En Colonia la miel se va para arriba

En Colonia la miel se va para arriba

A contrapelo del ánimo general provocado por la pandemia, una ronda entre apicultores del departamento de Colonia revela satisfacción por los números de las últimas ventas y optimismo respecto del porvenir. 

Leandro Costabel

Uruguay cuenta hoy con cerca de 2400 apicultores, unas 560 mil colmenas, y produce anualmente entre 10 y 12 mil toneladas de miel. En los últimos 15 años el número de productores se redujo bastante como consecuencia de varios factores.

La exportación de miel en 2020 fue récord porque alcanzó las 15 mil toneladas, el mayor volumen exportado en las últimas dos décadas. Si bien el período de 2017 a 2019 fue crítico por la detección de glifosato, “en estos últimos años el mercado levantó, sobre todo el de Estados Unidos y Alemania que prefieren las mieles claras”, explicó el apicultor Luis Chaparro de Colonia Miguelete.

Dedicado a la actividad desde hace más de 40 años, Chaparro realizó sus primeros cursos a mediados de los años de 1970 y en 1979 se posicionó en lo que es la apicultura estándar, siguiendo los pasos de Miguel Rubino y Homero Toscano, uruguayos referentes de la época. Luego sumó el asesoramiento de apicultores experimentados: un técnico argentino y unos especialistas neozelandeses.

“El tiempo es aliado para el hábitat de las abejas”, recuerda Chaparro, celebrando que durante los últimos años el clima ha favorecido, sin fenómenos adversos, el desarrollo de las colmenas.

También Gustavo Fripp, productor de la zona de Conchillas, conmemoró los buenos precios de los mercados internacionales por el retiro del mercado de la miel sintética que se producía en Asia. Otro punto a favor fue que los países europeos no trancaron las mieles con presencia de glifosato, manteniéndolas a un precio acorde que benefició al trabajador. Antes bajaban el precio y eso disminuía mucho la ganancia.

Fripp es más radical que Chaparro respecto de los glifosatos y plantea que el gobierno debería hacerse cargo. A su entender el problema radica en la expansión de la industria agrícola que contamina la miel con agrotóxicos. “Para que las abejas puedan obtener el polen necesario, constantemente los apicultores tienen que ubicar sus colmenas en distintos lugares estratégicos”, explicó.

Para el ex productor y ex dirigente de la Central Apícola Cooperativa, Carlos Roselli, el mal uso de los montes priva a la abeja de flora natural y ese es uno de los problemas por el que están desapareciendo. El carmelitano también mencionó que en los concejos agropecuarios los temas de la apicultura y sus diferentes abordajes no se tocan mucho de modo que “hay un vacío legal”.

¿Podrá esta industria casera y rústica sobrevivir a los métodos y competencias de otras industrias tecnologizadas que irrumpen en el mercado global?

La extracción es un proceso delicado “que debe ser lo más pulcro posible y sano para la abeja”, explicó el productor Luis Chaparro.

El joven productor Mauricio Bastie, también de Miguelete, resaltó que lo más importante en la cadena productiva es mantener las colmenas sanas para sacar el mejor beneficio posible, y que el clima “es un factor importante para la floración que provee de néctar a las abejas”.

Bastie contó que está asociado con productores de Ombúes de Lavalle para que el volumen facilite la exportación y el exportador les haga un mejor precio. También destacó el comportamiento comunitario de una colmena y lo refirió como un ejemplo de trabajo en la sociedad humana.

Todos integran la Mesa Apícola Departamental que nuclea a alrededor de 150 apicultores, proveedores de insumos, compradores de productos y representantes de organismos trabajando en el territorio.

UN TRABAJO ARDUO PERO DIVERTIDO

En el proceso de producción se prepara la colmena formando núcleos a partir de una abeja reina, o en “trampita” una reina ya fecundada. Después se forma la colmena con los marcos -los cuadros en la cámara de cría-, se pasa al proceso llamado alveario, y cuando está pronto se coloca la cera estampada.

Luego viene la extracción, un proceso delicado “que debe ser lo más pulcro posible y sano para la abeja”, explicó Chaparro. “La miel se coloca directamente en los tanques de exportación, sellados y con un número de registro, y se guardan en una sala”. El Ministerio de Ganadería y Agricultura es el encargado de habilitar la sala todos los años, otorgar un número de registro al trabajador, y realizar las visitas de control.

Los beneficios de la apicultura son múltiples. Además de sus productos más visibles -cosméticos, alimentos humanos como la miel y el propóleo, polen como sustituto de proteínas-, como agente de polinización la abeja ayuda al medio ambiente.

El trabajo en las colmenas requiere un overol con ropa fina por debajo; en los pies unas botas livianas de cuero, con polainas para que no pase el aguijón de la abeja, un sombrero con velo y guantes de cuero.

Para calmar el enjambre durante las extracciones se utiliza un ahumador que se enciende con ramas verdes para producir humo blanco, de modo de desorientar a las abejas sin irritarlas. Para mover los panales se utiliza una pinza de apicultor o palanqueta. Luego de la extracción se llenan los tanques y se tapan herméticamente para que la miel no agarre humedad.

Chaparro está convencido de que “trabajar la miel es arduo pero divertido”, y que reporta “muchos beneficios para la salud humana: como sustituto del azúcar, por ejemplo en los postres, como cura del resfrío, como aporte energético para el cuerpo. El polen da energía, es bueno para estudiar”. A Einstein se atribuye la frase: “la vida sin abejas sería un desastre global, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida. Sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres”.