En memoria de Margarita Soria: “Un uruguayo tiene una ventaja que nadie puede quitarle”

En memoria de Margarita Soria: “Un uruguayo tiene una ventaja que nadie puede quitarle”

(Entrevista publicada originalmente en noviembre de 2002). La lacazina Margarita Soria Charbonnier tiene 55 años y hace casi 30 que se radicó en Porto Alegre. En Juan Lacaze concurrió al Colegio María Auxiliadora y completó el liceo. De ese período —infancia y adolescencia-, conserva vivencias y recuerdos “tan importantes para formar la personalidad”.

A fines de los años 60 se radicó en Montevideo junto a su hermana María del Rosario. Quedarse representaba menos posibilidades. “Una quería un poco más y tenía que salir”. En la capital del país estudió en el Instituto de Filosofía y llegó a dar clases en Ombúes de Lavalle. “Estuve viajando durante dos años en la ONDA”. Como también trabajaba y disponía de su propio dinero en las vacaciones se iba a pasear a Porto Alegre.

En el verano de 1973 las dos hermanas —más tarde Rosario desistió-, resolvieron radicarse definitivamente. Margarita había comenzado a dar clases también en Las Piedras y estaba a punto de hacerlo en un colegio religioso, pero entendió que aquél era el momento. “Si no te vas ahí, después no te vas más”.

Hubiera querido cumplir la promesa que le hizo a su padre de seguir estudiando, pero no pudo. “Sufrí la mayor decepción porque en Brasil a la Filosofía no le dan ninguna importancia”.

Durante algunos años trabajó en la reventa de ropa que compraba en Fortaleza, y en 1980 creó su propia confección. Soria nunca había tenido contacto con el mundo de la confección. “Al contrario, no me gustaba nada, pero una se va haciendo a los trancos y barrancos”. En esa época había muy pocas confecciones “y los comerciantes se quejaban porque debían viajar con mucha frecuencia a San Pablo, Río o Belo Horizonte a buscar mercadería”.

LOS AÑOS NO VUELVEN

Sus clientas son básicamente señoras de entre 30 y 50 años incluyendo mujeres excedidas de peso. A pesar de que la mujer brasileña tiene fama de estilizada, “en el Sur del país existen gordas, porque se come mucha carne y la vida es muy parecida a la de Uruguay”.

La situación ha ido cambiando. “Después que los coreanos ingresaron al mercado comenzamos a declinar porque no teníamos cómo competir. Ahora ya no fabrico y compro todo pronto”. Su negocio tiene marca propia -“Charbon”, por el apellido de su madre-, y comprende tres boutiques distribuidas en Porto Alegre, y las ciudades “gaúchas” de Canoas y Novo Hamburgo.

Si bien en abril sus planes de expansión incluyen la inauguración de una cuarta casa en Porto Alegre, no le pasa por la cabeza extender su negocio a Buenos Aires o Montevideo. “Es otro mercado: mirá que al uruguayo no le vendés cualquier cosa. Pero además hay que invertir en marketing y la inestabilidad económica de Argentina y Uruguay no ayudan. El Brasil también está inestable, pero lo conozco”.

Si no fueran razones suficientes, también “me gusta tener mis momentos de relax. Uno trabaja todo lo que puede, pero hay una edad en que debe comenzar a pensar más en uno mismo. Los años pasan, no vuelven, y después vienen los arrepentimientos”.

En 1977 se casó con un brasileño de Santa Victoria do Palmar con quien tienen dos hijas mellizas de 25 años: Carolina y Clarisse. Ambas estudiaron Turismo y Hotelería en Barcelona y Carolina trabaja desde hace un año en el hotel Conrad de Punta del Este. “Desde chiquitas les enseñamos que no hay mejor cosa que viajar”. Su esposo es ingeniero electrónico y tiene “el privilegio” de haberse jubilado con 50 años.

¿CULTURA VERSUS ALEGRÍA?

Aunque su actividad la obliga a largas jornadas de trabajo —“salgo temprano y vuelvo de tardecita”-, se las ingenia para practicar natación y danza flamenca y asistir a clases de italiano. Tampoco se priva de salir. “Mi mamá me dice: ‘te quema la casa’. Desde que vivía en Juan Lacaze que andaba en la calle todo el día”.

Si bien las semejanzas entre Uruguay y Río Grande do Sul y sus casi 30 años en Porto Alegre le permiten sentirse como en casa, hay un aspecto que sí extraña: “el lado cultural que Brasil no tiene. Por más económicamente mal que pueda estar un uruguayo, tiene una ventaja que nadie puede quitarle”.

En compensación, Brasil ofrece otras cosas buenas: “Su gente abierta, la música. Siempre digo que sólo por la música yo no me vendría nunca”.

Cree que al privilegiar el pago de los compromisos internacionales, el presidente Fernando Henrique Cardozo descuidó la producción nacional, y tiene esperanzas depositadas en la gestión de Luiz Inacio Lula Da Silva: había que “buscar otra opción”. Tanto las intenciones como las personas que rodean a Lula “son muy buenas, pero habrá que esperar porque de una hora para otra no va a poder hacer nada”.

Soria viaja periódicamente a Montevideo para ver a su familia y todavía se comunica con amigas de Juan Lacaze —María Eleonora Pérez, Pelusa Aicardi, Graciela Werner, Rosita Fuentes-, con quienes aspira a reencontrarse este verano. Eso sí, no podrá ser en la última semana de enero porque prometió a unos amigos hospedar en su céntrica casa a algunos conferencistas del Foro Social de Porto Alegre. “Vendrán 200 mil personas de todo el mundo y hace cuatro meses que ya no hay lugares en los hoteles. Ni en Porto Alegre ni en las ciudades vecinas”.

Luis Udaquiola