Malabarismo extremo. Circos en Colonia durante la pandemia

Malabarismo extremo. Circos en Colonia durante la pandemia

Hasta cobrar sus primeras víctimas en Colonia tras revelarse en Uruguay hace casi un año, la COVID-19 no solo afectó la vida de los residentes en el departamento sino también a los elencos de los circos Foxs de Argentina y Roma de Uruguay, ambos jaqueados por la ausencia de público y una realidad para la que no estaban preparados.

Luis Udaquiola

“El circo es uno de los grandes olvidados de las políticas culturales en muchos países sin necesidad de ninguna pandemia. Pero la COVID–19 le está haciendo pasar uno de sus peores momentos”, escribió en noviembre Justo Barranco Barcelona en La Vanguardia. “Un gigante símbolo del nuevo circo contemporáneo como Cirque du Soleil se lo acaban de quedar sus acreedores”, completó.

Siempre según el diario catalán, “el gran Circo Roncalli alemán, que dio la vuelta al mundo en 2019 cuando sustituyó sus animales por fascinantes hologramas”, canceló las funciones de su tradicional circo de Navidad bajo la fabulosa estructura del Tempodrom de Berlín. “Las ha transferido a las fiestas navideñas de 2021, esperando que la gente conserve su entrada. Su mánager, Markus Strobl, ha pedido durante la pandemia que se reconozca la dimensión cultural del circo y tener los apoyos y desgravaciones de las que gozan los teatros”. Otro gran circo alemán, el Krone, “ha inventado estos meses en Munich el Clown-car-wash, un túnel de lavado de 90 metros en el que 20 payasos y artistas son los encargados de limpiar los coches del público que acude, que no sale del auto para vivir divertidas sorpresas. Un túnel de lavado que, pese a su seguridad, este noviembre cierra también”.

“Feliz día San Expedito, y gracias por estar siempre a nuestro lado”, agradeció el 19 de febrero en Facebook el argentino Manolo Allende, dueño del circo Foxs y devoto del protector de las causas justas y urgentes. “Lo hago por mi gente, por todos, porque estamos parados esperando que se abra un camino para trabajar”, explicó desde Gualeguaychú (Entre Ríos) donde espera el retorno a la normalidad acondicionando máquinas y vehículos. “Si me quedo quieto me muero: me comen los nervios”.

Habitué de Uruguay desde hace cinco años, el circo Foxs llegó al departamento de Colonia el invierno pasado, cansado y económicamente herido tras intentar salir a flote mediante funciones al aire libre inspiradas en el autocine. Para entonces el elenco estable se había reducido prácticamente a la familia Allende: “cuando ingresaba dinero nos íbamos manteniendo, pero cuando llegaba algo extra tuvimos que ir prescindiendo de algunos integrantes que enviábamos por ómnibus o avión, o los traía yo de a cinco en la camioneta hasta la frontera”. La caravana completa terminó de cruzar en diciembre.  

Durante los cinco años, independientemente de los trámites aduaneros y de migraciones que deben renovarse, “cada tanto volvíamos a Buenos Aires por compromisos o contratos”, recordó Allende que tiene 58 años y representa a la tercera generación de su familia en un circo: “Nací en uno”. Allí también trabajan sus cuatro hijos mayores y por eso, con frecuencia le acompañan algunos de sus seis nietos. El 27 de enero el Foxs cumplió 32 años.

Las primeras medidas sanitarias los encontraron en Lascano (Rocha), donde ensayaron la idea del autocirco permitiendo el ingreso de vehículos a la carpa principal. “La primera vez entraron 16 o 17 pero luego la cifra bajó a cuatro o cinco”, lamentó. A pesar de las dificultades, el recuerdo excluyente de aquellas semanas es de reconocimiento al “alcalde, los vecinos, el señor que me daba la leche para los niños, y los funcionarios del comedor municipal” al que accedieron durante algunos días.

Manolo Allende junto al elenco del Foxs en Chile (abajo a la izquierda) y a algunos de sus nietos. Con frecuencia los niños preguntan a sus padres: “¿cuándo volvemos a Uruguay?”

En junio pasado, ya a camino de la frontera repitieron la idea para el público de Cardona y de Florencio Sánchez. Fueron como tres meses, pero “solo de subsistencia porque con un elenco grande los ahorros se van. Gracias a Uruguay no pasamos hambre y mucho menos los niños”.  

En agosto, recién instalados en Tarariras, sus funciones fueron autorizadas por las direcciones departamentales de Cultura y de Salud de acuerdo a un protocolo que debían “cumplir estrictamente: uso de tapabocas, máximo de 40 sillas, distanciamiento de dos metros entre cada silla y fila, contar con elementos sanitizantes de pies y manos al ingreso y egreso de la carpa, personal asignado al control de público a fin de evitar aglomeraciones”. Cualquier violación habilitaría “la clausura y acciones legales pertinentes”.

Allende guarda buen recuerdo del director departamental adjunto de Salud, el médico Ramón Barbot, a quien considera “una eminencia” y al mismo tiempo “un pedazo de pan”. De él conserva un retrato “pegado en la puerta como un santo”, porque no solo buscó formas de que continuaran trabajando, sino que en octubre salió a defenderlos en su cuenta de Facebook: “Desde la llegada del circo las redes han explotado de comentarios realizados muchos desde la incertidumbre y preocupación sincera, otros desde el desconocimiento y algunos con afán de generar discordia”. En su escrito, Barbot invitaba a disfrutar “nuestra libertad responsable” y a ser “solidarios con quien más allá de su nacionalidad han sido rehenes de esta pandemia y siempre han demostrado responsabilidad y buena fe en su accionar”.  

No fue suficiente. Los contagios en el departamento treparon de ocho casos diarios a fines de abril a 20 en Navidad, 218 acumulados durante el período, y la temporada en Ombúes de Lavalle fue la última. Allende elogió la educación y seguridad públicas de Uruguay al que consideró su “segunda patria”. Durante este tiempo sus nietos “tuvieron sus computadoras, educación en línea, cuidado, respeto. Y con frecuencia preguntan a sus padres: ¿cuándo volvemos a Uruguay?” También destacó que es un país muy seguro: “los padres salen con sus criaturas en bicicleta a andar por los parques o las plazas a las cinco, seis de la tarde o las ocho, y es algo que no se puede hacer ni en Chile, ni en Perú, ni en Paraguay, Brasil o Argentina”.

La pandemia le dejó otra moraleja. “No quiero ser malo, amo mi país, pero qué alegría que me pasó allá porque en Argentina los colegas tuvieron y aún tienen muchos problemas”. Según cree esta experiencia demostró “que hice mal las cosas: tendría que haber tenido un negocio paralelo. En Argentina trabajan cerca de 400 circos y solo dos y un parque han hecho lo correcto abriendo un negocio paralelo y la pasaron bastante mejor que nosotros. También nos enseñó a ahorrar en prevención de peripecias como esta”.

MADRE CONTORSIONISTA, PADRE BAILARÍN DE MALAMBO

A Rene Hacck, dueño del circo Roma, la llegada de la pandemia hace un año lo detuvo en Nueva Helvecia: “Estábamos desarmando para viajar a Juan Lacaze, pero desde entonces quedamos parados”. Además de uruguayo el circo de Hacck es chico: “Trabajo con mi familia y quien me acompañaba era un matrimonio de argentinos, pero cuando vi que no podríamos trabajar los trasladé hasta el puente de Fray Bentos para que cruzaran a su país, porque la pobre gente no tiene la culpa”.

“Nunca en la vida habíamos vendido nada, pero algo había que hacer”, recordó Rene Hacck tras deshacerse de un lote de pelotas de playa (abajo a la izquierda).

Él permaneció con su “hermana, un sobrino, una sobrina, un hijo y mi nieto” en un espacio de la calle Berna donde pudo acondicionar sus nueve traillers o casas rodantes. “Cuando reanudemos seremos solo tres porque mi hermana también se retira”. Hasta la pandemia eran 14 o 15, “más de eso nunca, pero cuando arranque a trabajar, que la veo difícil, trabajaré solo con mi hijo y mi nieto. Si salgo y paro ¿qué hago con la gente?”

Hacck tiene 65 años de vida y de circo porque nació y se crio en uno. “Mis abuelos, mis padres y mis hermanos somos todos de circo, y mis hijos también”. Sobre su apellido europeo, explicó que su abuelo era un alemán que llegó primero a Brasil. Luego la familia, incluida su madre que nació allá y era contorsionista, se trasladó a Uruguay donde conoció al que sería su padre: un bailarín argentino de malambo. Su abuela “trabajaba con los perros chiquitos”.

La familia fue aumentando en suelo criollo: “Éramos diez hermanos”. Él nació en San Ramón, pero los demás nacieron en ciudades distintas según se acompasaban los embarazos con el itinerario de la caravana. Hace más de 20 años el circo se llamaba Roma, pero cuando él lo compró y se hizo cargo lo llamó Munich, porque “no faltaba quien preguntara por qué Roma si nosotros éramos alemanes. Más adelante volveré con Roma porque es más conocido”.

Igual que otros antiguos de Uruguay, su circo siempre presentó obras teatrales intercaladas con los números circenses. A mediados de la década de 1990, durante la gestión de Mariano Arana en la Intendencia de Montevideo, el teatro Florencio Sánchez lo contrató por 12 funciones de Juan Moreira, Martín Aquino, Nazareno Cruz y Dionisio Díaz pero hubo tanto público que debió hacer 36. Algo parecido ocurrió en el museo Blanes con las mismas piezas.  

Antes del nuevo coronavirus los circos ya habían sido afectados por otras alertas sanitarias –la aftosa en 2001 o la gripe “A” (H1N1) en 2009-, pero no se comparan. ¿Cómo fue la decisión de permanecer en Nueva Helvecia? Unas semanas antes en Ombúes de Lavalle les robaron las tres motos del globo de la muerte. “Parece que eran menores de edad que hacían lo que querían; la gente del pueblo estaba con vergüenza de lo que había pasado. Las denunciamos, las buscamos y finalmente las recuperamos”.   

Respecto a la idea de parar por la pandemia, explica: “una persona que anda en circo, viejo como yo –no le hablo de los que dicen en Montevideo que son de circo, pero no lo son-, que camina como yo y sabe trabajar, tiene muchas habilidades: no precisa andar de bandido. Yo tenía unas pelotas de playa y salí a venderlas. Nunca en la vida habíamos vendido nada, pero algo había que hacer”.

Sobre el trato que recibió de las autoridades y el vecindario, Hacck sostiene que ha sido “impecable: vecinos y funcionarios, el dueño del predio, excelentes personas. Solo tengo palabras de agradecimiento”. Cuando todo esto pase y le digan: “puede trabajar, yo empiezo a enganchar las casas rodantes, las camionetas y camiones y me voy. Cualquier lado será muy bueno y lindo para mí, porque el asunto es trabajar”. Considera que es “muy conocido en Uruguay, sobre todo en el interior, y gracias a Dios todo el mundo me quiere. Cada vez que salgo pego una llamadita ‘mire que voy al terreno de fulano’, y si está ocupado busco otro. Eso sí, no tengo un itinerario claro, nunca sé dónde voy a ir”.

Ambos empresarios saben que se aproxima la hora de volver a la carretera. “Obvio, dice Allende desde Gualeguaychú, pero será con el circo Americano, con la expectativa de volver a cada pueblo que me atendió y, en agradecimiento ofrecerles la primera función gratis”. ¿Y Hacck? “Yo hacía de payaso, como antes lo fue mi padre y ahora lo hace mi hijo, pero cuando retomemos tendré que hacerlo yo porque ¡somos tan pocos!” ¿Hasta cuándo? “No tengo planes de retiro: De acá me sacan en un cajón de madera. Yo el circo no lo dejo por nada. Mientras quede una gota de aire estaré. Aquí nací, y representé muchas veces al bebé de la versión de Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez”.