El perro de Climaco, el ataúd y otros cuentos del S.XX en Ombúes de Lavalle

El perro de Climaco, el ataúd y otros cuentos del S.XX en Ombúes de Lavalle

(Publicado originalmente en enero de 2009). Don Climaco Pérez era un vecino de La Lagunita, la zona de La Laguna más cerca de Ombúes de Lavalle. De acuerdo al historiador Prof. Marcelo Dalmás originariamente toda esa zona se llamaba La Laguna de Cristobalón, que era el nombre de un faenero de los muchos que llegaban a estas tierras para faenar ganado cimarrón y vender el cuero clandestinamente por la colonia portuguesa o en las costas a los barcos piratas ingleses y franceses. Estamos hablando de principios del Siglo XVIII.

Escribe Aníbal Blanco

Pero ahora nos venimos a 1957. La Lagunita tenía su centro en la Escuela Nº 67, porque ahí concurrían todos los niños de la zona. Campos muy fértiles bañados por el naciente arroyo de Las Vacas.

Don Climaco como todos los vecinos de la vuelta, querían hacer de La Lagunita una zona próspera y habitada. La población la proveía cada hogar a través de una numerosa progenie. Por eso en el hogar Pérez-Colo habían nacido 11 hijos. ¿Todos vivos? No, alguno trabaja, respondía sonriente don Climaco.

Y así como los Montes de Oca, los Fraga, los Castros, los Vitalis, los Pérez aseguraron la prolongación del apellido por mucho tiempo. Aunque hoy día aquel paraje sea un monumento a la despoblación.

Ombúes de Lavalle era el lugar donde toda esta gente concurría normalmente a realizar sus compras. Aunque en La Lagunita algunos comercios chicos había, como el de Dalmás o el de Zerpa, las grandes tiendas y almacenes estaban en Ombúes.

Don Climaco laboraba 80 cuadras de campo, que en aquellos años permitían vivir cómodamente a toda la familia. Ordeñaba sus vaquitas, tenía algunas ovejas para el consumo, caballos y sembraba algunas cuadras de maíz y algún otro cultivo que le permitía obtener recursos para afrontar las 13 bocas.

También tenía un perro “El Campero”. Un ovejero muy casero. No salía ni al portón. ¿Pa´qué?, solo nunca se va a sentir, murmuraba el patrón.

Muy apegado a don Climaco. Ahora sí, cuando el dueño le pegaba el grito, “El Campero” quedaba chatito. Ni respiraba. Seguro que se acordaba de algún voleo, en esos días en que don Pérez no aguantaba ni el vuelo de una mosca. Pero “El Campero” era perro… Fiel por naturaleza.

Para salir, Pérez, tenía un Chevrolet 6 y un charret. Cuando el día estaba lindo y no tenía que trajinar mucho salía en el charret. Prendía a “Noble” un tordillo negro y salía manso pa´l pueblo. Si no, recurría al Chevrolet 6, cuyas llantas tenían rayos de madera. Cuando se aflojaban las metía algunas horas en el agua, para que se hinchara la madera. En verano, el sol y el viento las resecaba. Parecía una cigüeña, porque una pata siempre tenía en el agua.

Aquella tarde soleada, linda, de un noviembre pletórico de trigales espigados y linos esperando el azul de diciembre, don Climaco prendió el charret y rumbeó lentamente para Ombúes. El “Noble”, no necesitaba más que dos o tres chirlos al arrancar y agarraba su natural trote cansino, agachaba la cabeza y no paraba hasta el pueblo. Venía de familia, ya que su madre la “Vidalita” y la madre de la “Vidalita” la “Maruja” también eran animales ideales para el tiro.

Ombúes de Lavalle, en aquellos años, era una larga calle… en realidad ruta 55, aunque se llamaba y se llama Zorrilla de San Martín, no había bitumen, solo tenía balasto. Por los costados de la calle corrían zanjas, a veces profundas por donde circulaba el agua cuando llovía. Frente a la Panadería “La Uruguaya”, había un enorme declive, que atravesaba la calle y que por supuesto cuando llovía también se llenaba de agua. Los vehículos se detenían y lo sorteaban con mucho cuidado. Es decir que ya en aquellos tiempos había forma de frenar a los conductores veloces, que no respetaban las ordenanzas de tránsito, con estas lomadas, pero con el lomo para abajo.

Don Climaco sorteó la referida lomada invertida, con algunos quiebres de cintura y siguió al trotecito lento. Frente al comercio de Ignacio Lepratti, paró, sacó una rienda, la ató a uno de los árboles que había frente a Leforfé y cuando giró para cruzar la calle siente como un jadeo a su lado: ¡el Campero!

¿Y cómo me siguió este perro?, se preguntaba. ¡Quedate ahí que ya vengo!, le dijo como si fuera un gurí. El perro lo miró y se quedó. Pero al ver que don Climaco desaparecía por la puerta, corrió en su busca. Entró y como no veía a nadie se encaminó al salón. Don Climaco mientras tanto se había dirigido al escritorio y conversaba con el Leto Hernández. El perro no daba crédito a lo que veía, todo era novedad, en cada cosa se paraba, la olía y seguía un paso más. Cuando vio las cubiertas de auto paraditas, recostadas una junto a la otra, la pata se le levantó sola. Pero así como la levantó la bajó como tiro: a través de la enorme vidriera alcanzó a divisar a su dueño que se disponía a subir al charret.

Ver eso y salir corriendo fue un todo. La enorme vidriera se hizo mil pedazos, mientras Campero emergía del otro lado sin ningún rasguño. El estruendo sorprendió a todos. Don Ignacio Lepratti no podía creer lo que veía. Semejante vidrio hecho añicos. Iba y venía de brazos abiertos, con la cara como un tomate de caliente, mientras repetía: ¡Egoro -don Ignacio nunca decía seguro-, perro de campo, criau en rancho, nunca había visto vidrio! ¡Egoooro, no conoce el vidrio! ¡Qué perro animal!

EL ATAÚD

Don José Rostagnol Arnoulet fue el primero en poner una empresa fúnebre en Ombúes de Lavalle. Fue allá por el año 1930. Los coches que tenía para el servicio eran marca Case, la misma de los tractores. Esos vehículos eran muy escasos en el país y llamaba la atención, porque decir Case, era sinónimo de tractor.

Cuando don José sintió que los años le pesaban, pasó la empresa a su sobrino, que lo había criado desde niño. Miguel Ángel Barraza, el “Tito”, también conocido popularmente con el sobrenombre de “Huapaya”, tomado del conocido, por aquellos años 50, director técnico de fútbol peruano. Los más íntimos le seguían diciendo “Tito” y para los demás “Huapaya” o “Guapaya”, que es como se le ha terminado diciendo. Pero ahora la mayoría de la gente le dice “el Tito Guapaya”, como si fueran nombre y apellido. Cosas de la imaginación popular.

“Guapaya” tomó la empresa conjuntamente con su primo Hugo Adler, “El Tecla”, y ya que estamos en aclaración de sobrenombres, diremos que fue por su facilidad para imitar todo tipo de sonidos musicales.

La materia prima del funebrero, sin lugar a dudas, es la vida. Porque si no hay vida no hay muerte. Por eso don José Rostagnol decía siempre: Yo no le deseo mal a nadie, pero ¡que no me falte trabajo!

El otro material imprescindible es la madera para el ataúd. Para los ojos del neófito estos son todos iguales, lustraditos, brillosos, pero claro la diferencia está en la calidad de la madera y también en la calidad artesanal que le da categoría al ataúd. Porque con sus trucos con la tinta y el brillo le dan una sensación de calidad que en realidad no tienen.

Durante la época de “El Tecla”, en el salón donde estaban los ataúdes, se hicieron todo tipo de bromas. Cuando llegaba algún cliente al taller de “Guapaya”, que era y es técnico electricista, y manifestaba su miedo a todo esto del servicio fúnebre, era seguro que le buscaban la vuelta para hacerle una broma.

Una vez llegó Orlando Prieto, que tenía taller mecánico a la vuelta y, como ya sabían que le tenía terror al tétrico cuarto de los ataúdes, lo esperaron de brazos abiertos. El Tito Guapaya lo conversó un rato y lo convenció de que la única forma de perderle el miedo a todo ese material era entrar, quedarse un rato, tocar los cajones. Y Orlando no muy convencido entró, los miró, de lejos nomás, pero el Tito lo seguía conversando.

¿Viste esto? es como cualquier otro trabajo ¡tocalo, es madera lustrada! El hombre iba tomando confianza. Ya la línea de la boca se iba curvando hacia arriba. Casi empezó a sentirse cómodo. Abrí uno, le dice Guapaya, en tono de total confianza y señalándole el más cercano. Prieto, ya totalmente tranquilo, casi sobrándose obedece la invitación y ¡ahg!: abrir el cajón, pegar el salto hacia atrás, acompañado de un grito aterrador fue todo uno. Adentro del cajón se había escondido “El Tecla” y ni bien se abrió el cajón le saltó como para manotearle el cuello. El querido y recordado Orlando Prieto parecía que se desmayaba.

El Tito compraba los ataúdes en Montevideo, a Votta Hnos, una firma muy conocida y confiable, pero que fue perdiendo credibilidad con el correr del tiempo. A medida que la materia prima se fue encareciendo, estos buenos señores fueron cambiando la calidad por lo regular y finalmente por lo realmente malo.

Tanto cayó la calidad de sus ataúdes que en un entierro en Conchillas, en el momento que se elevaba el cajón para depositarlo en lo alto de un nicho, se desfondó y la difunta señora quedó con medio cuerpo afuera. Y para colmo de males era tía de “Guapaya”. Desde ese momento comenzó a comprar los cajones en Carmelo a un tal Germinal Placeres, lo que llevó a “Guapaya” a decir, ante el asombro de muchos, que más de la mitad de lo que ganaba en los servicios fúnebres, se le iba en “Placeres”.

La traída de estos féretros desde Carmelo era siempre un problema, porque no había vehículos de carga que hicieran el recorrido Carmelo – Ombúes regularmente. La solución la encontró con Carlos Cóccaro el popular “Pachacha”, que para cubrir la línea Ombúes-Carmelo, Carmelo-Ombúes, pasando por Víboras, tenía uno de aquellos históricos ómnibus Leyland de Cutcsa, con plataforma atrás.

“Pachacha” traía dos cajones por viaje. Los envolvía en una lona y los ponía en la plataforma bien contra el fondo. Bien paraditos, a veces los ataba y a veces se olvidaba, pero los “sobretodos de madera” viajaban sin problemas.

Cuando el ómnibus salía de Carmelo lo hacía lleno, y después la mayoría del pasaje se iba bajando por el camino. “Pachacha” iba “relojeando” por el espejo permanentemente para ver dónde paraba, de acuerdo a la señal del pasajero. Una tardecita, a pesar de que había salido lleno, le pareció que quedaban pocos pasajeros y más tarde habían desaparecido: volvió la mirada al espejo y vio que toda la gente estaba atrás suyo prácticamente respirándole en la nuca. Paró el ómnibus. ¡Qué pasa!, preguntó. ¿No ve lo que pasa? ¿por qué no nos dijo que venía un muerto con nosotros? respondió una mujer persignándose y señalando un brillante ataúd en medio del pasillo.