Paola, la mujer que luchó por su vida

Paola, la mujer que luchó por su vida

Víctima de un intento de femicidio, la lacazina Paola Pelegrinetti relató a LVA su trágica experiencia, el momento más oscuro y la batalla que tuvo que librar para seguir adelante por su hijo, sus seres queridos y por ella misma.

Mathias Medero

Ya era tarde cuando llegué a la casa de su amiga Silvana, a las 11:45. Golpeé la puerta de vidrio y atravesé una tienda repleta de prendas y maniquíes hasta entrar en una pequeña sala donde una mujer relajada y sonriente, observaba cómo le pintaban las uñas. Era ella; mi llegada tarde no pareció afectarle ni la charla removedora que estábamos por mantener. Al contrario, tenía una sonrisa que transmitía confianza.

Paola Pelegrinetti (40) nació en Juan Lacaze, vivió allí con su familia y amigos hasta los 18 años cuando se enamoró y en septiembre del 2000 se radicó en Colonia del Sacramento. “Trabajaba en una peluquería y él era vendedor de autos. Era 15 años mayor que yo. Al principio era normal, un caballero. Creo que toda mujer idealiza el amor en un príncipe azul, aunque este se convirtió en sapo al poquito tiempo”.

Desde el comienzo de su relación vivió situaciones de violencia. “Se fue dando de vez en cuando: un apretón de brazos, un empujón o un grito, maltrato verbal. La persona que es violenta al ratito se le pasa y te pide disculpas, trata de hacerte entender esa situación. Que si tuvo que ser violento de esa manera fue por culpa tuya. Llega un momento que uno mismo se cree que es por tu culpa que esa persona reacciona de esa manera”.

Pelegrinetti recuerda que el primer episodio de violencia fue a los seis meses, ya en convivencia. En sus 18 años de relación siempre hubo situaciones de violencia, pero en los últimos años se hizo algo habitual. “No me las voy a olvidar nunca porque yo sí recuerdo desde el primer episodio hasta el último”.

Había momentos que no se podía levantar de la cama. “Cuando la persona es violenta cualquier situación que se genere es un problema. Es una enfermedad, para la persona violenta y también para la persona que está al lado, porque se enferma”. Pelegrinetti piensa que si hubiera tenido la autoestima que tiene ahora, no le hubiera pasado.

“Él se levantaba y si tenía ganas de reírse todos tenían que hacerlo. Le preguntaba qué quería comer y él me decía ‘lo que quieras’, y le hacía lo que yo quería y cuando le llevaba la comida me tiraba el plato y me decía que esa porquería no quería comer, que quería otra cosa. Y le decía: ‘pero me dijiste que hiciera lo que quisiera’, y ahí se generaba un problema”.

“Yo sentía que me moría y quería llegar consciente al sanatorio, porque quería avisar que mi hijo estaba en la casa de la abuela: tenía terror que él saliera y le fuera a hacer daño”.

El día marcado

La fecha del 10 de julio de 2018 quedaría marcada a fuego para Pelegrinetti porque fue el día que se enfrentó cara a cara con la muerte. “Habíamos llegado de Bariloche de vacaciones, porque el sueño de mi hijo era conocer la nieve, y él decidió que se fuera a la casa de la abuela, la mamá de él, y lo llevó. Ese día estaba medio raro, como que subía y bajaba la escalera, como medio nervioso”.

Almorzaron juntos y fueron a hacer mandados. A la vuelta él le dijo si quería ver la semifinal del mundial a las 16, entonces ella aprontó el mate e hizo algo para merendar. Él subió las escaleras. “Yo subí a la parte alta de la casa y había mucha agua en el piso”. Pelegrinetti preguntó ¿qué pasó? Y él respondió que estaba lavando porque la perra había hecho pichí.

“Fui al vestidor, colgué una remera y cuando voy a bajar el primer escalón siento su mano en la espalda”. Pelegrinetti cayó escalera abajo 17 escalones. “Llegué al descanso y seguí rodando. Cuando traté de levantarme él ya estaba parado al lado mío”.

“Me empujaste”, se quejó. “No, te caíste”, respondió su pareja. “Ahí me di cuenta que venía lo peor, traté de sacar mi celular que lo tenía en el bolsillo de la campera y él me lo saca, me lo apaga. Corro hasta la mesa donde estaba el teléfono de línea para llamar a la policía, él me lo logra sacar”. La casa era bastante amplia y Pelegrinetti quería escapar: corrió hacia la puerta, logró abrir dos trabas pero un cerrojo quedó sin abrir.

“Ahí me agarró y me dio una paliza brutal. Le decía que parara. Con el golpe de la escalera quedé aturdida, no sabía dónde estaba, toda golpeada, le pedía que parara. Quería que volviera a subir, pero yo sabía que arriba él tenía armas”. En ese momento recordó que en su llavero tenía un botón de pánico que conectaba con la alarma de seguridad de la casa.  

“Corrí a la cocina y lo apreté 17 veces, pero la empresa no llamó”. Allí su agresor tomó una cuchilla de 20 centímetros y se la clavó en el abdomen. “Entre el miedo, el dolor, el susto, estaba toda orinada. Me saqué la cuchilla de la panza y me vuelve a apuñalar. Sabía que estaba por morir. Si yo no luchaba por salir, me mataba”.

Forcejearon hasta que la cuchilla cayó atrás del microondas, “pero agarró un cuchillo de asado que tenía en la mesada con una hoja de 12, me acuerdo claramente porque la policía científica los examinó. Tengo cuatro puñaladas en el ojo, en el mentón, y otras partes de la cara. Para contener el ataque traté de agarrar el cuchillo por la hoja y al cortarme perdí movilidad en tres dedos de la mano izquierda”.

A pesar de la gravedad del momento, “lo único que le decía era que pensara en el hijo, que pensara en él, que me estaba lastimando y que iba a quedar sólo porque yo me iba a morir e iba a terminar triste, que pensara en el nene. Le hablaba despacio, nunca le grité, siempre intenté desarmarlo”.

Hasta que llegó la policía y Pelegrinetti empezó a pedir auxilio con fuerza. En ese momento él se desesperó, tomó otro cuchillo y se lo clavó en el abdomen y en el cuello. Ella se sacó el cuchillo de la panza y se lo clavó en la pierna. “Fui a agarrar el otro cuchillo que estaba tirado, porque sabía que si quedaba ahí me lo clavaba en la espalda y me mataba. Fui gateando hasta la puerta del frente con los dos cuchillos en la mano. Cuando saco el cerrojo y trato de abrirla, él me da un golpe contra la puerta y me cierra”.

La policía logró abrir. “Oprímase el abdomen”, le dijo una agente al verla ensangrentada. “Tenía evisceración y me colgaban los intestinos. Yo no me había dado cuenta. Y en el cuello eran borbotones de sangre que me salían. El cuchillo me pasó a medio centímetro de la carótida. Si no hubieran llegado, en menos de 30 segundos me desangraba”.

La llevaron en el móvil policial al sanatorio. A él también lo llevaron por su herida en la pierna. A Pelegrinetti le dieron 40 puntos en el abdomen y cinco en el cuello. “Yo sentía que me moría y quería llegar consciente al sanatorio, porque quería avisar que mi hijo estaba en la casa de la abuela: tenía terror que él saliera y le fuera a hacer daño”.

El cirujano la miraba fijamente y ella llorando le decía que tenía un hijo al que debía seguir criando y que si no lograba salvarle la vida, donaba sus órganos para que otra persona pudiera ser feliz como ella no había podido. “Pude sentir el frío de la muerte. Es una sensación espantosa, empecé a sentir mucho frío, mucho frío, y ahí me descompensé y a partir de ahí ya no recuerdo más nada. Hasta que me desperté”.

Pelegrinetti siempre sintió la cercanía de sus padres y hermanas. “Tuve mucha fuerza de ellos para salir, pero creo que la mayor fuerza me la dio mi hijo, por él me tenía que levantar. Si seguía en esa cama, ahí acostada como estaba, lastimada, medicada no iba a poder luchar para que él estuviera bien”.

Y lo logró. “También recuperé amigas de muchos años. Estuve muy bien contenida”. Además, hizo tratamiento psicológico y hasta ahora tiene días en los que siente impotencia, rabia y se pregunta ‘¿por qué me pasó a mí? ¿por qué permití tantas cosas? Pero está tranquila, porque ya pasó.

Justicia

El 12 de julio el agresor de Pelegrinetti fue formalizado con prisión preventiva por seis meses. La audiencia judicial fue la primera pública bajo el nuevo Código del Proceso Penal en el departamento de Colonia. “Me enteré que estaba haciendo un arreglo por dos años de cárcel. ¿Dos años con todo lo que me hizo? Con el nuevo código podía participar del proceso penal y así lo hice. Empecé a colaborar con el proceso penal dando pruebas en todas las cosas”.

El juicio oral y público se desarrolló del 24 al 30 de abril de 2019 y la Fiscalía pidió diez años de cárcel por intento de femicidio. “Mostraron las cuchillas que todavía tenían mi sangre y la verdad que estar ahí sentada fue bastante fuerte y me impactó”.

El 28 de mayo de 2019 la justicia condenó al victimario por un intento de homicidio muy especialmente agravado por el delito de femicidio a siete años de cárcel. El abogado defensor apeló ante la Suprema Corte de Justicia (SCJ) y pidió la absolución de su representado. La fiscalía también apeló para que el “dolo eventual” pasara a dolo directo y la condena fuera de diez años.

El 13 de marzo de 2020 la SCJ lo sentenció a ocho años de prisión. “Ellos apelaron al último recurso que es el de casación y estamos esperando la resolución. Aún no tiene condena definitiva. Tengo que decir que la justicia ha actuado muy rápido. Él estaba procesado con prisión preventiva y en ese caso se puede esperar un año o dos para resolver el juicio. En mi caso en ocho meses lograron juntar todas las pruebas y llevarlo a un juicio oral”.

Una nueva vida

“Cuando me desperté aquel día en la mutualista lo hice con tremendas ganas de vivir: desde ese momento no hubo día que no me levantara bien porque me lo proponía. Estuve con un corsé por tres meses porque tenía el abdomen abierto de arriba a abajo, pero tenía que levantarme bien, era mi obligación porque me lo había puesto en la cabeza. Eso me llevó a quererme como persona, porque llega un momento que te bloqueas tanto que ni te querés”.

Pelegrinetti ha valorado desde entonces cada cosa que ha vivido, aunque para la mayoría de las personas sea algo trivial e insignificante. “Cuando llueve, si podés mojarte te mojás, y te encanta el frío, y te encanta el café, estás casi del otro lado. Te estás perdiendo todo lo que no disfrutamos, la vida. El primer día después de la operación lo sentí”.

La suya “fue una experiencia tan triste que no quiero volver a repetir, ni quiero que le pase a nadie, porque no se lo deseo a nadie. Hoy tengo muchas ganas de vivir. Después de una situación así te das cuenta de que te perdiste un mate con tu madre y no lo disfrutaste, porque tenías la cabeza en otro lado y cuando estás así disfrutas hasta el vaso de agua que estás tomando”.

Una mujer no puede salir sola de una situación de violencia, opina Pelegrinetti: “siempre tiene que pedir ayuda”.

Mientras estuvo con su pareja inmersa en un círculo de violencia, Pelegrinetti sentía que no servía para nada. Sin embargo en su casa se encargaba de todo, no solamente de las tareas domésticas sino también de la sanitaria y otras reparaciones. En estos dos años pudo terminar el liceo, estudió fotografía, administración de empresas y más. “Todo lo que no pude hacer en 18 años”.

Causa feminista

Pelegrinetti dijo que los colectivos siempre están en movimiento y que en el caso de los grupos feministas, existe una estadística de que cada dos años se disuelven o se transforman. Con su caso hubo una sensibilidad especial que hizo que los grupos colonienses tomaran mayor fuerza.

En septiembre de 2018 ocurrió un femicidio en Colonia Valdense, el asesinato de Liliana Pérez. Un día que iba al médico y vio en la plaza a un grupo de mujeres concentrándose, preguntó si iban a marchar por Liliana y le dijeron que no sabían que se podía. “Me preguntaron quién era y cuando les conté me dicen: ‘nosotras estuvimos militando por vos, pero pensamos que te habías muerto’. ‘¡No! ¡estoy viva!’”.

Cuando empezó su juicio le dijeron que la acompañarían. “Comenzaron a mandar mensajes de watsapp y cuando llegué al juzgado había 200 personas afuera esperándome. Ahí se armó el grupo, como que se unió más desde mi caso”.

Pelegrinetti dijo que es muy triste sentirse sola en ese momento. “Yo estaba con mi familia, pero hay mujeres que no tienen. Me pasó con un caso de una chica que iba sola a las audiencias porque la familia vivía en Buenos Aires. Iba todos los días a Carmelo a acompañarla, porque es espantoso estar adentro y que nadie te pueda abrazar. Entonces sentí en ese momento que tenía que acompañar a la gente, porque yo lo sentí. Lo que hacemos es eso, acompañar a las mujeres cuando van a una audiencia”.

Además de acompañarlas, “trato de buscarles ayuda con el psicólogo, un abogado, una asistente social, porque muchas veces hay niños en estas historias. A veces se ve solamente que estoy afuera del juzgado, pero el trabajo no está ahí solamente”.

Una mujer no puede salir sola de una situación de violencia, opina Pelegrinetti: “siempre tiene que pedir ayuda. Hay muchos lugares a donde podemos ir ahora que antes no había”. Hay mujeres que no tienen adónde ir y “van a denunciar, pero después tienen que volver a casa con su abusador. Cuando se está en esa situación hay que pedir ayuda: esas mujeres no están solas”.