Fernando Cardani, transgresor incorregible

Fernando Cardani, transgresor incorregible

Del actor y director Fernando Cardani, puede decirse que hizo teatro en Colonia del Sacramento en los años de 1960, generalmente transgrediendo códigos y discursos y, felizmente, no murió en el intento. De hecho, este domingo presenció el atardecer sentado en el jardín, como premio tras una jornada pandémica y lluviosa.

Luis Udaquiola

Cardani tiene 86 años y desde hace dos vive en el Hogar para ancianos “Dr. Luis Mazza” a cuatro kilómetros de Colonia del Sacramento. Desde que sufrió un ACV, hace 11 años, tiene el brazo y la pierna izquierda “dormidos” y ya no puede vivir solo como lo hizo hasta hace poco en el teatro Bastión del Carmen, pero “¡no me venció!”, avisa.  

También tiene un marcapasos desde 2014 que debe revisar una vez al año en Montevideo -y aprovecha para evaluar su artritis en Reumatología-, pero es verdad que no está vencido. Su bastón, que usa para desplazarse con seguridad, casi no se nota porque luego de 70 años saliendo como gramillero, pasó a ser una especie de extensión de su brazo. “Se me mueren las mama vieja y yo sigo vivo”.

La pandemia trastocó sus salidas y visitas, pero hasta el año pasado podía vérsele cerca de las ruinas del convento de San Francisco Javier, al lado del faro, en sus performances utilizando el hábito del monje que representó en un documental sobre la vida de Artigas, y “se destruyó en la época de los militares”. Algo que mantiene religiosamente son las idas al teatro, aunque ahora haya que usar tapabocas, te tomen “la fiebre antes de entrar”, y por el distanciamiento “estemos todos desparramados: un asiento y dos vacíos, un asiento y dos vacíos”.

Algo que le molesta en las entrevistas, es ya no disponer de los álbumes de fotos y recortes que utilizaba para apoyar su memoria y donó al Archivo Histórico hace unos años. Otro tanto de fotos decora actualmente paredes del teatro Bastión del Carmen, donde tiene una sala designada con su nombre y una butaca permanente en la fila cinco, “venga quien venga”.

Hubo un tiempo en que se requería ser muy valiente para transgredir. En el arte, era sinónimo de salir de la línea marcada. “Había que tener narices para ir más allá del cómodo lugar en el que todos estaban instalados”, define el crítico español Juan Carlos Ortega. Cardani nació en 1934 y se crio en Piedra de los Indios.

¿Quiénes vinieron de Italia?

Mis abuelos, primero él, y al año siguiente la abuela, Luisa Battaglia que era cantante de la Scala, con todos los hijos entre ellos mi padre que tenía cinco años. Compraron un campito, puso una bodega en la que trabajaban mi padre antes de casarse y mi tío Pancho, y allí nos pasamos tomando vino. Y sigo tomando vino tinto porque mi abuela me daba vino.

¿A partir de cuántos años?

Desde que nací: mi abuela mojaba el chupete en vino porque decía que era una tradición italiana. Yo era chiquitito, veía una botella y para mí era vino. Una vez cuando tenía cuatro años tomé querosén y me salvó el doctor Bertón, ex director del hospital de Colonia, de quien uso su maletín en el personaje del yuyero en la comparsa. Lo tengo acá en el hogar, arriba del ropero.

¿Tuviste hermanos?

Éramos tres varones y una mujer pero solo quedamos Luisa, viviendo en Montevideo, y yo.

Y la familia de tu mamá ¿también era italiana?

Sí, de apellido Crotti. Mi abuelo era militar, casado en Italia y con ocho hijos; se vino a Uruguay solo, se volvió a casar y tuvo otros ocho hijos. No conocimos a ninguno de los de Italia, pero tengo una prima, Brenda, que es bailarina de ballet, ahora es docente, que consiguió sacar la ciudadanía italiana y está buscando familiares allá.

¿Se llamaba bodega Cardani?

No, Granja Cachu-co, creo que es algo de pasto verde o algo así en italiano. Envasaban en damajuanas de diez litros y salían a vender en Colonia. El primero era el comercio Menéndez que está sobre ruta 21 llegando a la ciudad. Cuando era niño, los sábados acompañaba a mi papá o a mi tío.

¿A qué escuela fuiste?

A la escuela N° 37 del Real de San Carlos: cruzábamos a pie casi tres kilómetros por la ruta 21 y nos juntábamos con otros niños, aunque el vecino más cerca vivía en la estancia de Porras a dos kilómetros. Quique Álvarez, el hijo del capataz, todavía vive y nos vemos siempre. La escuela era rural así que solo había de primero a tercer año. La maestra fue doña Albertina Garayalde de Scollari y fui muy buen alumno.

¿Había actividades artísticas?

Había un coro de la escuela que dirigía una mujer de origen alemán, Anita O’ Faren, de quien se decía que había sido novia de Liborio Méndez por 36 años y que nunca se casaron porque la familia de él no permitía que lo hiciera con una mujer extranjera. Y teníamos clases de canto y música, aunque siempre canté muy mal, con Pata García que era hija del intendente Vicente Pato García.

Igual, como corresponde a una familia italiana con bodega habría cantarolas …

Todos los domingos almorzábamos en una casa diferente: Un domingo en la casa de los Galvani, otro en lo de Morandini, otro en lo de Benigni, todos paisanos, ninguno hablaba español. En lo de Juan Benigni vivía un italiano llamado Enriqueto que tocaba el acordeón: él tocaba y mi abuela cantaba: Oh mamma mia, O sole mío, Torna a Surriento.

¿Qué recuerdas del liceo?

Veníamos del campo en el ómnibus del Bebe Solegui: tenía los vidrios de las ventanas rotos y se llovía ¡pasábamos unos fríos! Hacíamos deportes -gané medalla en 400 metros llanos y diploma en salto alto-, y tendíamos a asignarle sobrenombres a los docentes. A la profesora de educación física le decíamos la Tuerta Zulueta. Al profesor Bautista Rebuffo de ciencias naturales, a quien ayudaba con sus colecciones de huevos de aves, le decíamos Bichito, y al hermano, que era farmacéutico le decíamos Clorito. Con Bautista íbamos a los campos a buscar cosas, me pasaba horas espiando para saber dónde el pájaro tenía el nido.    

¿Y el primer contacto con el teatro?

Al lado del Liceo vivía un señor Ulises Pegazzano que tuvo la idea de formar un grupo de teatro, pero a los 14 años yo ya tenía problemas en mi casa y me quería venir del campo: cuando le hablé del teatro y de Pegazzano mi mamá se puso furiosa porque ella interpretaba que quien hacía teatro era un degenerado.

¿Qué quería que hicieras?

Que estudiara para ingeniero agrónomo. Mi padre le dijo: si elige la carrera de morirse de hambre (era la de artista), quien eligió fue él. La primera pieza que elegimos con Pegazzano fue Cédulas de San Juan de Florencio Sánchez, pero no se llegó a estrenar. El hombre tenía pasión por el teatro y llegó a construir el horno de pan para la escenografía, pero se armó un lío amoroso: Horacio Faedo, que le decían el Loco y luego fue mecánico dental y escultor, le llevó la carga a una de las chicas y se armó un despelote. Se acabó el teatro. Un día leí en La Colonia que Coca-Cola necesitaba cadetes y me anoté. A los pocos días me llamaron, pero me mandaron a Casa Dalmás. Trabajando allí supe que Chirú Peralta, el hijo del director del liceo estaba armando un grupo en el Club Colonia con el Loco Faedo, Nelson Agesta, Catalina Fritz, Battistoni. Le pusimos Candilejas por la película de Chaplin. En la época Chirú Peralta se ennovió con Catalina Fritz y Faedo le llevó la carga a la primera actriz, Nair Rostagnol, que era la hija del intendente Esteban Rostagnol Bein. Y de nuevo se acabó el teatro.

Pero no se acabó …

Al lado de la Casa Dalmás estaba La Lira, del Pelado Allietti, donde vendían pan y por la noche se organizaban espectáculos. Una vez llegó de Montevideo un grupo de baile español y me entusiasmé, yo tenía 18 o 19 años. El primer bailarín y cantaor se llamaba Juanito de Aragón y me comenzó a enseñar, pero en lo de Dalmás no les gustó: ser artista era muy mal visto, tanto es así que el Sur era el barrio de ‘las muchachas que fuman’, o ‘las mujeres de la noche’. Y comencé a frecuentarlo: yo siempre iba en contra de lo que la gente opinaba. En esa época en radio Colonia estaba Tabaré Gracioso, y su hermana Blanquita Somma que trabajaba en lo Dalmás, me dijo por qué no me presentaba ya que empezaría un radioteatro e iban a precisar gente. Cuando me anoté me encontré con la Yeya Balbuena: nos tomaron a ambos e hicimos El Rosal de las ruinas con dirección de Nathan Yun.

Usando el hábito del monje que representó hace años en un documental sobre la vida de Artigas, Cardani puede confundirse con un integrante del viejo convento de San Francisco Javier.

¿Y cómo estaban las cosas en tu casa?

No andaban bien: mi padre no decía nada y mi madre era insoportable: esto que no, lo otro que no, y esto tampoco. A Dalmás también le molestaba de modo que dejé todo y pensé: tengo que hacer algo. Entonces vino mi tía Margarita Francisca de Montevideo, hermana de mi madre que me adoraba, y me dice: ¿por qué no te venís conmigo a casa y te anotás en la escuela de teatro? Y mi madre: ‘que haga lo que quiera’. Mi primo Leonel me vinculó con un cantante español, Jesús Lago, que cantaba en un programa juvenil creo que de radio Carve. La escuela de actuación era dirigida por Margarita Xirgu. Ese año entramos como 30 y quedamos diez. Como no podía vivir a costillas de mis tíos busqué trabajo y encontré en una fábrica de orejones en Las Piedras; también a través de Jesús Lago entré a bailar español en El Patio, un cabaret en la Ciudad Vieja. Dormía dos horas por día en el ómnibus, cuando iba a la fábrica de orejones. Estaba flaco y fumaba como un murciélago. Cuando egresé hicimos una obra para niños, El enanito feo, dirigidos por China Zorrilla, y con mi amigo Washington Pedrani empezamos a ensayar otra en el Centro Orensano.

¿Volviste a Colonia?

Un día que viajamos con Pedrani me enteré que Catalina Fritz, Luisa Morelli y Bruno Gea habían creado un grupo y me fui enseguida: Catalina enloquecida, pero se armó lío porque yo venía con el pelo teñido de rubio, había gente que no me aceptaba y algunos renunciaron. Elegimos La barca sin pescador de Alejandro Casona y conseguimos que nos dirigiera el doctor Ricardo Voelker de Juan Lacaze. Ensayábamos los domingos de mañana en el cine-teatro Zorrilla que pertenecía a la iglesia católica, pero para agilizar el proceso Voelker designó tres subdirectores para ensayar durante la semana. Estrenamos en noviembre de 1964 y fue una temporada breve porque iba poco público, pero la periodista María Teresa Aquino publicó una crítica muy elogiosa en La Colonia poniéndonos en las nubes.

¿Y cómo siguieron?

Cuando tocó seleccionar un nuevo texto en 1965 elegí un entremés de Giovanni Boccaccio, Cornudo, apaleado y contento: yo hacía el propio cornudo y mi joven esposa era Milka Chagara -una gran locutora-, que andaba con el jardinero que era Edmundo Gonnet; la sirvienta era Noelia Hernández, y la escenografía se le encomendó a Alejandro Pencheff que era comunista. En la previa tuvimos problemas para colocar un afiche en el liceo por la palabra “cornudo”, y Voelker rechazó de plano la idea de cambiar el nombre de la obra. El día del estreno fueron el cura e integrantes de una comisión parroquial y nos prohibieron continuarla, porque la mujer tenía marido y amante y la obra terminaba con un triángulo. Ese año también dirigí Living room de Graham Green con Bruno Gea en la que hice del cura paralítico. La escenografía también estuvo a cargo de Pencheff que para entonces había abierto el Taller Exposición Artesanía (TEA) en la calle Rivera, un ‘reducto de comunistas’ tal que ¡la gente no pasaba por la vereda! Para entonces ya empezaban a venir turistas de Argentina y alguien de La Plata que vio las obras me incentivó a irme. Me fui a vivir a la casa de una prima hermana, comencé a vender artesanías y en poco tiempo estaba trabajando en la obra Dios es una verruga de Humberto Riva.

Pero tu eres un coloniense volvedor.

Un fin de año que viajé a Colonia me encontré con una exposición en el Centro Unión Cosmopolita y el arquitecto Miguel Ángel Odriozola me alentó a volver. “Lo necesitamos en el barrio sur”, me dijo. En 1971 junté mis collares y pulseras de semillas con algunas antigüedades y me mudé a la casa de doña Sofía López de Vega, con quien acordé el pago de un porcentaje de las ventas. Luego vino el período de reparación de la puerta de la ciudadela, y Chony Conrado puso un boliche enfrente llamado La Tasca de San Miguel: él cantaba cosas españolas y yo bailaba sobre la mesa.

¿Cuándo retomaste el teatro?

Un día estábamos vendiendo artesanías en la explanada municipal y llegaron dos señoras –Noema Allietti de Grosso y Mabel Boggio de Sanna-, a proponerme que dirigiera a sus hijos. Al principio me opuse, pero tenían un entusiasmo tan grande que me contagiaron. Su prestigio nos llevó a recuperar la sala Zorrilla, pero no por mucho tiempo: en La Mandrágora de Maquiavelo hay un cura que tiene relaciones con una viuda, y a las pocas funciones nos echaron. Ahí me volví a Argentina, y también se fueron los jóvenes Eduardo Grosso, Jorge Sanna y otros.

Vamos a dejar para otra entrevista lo que pasó a partir de 1973 y después, pero no puedo dejar de preguntarte sobre un desnudo que llamó la atención.

Fue en 1980 en Circomundo, una obra escrita y dirigida por Eugenio Griffero en la Sala de los Suspiros. Yo hacía varios personajes: una vedette de cuarta categoría que cantaba tango, un adolescente que estaba en la cama con sus padres que habían sido comidos por las ratas, una enana que contaba la destrucción de todo lo bello, y un viejito que se estaba bañando hacía 60 años. Ahí iba caminando por todo el escenario totalmente en bolas y me metía adentro de la bañadera.  

No hemos hablado del amor.

Tuve varios, no menos de ocho. En Juan Lacaze tuve una que se llamaba Vilma: la madre trabajaba en Campomar y cuando se iba nosotros nos íbamos a pasear por el puerto. Estuve con Beba Viña, con otra que me dejó por un viejo, lo fundió, se mandó a mudar y hoy vive en Panamá. El teatro siempre pudo más: cuando me había arreglado con Miriam Gadea mi hermana se ennovió con Milton, su hermano, ambos hijos del juez, y Miriam fue a parar a la ópera de París. Y lo explica: “yo me casé con el ballet y Fernando con el teatro”.