A 48 años del golpe de Estado. La noche de los gases en Juan Lacaze

A 48 años del golpe de Estado. La noche de los gases en Juan Lacaze

(Publicada originalmente en marzo de 2007). El 27 de junio de 1973 nuestro país recibía una estocada casi mortal. Su perfil de pueblo trabajador, leal, solidario desde sus mismas estructuras sociales, y respetuoso de las normas legales, resultó herido, profanado en su dignidad.

Walter Aranda Grasso

La fuerza, instalada en el poder, nos haría mirar con desprecio lo que hasta ese momento admirábamos y aplaudíamos. Ahora todo era diferente, las miradas ya no fueron las mismas, el diálogo y el tránsito de la gente se vio limitado, se esfumaron un montón de sueños, y la esperanza de miles de compatriotas comenzó a debilitarse hasta, en muchos casos, fenecer.

Prontamente daría comienzo ese éxodo que, para un importante número de personas, resultó como huir del fuego hacia el infierno; el desmembramiento de la familia uruguaya se consumaba de manera inexorable.

EL PRIMER ¡NO!

Conocida la noticia los trabajadores organizados inmediatamente cerraron filas, inmortalizando una de las más nobles y férreas reacciones en defensa de la democracia.  Los asalariados fueron los primeros guerreros que se plantaron frente al enemigo (actitud y resistencia que ha servido de referente por su heroicidad) en medio de aquella lucha desigual.

Su lugar de trabajo, su máquina, se constituyeron en la trinchera (y luego en las calles) frente al arrebato de nuestro estilo de vida y sistema jurídico elegido por la inmensa mayoría de los uruguayos. El Decreto Nº 518/973 del 4 de julio de 1973, acabó toda posible continuidad laboral a tantísimos trabajadores, de todos los ámbitos. Los telegramas de despido llegaron al seno de muchas familias que como consecuencia de esa ley –aprovechada por los mandos empresariales-, se vieron condenadas al hambre y la marginación.

ECOS DE UN CONFLICTO

Pocos meses antes de producirse el golpe de Estado cívico militar, la textil de Juan Lacaze Campomar & Soulas fue testigo de dos acontecimientos puntualmente significativos. Por un lado la puesta en funcionamiento de la Bolsa de Trabajo (acuerdo que posibilitó el ingreso de personas según su núcleo familiar); al mismo tiempo, el gremio llevaba a los trabajadores a un conflicto (enero de 1973) que fue muy resistido y produjo una marcada división entre sus integrantes, como consecuencia de la insistencia del sindicato de facilitar el ingreso (vía Bolsa de Trabajo) a los dirigentes del gremio de INDELACO (Industria de la Cola) Washington Cuello y Enzo Uzuca, despedidos de la citada industria.

El rechazo de la patronal a tales ingresos, porque significaría “alterar el reglamento del convenio”, llevó a ese estado de confrontación que, a la postre, deriva en una paralización total de la planta, con ocupación, y una marcha a pie a Montevideo.

Con ese precedente poco feliz y el lastre de posiciones antagónicas y sentimientos visiblemente manifestados, una buena parte de los textiles de “La Industrial” se encaminaba hacia un invierno que habría de ser el más largo para la vida institucional del país.

UNA PARTIDA PREMATURA

El 1º de julio de 1973, cuatro días después de producido el golpe, a consecuencia de un accidente protagonizado con la motoneta que piloteaba, falleció Adrián Montañés, un delegado del Congreso Obrero Textil sumamente conocido entre la familia textil de Juan Lacaze en razón de los conflictos pasados.

Dicho dirigente incursionó en forma reiterada en nuestro medio, y en virtud de ese relacionamiento y su forma de ser, se granjeó la simpatía y amistad de muchos lacazinos, motivo por el cual su desaparición afectó profundamente.

Instalada la dictadura (aunque el proceso recién desplegaba sus tentáculos), mediante telegrama, pizarrón o comunicación directa, unos y otros trabajadores, hombres y mujeres, ya no pertenecieron más a la textil… A partir de allí, la vigilancia, la detención, “la vida imposible” persiguieron a cada destituido.

EL PIQUETE DE LA TARDE

El 1º de agosto un grupo de ex textiles, movidos por la necesidad de obtener alguna información respecto a la problemática que vivíamos, nos dimos cita en la vieja Plaza de Deportes.

Más precisamente en la “cancha chica” se disputaba una fecha del campeonato local de baby fútbol y -ante la clausura de los sindicatos y las limitaciones impuestas sobre el derecho de reunión-, la circunstancia resultó propicia para “vernos las caras”. En realidad, lo más significativo del encuentro fue la convocatoria que, con motivo de cumplirse el primer mes de la muerte de Montañés, se nos hacía para la misa que habría de celebrarse esa tarde en la parroquia local.

El público y los protagonistas del espectáculo nos disponíamos a abandonar el predio, pero cuando el grupo de ex textiles apenas completamos el giro, un piquete policial compuesto por una media docena de efectivos armados con bastones de madera, se interpuso en nuestro camino cortándonos la retirada. “¡Ustedes se pueden ir!” -comunicó el jerarca a cargo del operativo a las personas directamente relacionadas con el espectáculo-, “¡ustedes no!”, nos señaló.

Los dirigentes de la Liga de Baby Fútbol, entre los que se encontraban Carlitos Rodríguez y Oscar Loviseto, entre pararon su marcha y la policía continuó su avance en prolija formación, hasta que aparece un oficial militar y les ordena detener su marcha. Afuera, sobre la calle Rivera, las veredas se encontraban pobladas de curiosos que seguían con atención y asombro el desarrollo de los acontecimientos. Separados por unos pocos metros, un cordón militar, armas en manos, montaba guardia.

Consultados los dirigentes deportivos sobre el motivo de la reunión, dieron cuenta de que, “acababa de jugarse una fecha del campeonato”, y sobre la presencia de “esa gente” (que éramos nosotros) y si habíamos causado algún tipo de problema, respondieron en forma negativa (obviamente) y que, “solo formábamos parte del público”. Desairado, el piquete policial quedó relegado a su posición inicial al tiempo que, a nosotros, se nos ordenó “circular”.

ENTRE EL SANTO Y EL PRÓCER

Cuando llegamos a la parroquia, casi de noche, y dado el lleno total que presentaba, nos apretujamos junto al marco de la puerta y de allí seguimos el oficio religioso. A no ser por la multitudinaria asistencia (frecuente solo en acontecimientos de mucha trascendencia) y la sensibilidad íntima que cada hombre o mujer textil pudo experimentar, hasta su finalización aquella fue una misa más.

Cuando poco antes de culminar la misa oímos a nuestro lado al sub-comisario Atilio Delgado indagar a uno de los sacerdotes por “¡la cantidad de fieles presentes!”, presentimos que “la intencionalidad de la tarde”, continuaba vigente…

Nunca nadie pudo imaginar que una emboscada, a pocos metros del umbral de la iglesia apenas transcurrido el último “amén”, aguardara disimulada entre las sombras para transformar el patio de la parroquia en un infierno.

Una verdadera andanada de gases lacrimógenos se disparó contra la multitud, provocando confusión, corridas, gritos, llantos y la impotencia de los más desvalidos. Rápidamente la nube nauseabunda envolvió parte de la fachada de la iglesia; en su desesperación la gente pretendió refugiarse en el colegio, pero “algunos feligreses” tironearon de ellos evitándolo.

Los intentos de fuga de “los identificados de la plaza de deportes”, fueron abortados por la rápida acción de las camionetas (las “Terneras”) que arrancaron en distintas direcciones; los más ágiles y escurridizos, escapamos ilesos.

Patrulladas las calles y visitados los bares y confiterías, las detenciones continuaron. Con un malestar generalizado causado por el efecto del gas en ojos, nariz y garganta de decenas de personas de todas las edades, fue quedando atrás una noche que trajo consigo un operativo que mucho se pareció a una venganza.