuatro cuadras de frente, que la circunvalaba.

         (…) Establecida la línea en el orden que dejo citado, dispuse consecuente con las órdenes que V.E. me impartió, que la artillería rompiese el fuego sobre el centro enemigo, lo que cumplió el jefe de esta, siendo tan certeros los tiros, que a los primeros disparos desmontó la pieza de grueso calibre que ellos tenían y con la que nos habían hecho los primeros tiros, continuando el fuego de toda la línea de artillería enemiga, que, colocada en lo más culminante de la cuchilla que ocupaba, trató de aprovecharse de las ventajas que le ofrecía el terreno. Esto sucedía como a las dos y media de la tarde.

(…) Las dos baterías de artillería, en el mismo orden en que estaban colocadas, marcharon haciendo fuego, avanzando terreno, en columna paralela con los batallones “24 de abril”, “Gral. Pacheco”, y “Resistencia”, que llevaban el ataque al centro de la línea enemiga.

En esas circunstancias, fuertes columnas de caballería del ejército enemigo se recorrieron a gran galope sobre su flanco derecho, amenazando envolver nuestra izquierda.

V.E. ordenó que contramarchase el batallón “Gral. Pacheco” en protección de la izquierda, lo que verificó a paso de trote, rompiendo el fuego sobre el enemigo en columna de ataque, con cuya operación lo contuvo, haciendo repasar el arroyito de San Juan, y siguiendo en protección del protegido por el batallón “2º de Cazadores” y las fuerzas de caballería que componían esa ala.

En la Batalla de Manantiales se enfrentaron las fuerzas revolucionarias blancas, al mando del general Timoteo Aparicio (izquierda, cuadro en el Museo Histórico Nacional Casa de Rivera) y las gubernistas coloradas, bajo las órdenes del brigadier general Enrique Castro (derecha, sitio web del Ministerio de Defensa Nacional de Uruguay/Uniformología).

Mientras eso sucedía en la izquierda, las fuerzas del centro y derecha habían arrollado completamente al enemigo, poniéndolo en retirada, tomándole toda la artillería en número de siete piezas, y municiones y bagajes, haciéndoles muertos y prisioneros.

V.E. me ordenó siguiese la persecución, lo que verifiqué con los batallones “24 de Abril”, “Resistencia”, y 1º Batería, haciendo montar enancados una compañía del “Resistencia” en los caballos de la División Florida, y el cuerpo de oficiales que protegían a los cuerpos indicados.

Perseguí al enemigo como dos leguas y media, donde recibí la orden de V.E. de hacer alto y regresar, porque había oscurecido completamente, lo que cumplí, encontrándome a pocas cuadras con V.E. y el general Borges, que había hecho varios muertos y prisioneros con las fuerzas de su mando, cuando V.E. me ordenó acampase tomando las precauciones de costumbre.

Por igual razón suspendieron su persecución las fuerzas de la izquierda, que también habían hecho pronunciar la derrota en el costado derecho de la línea enemiga que se retiraba en grupos, regresando al campo de batalla. Debo hacer presente a V.E. que el cuerpo de oficiales, mi Estado Mayor y el Detall, mandado por el coronel graduado don Leopoldo Manzini, me secundaron eficazmente.

El enemigo sufrió en la corta, pero encarnada persecución, considerables pérdidas, entre ellas el brigadier general don Anacleto Medina, los titulados coroneles Manuel López, N. Ocampos y los comandantes Gurruchaga, Machado, Pereira, Arrué y porción de otros jefes y oficiales cuyos nombres no se han podido averiguar, y como 280 individuos de tropa, en su mayor número infantes.

         También se le tomaron doscientos cincuenta y nueve prisioneros, entre los que figuran algunos jefes y oficiales, según V.E. lo verá por las relaciones adjuntas.

Por nuestra parte, solo tenemos que lamentar al señor teniente coronel don Eduardo Vázquez, herido en una mano levemente al tomar las posiciones enemigas, cinco oficiales muertos, cinco heridos, nueve muertos de tropa y cincuenta y dos entre heridos y contusos.

Excelentísimo señor, la jornada del 17 del corriente es uno de los hechos más gloriosos de la actual guerra, pues el ejército enemigo, aparte de las pérdidas materiales que ha experimentado, ha sido completamente disperso, y me atrevo a asegurar a V.E. que el triunfo no puede haber sido más favorable por nuestra parte, por las pocas pérdidas que ha sufrido el ejército a sus órdenes. El armamento, municiones y demás trofeos tomados al enemigo en la batalla de San Juan, lo encontrará V.E. consignado en las relaciones adjuntas.

Los cuerpos, tanto de infantería como de artillería y caballería, que tomaron parte en la batalla del 17, han realizado pruebas de valor y patriotismo, por cuya razón no me es permitido hacer mención especial de ninguno de ellos. Todos son acreedores a la estimación y aprecio de V.E.

Mil felicitaciones por el brillante y decisivo triunfo obtenido en los campos de San Juan, y permítame V.E. que le recomiende muy encarecidamente a los señores jefes, oficiales y tropa, por la brillante comportación que observaron durante el combate.

Dios guarde a V.E. muchos años.

El Jefe del Estado Mayor del Ejército   Gregorio Castro

Orden de batalla

Ejército Revolucionario: 3600 hombres.

Ejército Nacional: 4500 hombres.

Ambas fuerzas contaban con infantería, caballería y artillería.

Bajas

Las bajas en combate incluyen al total de hombres muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos durante la acción.

Los gubernistas sufrieron más de 100 bajas entre sus filas. El general Aparicio dejó en el campo más de 400 hombres entre muertos y heridos, además le capturaron seis cañones y varios carros de municiones, 500 fusiles, 18 carretas del parque, tres carruajes, tres banderas y la banda de música. También perdió dos imprentas.

LA MUERTE DE UN VIEJO LANCERO

Anacleto Medina nació en el pueblo de las Víboras, departamento de Colonia, el 26 de julio de 1788. Era hijo del guaraní Bernardo Medina y de Petrona Viera. Comenzó su carrera militar junto a Artigas en 1811 y, en 1870, a la edad de 82 años, “El indio Medina” se embarcó en lo que sería su última cruzada guerrera.

Durante la Batalla de Manantiales del San Juan, las cargas de la caballería blanca no bastaron para detener al ejército gubernista, que terminó arrollando a los bravos de Timoteo Aparicio, antes de batirse en retirada, sembrando el campo de cadáveres y de heridos.

Un teniente colorado le preguntó al lancero Anacleto Medina “¿quién es usted, viejito?”, a lo que “El Indio” respondió: “soy el General Medina. ¡Vení a prenderme hijo de puta, si te animás!”. Medina tenía 82 años.

El general Medina fue conminado a retirarse de la línea de batalla, pero su tozudez y su ceguera senil (los párpados se le caían cubriendo los ojos) no le permitieron ver que el enemigo se le venía encima.

El teniente colorado Mencio Islas lo alcanzó y al preguntarle ¿quién es usted, viejito?, “El Indio” le contestó: “soy el General Medina. ¡Vení a prenderme hijo de puta, si te animás!”.

Lo cierto es que los escuadrones comandados por los capitanes Máximo Santos y Feliciano Viera cargaron sobre el sector donde se encontraba Medina y, al reconocerlo, el mayor Juan Sabat Simois le boleó el caballo y Viera se encargó de atravesar el cuerpo del anciano guerrero una y otra vez con su lanza, hasta darle muerte.

Otra víctima de las lanzas gubernistas fue el secretario de Medina, Gerónimo Machado, un hombre de 70 años no quiso abandonar a su jefe. Machado le habría dicho: “Dispare mi general que el enemigo está cerca”, a lo que Medina respondió: “¿Cuándo han visto al general Medina disparar del campo de batalla?”.

De acuerdo con el testimonio de Acevedo Díaz, el extinto general vestía blusa militar, pantalón blanco con franja de oro, espuelas de plata, portando un fino espadín y una pistola Lefaucheux, montando sobre un espléndido caballo tordillo. Poco después, el cuerpo de Medina fue “concienzudamente desollado” y cortado en trozos por el teniente Islas y el capitán Viera. Una parte de sus restos fue enterrada en un sitio sin marcar de Manantiales y otra se envió a sus familiares en Montevideo.

REMINGTON, EL FIN DE LAS LANZAS

Esta revolución marcó el fin de una era, en la que las lanzas habían sido el arma principal en los campos de batalla. Un nuevo protagonista hizo su aparición, cambiando para siempre la forma de combatir en nuestras guerras: el fusil de retrocarga Remington Rolling Block de 11 mm, producido desde mediados de la década de 1860 hasta inicios del siglo XX por E. Remington and Sons, en Estados Unidos.

La Junta de Guerra organizada en Buenos Aires para proveer recursos a los revolucionarios permitió mejorar el parque de armamento en muchos aspectos. En agosto de 1870, el coronel revolucionario Juan Pedro Salvañach desembarcó en las costas del departamento de Colonia, introduciendo en el país las primeras cincuenta carabinas Remington. Si bien representaban una gran ventaja tecnológica y una innovación para la época, no alcanzaron para decidir satisfactoriamente el resultado de ningún hecho de armas en esta campaña, dada la escasa cantidad adquirida.

UNA BALA Y UNA IMPRENTA

Durante la batalla, el soldado distinguido Tomás Parallada era el abanderado del Batallón Pacheco. Una bala de cañón disparada por la artillería revolucionaria mató a dos soldados y una mula. Parallada recogió la bala candente con un quepí y la enfrió en una cañada cercana. Por otro lado, en el asalto final al casco de la estancia de Suffern, se apoderó de una de las dos imprentas volantes con las que las fuerzas blancas informaban a sus soldados e imprimían los bandos y las proclamas. Conducida por el resto de la campaña, la imprenta llegó finalmente a Durazno, donde Parallada inauguró el periódico El Yí, en 1875.

TRES PRESIDENTES EN ARMAS

En la Batalla de Manantiales del San Juan participaron tres oficiales del ejército gubernista que posteriormente serían presidentes de la República: el capitán Máximo Santos (1882–1886), el teniente Máximo Tajes (1886–1890) y el teniente de la División Soriano, Juan Idiarte Borda (1894–1897), asesinado durante su mandato.

EL FIN DE LA GUERRA

Con la firma de la “Paz del 6 de abril de 1872” en Montevideo, quedó consagrado el logro más importante de este conflicto: la coparticipación nacionalista en el poder. El Partido Blanco obtuvo las jefaturas de cuatro departamentos, de los trece existentes en aquel momento: Canelones, Florida, Cerro Largo y San José.

Cinco años después de aquellos tiempos violentos para la República, el Dr. José Pedro Ramírez escribía: “Se ha abusado demasiado en nuestro país, del remedio heroico y necesario de las revoluciones; y aún las más santas llevan en su seno, el germen del desprestigio, de la desolación y la muerte».

Ilustración de portada: Batalla de Manantiales según Adolf Michau (Museo Histórico Nacional Casa de Rivera). 

Carátula del libro que también se distribuirá en escuelas rurales.