En Juan Lacaze Ramón Acosta cambió el río por el fuego

En Juan Lacaze Ramón Acosta cambió el río por el fuego

(Publicado originalmente en mayo de 2001). El 28 de abril los Acosta se reunieron en Nueva Helvecia para celebrar el cumpleaños de su hermana Gladys. Fue una fiesta. “No somos muy de visitarnos, pero cuando nos reunimos somos muy unidos”, recordó el negro Ramón Acosta, de 72 años. “Nos da por cantar versos de murga, por bailar, tocar la guitarra”. Acosta falleció el 12 de enero de 2006.

Luis Udaquiola

En Nueva Helvecia, entre un vaso y otro de vino casero, los Acosta rememoraron cuando su padre los reunía en una cocina grande “y, acompañado por una guitarra, nos cantaba los versos de Martín Fierro”. A fines de los años 40 los hermanos Acosta salían en carnaval con la murga “El Candombe del Betún”. El recuerdo más recurrente fue para su madre, que murió a los 48 años sin llegar a conocer a varios de sus nietos. “Nos ponemos sentimentales”, resumió.

Para Acosta, el reencuentro con sus hermanos fue también una tregua para el dolor que siente desde hace un año cuando murió su esposa, Angélica Martínez, poco antes de que cumplieran 50 años de casados. “Vino de Buenos Aires siendo una muchacha de 13 o 14 años. Nos conocimos en la escuela y terminamos casándonos el 8 de febrero de 1951”.

Ramón Acosta es el tercero de diez hermanos y nació en el barrio ‘Tres Focos’, igual que Carlos que volvió de Buenos Aires hace pocos años. Tiene cuatro hijos: Daniel y Darío que viven en Buenos Aires, y Sonia y Ruben que residen en Juan Lacaze. Juntando los nietos de ambos lados del río da para formar un equipo de fútbol y un buen banco de reserva.

Concurrió a la escuela Nº105 “hasta tercero nomás, porque entré a la fábrica de tejidos con diez años”. Ingresó en 1943 -empujando los carritos-, y se jubiló en 1981 luego de pasar por el taller y el ‘Apresto’, donde trabajó la mayor parte del tiempo. En el taller se hizo hojalatero y cañista, pero su principal actividad, fuera de la fábrica, fue la pesca, que aprendió con ‘Chuto’ Mayuncaldi.

1000 yuntas en un lance

“Con mis hermanos Carlos y Pocho teníamos un bote para seis remos.  Pocho era el más chico y lo poníamos en el medio para protegerlo porque salíamos muy lejos. Pasábamos el canal, la última boya, y no veíamos ni la fábrica. Salimos buenos remadores”, evaluó.

El vendedor del pescado era su padre, don Casto Acosta, que también fue pescador. “Le cargábamos un carrito con un caballo y se iba hasta Rosario. A veces demoraba dos o tres días para volver y teníamos que ir a buscarlo porque el viejo tomaba y a veces jugaba al billar. Y no era chambón. Para nosotros fue un compañero y un maestro”.

Don Casto murió en 1988 a los 106 años. “Fue un hombre que no tuvo enfermedades. El día que murió, mi esposa lo estaba obligando a comer, y me pareció que no era normal. ‘Ñata -le dije-, papá se está muriendo’. El pobre viejo no molestó ni para morirse”.

En los años 60 se pescaba mucho -llegamos a sacar 1000 yuntas en un lance-, y hasta vendíamos una parte en Montevideo que se usaba para hacer fertilizante. Cuando los trabajadores textiles “ocupábamos la fábrica nuestro pescado iba para la olla popular para que la gente no gastara. Algunos días el olor era tan fuerte que no se podía pasar enfrente a la fábrica”, exageró.

Aun recuerda “el compañerismo que se vivió en 1960 cuando la marcha a pie a Montevideo. Me gustó mucho porque ganamos un montón de cosas: aumento de sueldos, seguro de paro, seguro de enfermedad”. En una de las paradas de la caminata, bajo un puente, Acosta y un grupo de compañeros se bañó en el mismo arroyo que proveía de agua para la comida. “Nos embromaron mucho, pero en aquella época no había los problemas de contaminación que hay ahora”.

En vez de llorar, un vaso de tinto

Ramón Acosta aprendió sus mejores recetas con los abuelos. “Sé hacer estofados, tallarines caseros, y pescado: ni hablar. Puedo hacerlo de distintas maneras. Cuando mis hijos compran pescado siempre me llaman para que se los ase. Y ahí me distraigo un poco”.

Los abuelos también le enseñaron a remendar, a lavar, y a planchar. “En los cumpleaños y en las reuniones familiares capaz que me destaco más que una señora, porque tengo práctica en la cocina. Cuando empiezo a cortar la cebolla, en vez de llorar me sirvo un vaso de tinto”, bromeó.

No cree que haya secretos culinarios, pero sí errores conceptuales, como por ejemplo “pensar que un pescado de agua dulce pueda pasarse de sal: Hay que echarle bastante porque chupa lo necesario y no se pasa nunca”.

Acosta fue juez de fútbol durante muchos años. “Llegué a ser uno de los Nº1, pero a los 46 dejé porque me di cuenta que tenía pie plano y no podía correr”. Luego se le detectó ácido úrico y pasó a comer únicamente pescado y pollo “porque no puedo comer carnes rojas”. Llegó a pesar 110 quilos, pero ahora está con 90. “En las comidas me cuido mucho. En lo que no tengo límite es cuando me agarro a tomar vino”.

Sábalos amargos

Aunque él ya estaba jubilado y los hijos no trabajaban en ‘La Industrial’, la crisis textil igual golpeó a su familia. “Mis hijos tuvieron que emigrar porque aquí no veían futuro. Menos mal que en esa época teníamos la Argentina. Se fueron para allá y tuvieron suerte, se hicieron una casita…”

Tras jubilarse, Acosta trabajó 11 años en el Club Náutico ‘Puerto Sauce’ realizando la tarea de vigilancia de la piscina. “Muchas veces entraba a las seis de la mañana y salía a las nueve de la noche. Inclusive mi esposa trabajó unos años en la limpieza de los baños”.

Aquellos fueron sus últimos años de contacto con el río. No ha vuelto a pescar ni le interesa por ahora. Igual que el gusto a queroseno que -por causa de la contaminación industrial-, a veces se percibe en los pescados de Juan Lacaze, le ha quedado “un sabor bastante amargo de la vida”, porque piensa: “para qué crié a mis hijos: se hicieron hombres, nos dieron nietos, y a mi edad, cuando más precisaba de mi compañera, la perdí. Ya no soy el mismo de antes. La soledad es brava. Tengo una jubilación más o menos buena y cuando más íbamos a disfrutarla, la vida me jugó una mala pasada. Y bueno, Dios sabrá por qué lo hizo”.

A pesar de la nostalgia, de vez en cuando sus ojos se iluminan. “La vida me ha dado muchas satisfacciones”, reconoció. “De repente uno recibe golpes que nunca espera, pero gracias a Dios siempre me repuse a las adversidades”.

Acosta ni piensa en moverse de la ciudad. “Estoy muy agradecido e inclusive agrandadito, porque no creo que en el mundo haya muchos pueblos como Juan Lacaze. Aquí nací y aquí me van a comer los gusanos”.

A diferencia de la vida, en la cocina las cosas “son muy simples y las puede hacer cualquiera. Yo por ejemplo nunca había asado un lechón, y cuando me tocó hacerlo me salió bien”, recordó el negro. “Eso sí: Creo que me quemé más de estar todo el tiempo arriba del fuego”.

Boga a la parrilla

Se limpia la boga, sin escamar, y se abre por la panza de forma que las mitades queden unidas por el lomo. Se coloca con la piel hacia arriba 15 o 20 minutos –según el calor de las brasas-, y cuando está dorada se da vuelta. En ese momento se vierte encima una salsa licuada de cebolla, tomate y condimentos a gusto. “Usted le da el tiempo que quiera. Si la quiere apurar puede hacerlo”.

Para que la salsa penetre más fácilmente puede pincharse la carne con un tenedor sin romper la piel. Si la prefiere “sequita” lo mejor es pincharla hasta romper las escamas para que escurra la gordura.

Según Acosta la mejor compañía para una boga asada es una ensalada de lechuga, tomate y morrón, cortado bien finito. La bebida indicada es vino blanco, pero puede usarse “el que esté a mano”.