Judo: un deporte para enseñar el camino

Judo: un deporte para enseñar el camino

A fines de los años de 1960 un grupo de lacazinos abrazó con entusiasmo el aprendizaje del judo. Practicaba los domingos en el subsuelo del Club Cyssa con un profesor de Montevideo, y otros días de la semana por cuenta propia. La siguiente nota fue publicada originalmente en La Voz de la Arena en junio de 2002.

Entre los impulsores se encontraban Humberto Janavel, Wilson Etchenique, Néstor Bardacosta, Walter Santi, Carlos Gougeon, Sergio Vila, Mariano Emanuelli, Orlando Puig, Hugo González, Darío Betarte, “Pajarito” Cumella, Luis Godoy, Aníbal Costabel, Juan Carlos Chauvie, Walter Sosa, Alberto Martínez, y hasta una pionera y solitaria mujer: “Mela” Méndez. Luego se incorporarían otras mujeres, jóvenes e inclusive niños.

En cuestión de meses el grupo se triplicó. Se creó la sub-comisión de Judo del Cyssa y, por razones económicas, debieron confeccionar el primer “Tatami” –la pista acolchonada de entrenamiento-, con sus propias manos. El zapatero Walter Santi se encargó de coser la lona, el empresario carpintero Aníbal Costabel construyó el marco de madera, y entre todos lo rellenaron con cáscara de arroz. El ex judoka César Carballeira recordó que “cada vez que hacíamos una exhibición antes de un baile se nos armaba lío, porque ¡quedaba una mugre en la pista!”

Walter Santi y Néstor Bardacosta, integrantes de aquella generación de judokas.

Si bien el movimiento se extendió por varios años, el golpe de Estado de 1973 -con su secuela de exilio político y económico, y desánimo-, redujo el grupo casi a la mitad. 

Judo después del baile

El primer profesor fue Wellington Rodríguez. Como sus actividades en el Club Olimpia de Montevideo y de dirigente de la Federación Uruguaya de Judo le impedían viajar todas las semanas, la solución fue enviar a uno de sus alumnos -Schubert Rodríguez-, “un peso pesado que nos entrenó a corazón y con el que obtuvimos una buena preparación física”, recordó Humberto Janavel.

Por entonces, Schubert Rodríguez tenía 19 años y se admiraba del esfuerzo de los más veteranos como el “Bagre” Gougeon y Ricardo Orozco. “Gougeon tocaba en una orquesta y los domingos aparecía con los ojos por allá abajo”.

Había 130 alumnos inscriptos “y teníamos que hacer varios grupos porque todos juntos no entraban”. Rodríguez dio clases durante más de un año. “Había gente con mucho empuje y coraje; uno veía que había mucha entrega. Una vez presentamos siete a un campeonato nacional, todos ‘cinturón amarillo’, y ganamos siete medallas”.

Aunque acotada por las clases y el horario del último servicio de Onda para Montevideo, la relación no se agotaba en el judo. “Hicimos un vínculo muy lindo: con un grupo salíamos a cazar, a navegar en canoa en el Club Náutico, a comer al aire libre. El lacazino me dejó maravillado por su solidaridad y su entrega. Fue una etapa de mi vida –la primera fuera de Montevideo-, y por eso acordarme de toda aquella gente es maravilloso”.

Escalando colores

Después de Rodríguez, otros dos profesores del Olimpia –Antonio Casas y José Soca-, continuaron su trabajo. Se dedicaron sobre todo a la preparación técnica que les permitió intervenir en pruebas con mayor frecuencia. “Participamos en algunos torneos en el Club Olimpia, luego viajamos a Buenos Aires, y entramos en una competencia en River”, informó Janavel. “En realidad, íbamos a aprender y a cosechar nuevas amistades, creando un lindo ambiente de compañerismo. Después de cada competencia estaba el clásico almuerzo alrededor del asado a cargo del ‘Pajarito’ Cumella que siempre nos deleitaba con sus bromas y buen humor”.

César Carballeira ingresó en 1972. “Era una novedad y me parecía un deporte muy interesante”. Fue a partir de ese año que empezaron a escalar los colores de los cinturones: primero blanco, luego amarillo, verde, azul, marrón y negro. El paso mayor era lograr el título de ‘Dan’, que equivale al de ‘maestro de maestros’, pero el principal logro del período fue el cinturón marrón.

Si bien Carballeira ganó un campeonato nacional en su categoría, en los viajes a Montevideo descubrió “que el sistema de entrenamiento no era el más apto para competir”. Esto, sumado a la responsabilidad de hacerse cargo de las clases durante la semana -por ser uno de los alumnos más adelantados-, lo llevó a abandonar la práctica en 1975. “Perdí el entusiasmo”. En 1978 se radicó en Montevideo donde desde entonces se dedica a la aviación comercial.

Conocimiento aplicado

Durante su entrenamiento de tres años, el empresario de la madera Anibal Costabel reafirmó su concepto de que “el enfrentamiento debe evitarse igual que una víbora de cascabel”. No obstante, en 1970, cuando nació su hija mayor en Rosario, tuvo ocasión de aplicar sus conocimientos. “Había entrado a la entonces confitería Vicuña para comprar fiambre, y un hombre me encaró pidiéndome que lo llevara a Montevideo”. En un principio Costabel pensó que estaba confundiendo su “Impala” rojo con un vehículo de alquiler: “Perdón, la parada de taxi es allá”, le indicó. “Cuando me arrimé al mostrador me puso un 38 largo en la cintura y di un giro. Lo inmovilicé, caí encima de él, y le saqué el arma justo en el momento que salía el tiro. Era un ex presidiario que acostumbraba a viajar de esa forma, y marchó preso otros ocho meses”.

Cuando se radicó en Montevideo, Costabel pasó a practicar karate durante tres o cuatro años. Ahora se dedica a deportes menos intensos como natación, musculación y bicicleta, pero reconoce que las técnicas orientales “permiten una gran tranquilidad, sentirte seguro ante una amenaza”. Se considera una persona aplomada y agradece por ello. “En estos momentos difíciles para el país, además de trabajar mucho, hay que tener mucha paz”.

Crisis y autocrítica

El ex profesor Schubert Rodríguez ahora tiene 53 años y 40 quilos más que en 1970. Eso no le impide disfrutar junto a sus hijos de competencias en vehículos 4×4, pescarías en Palmar, o cacerías de jabalíes.

En 1973 se dedicó a trabajar en el sector gráfico e informático y en 1978 se retiró del judo. “Antes hice un curso de entrenadores de artes marciales en Educación Física. Era una asignatura pendiente. Nosotros sabíamos mucho de judo, pero había un montón de cositas que no conocíamos. Ahí me di cuenta que estábamos haciendo las cosas mal”. Su retiro nunca fue definitivo, porque siempre se vuelve al primer amor. “En 1985 volví a juntarme con un grupo de japoneses y amigos para darle un empujón y conseguimos fletar un vehículo al primer encuentro de técnicos en judo en Buenos Aires”.

Según Rodríguez el judo está en crisis desde hace mucho tiempo. “Es como el sistema político: son las mismas caras que hace 30 años”. Por otro lado “los sponsors de televisión quieren acción y el judo tuvo que masificarse. Pasó a ser un judo muy entreverado, amañado, y al buscar resultados perdió muchísimo”. Inspirado en su hijo de 12 años, Rodríguez tiene dudas acerca de la preparación psíquica y emocional de un niño o adolescente para perder un combate. “Cuando pierde jugando al fútbol en un equipo es una cosa, y cuando pierde en un mano a mano es otra. Hay chicos que les sirve y hay otros que les puede hacer mal”.

Del Cyssa a Suecia

Para el lacazino Diego Velazco, hijo de Juan Carlos Velazco y de Rosita Esquivel, el judo “fue como un escape en los momentos difíciles que pasamos en la familia cuando dejamos Uruguay, y la llegada a Suecia que no fue nada fácil con un idioma nuevo, cultura y costumbres totalmente diferentes, y un pedo en la cabeza de no entender nada o tal vez no querer entender”.

Velazco nació en Juan L. Lacaze en 1969, junto con el auge del judo, y empezó su propia carrera en el Cyssa a mediados de los años 70. “Alcancé a entrenar unos seis meses y a viajar a Montevideo para una competencia. Para un gurí de seis años, viajar a la capital, volver de noche, y que en el medio te caguen a golpes, fue toda una aventura”. Actualmente es cinturón negro; su hermano Emanuel ostenta el azul, y su hermana Analigia, el verde.

En sus primeros años en Ronneby, Suecia, llegó a entrenar con su actual suegro, Walter Santi, intercalando el judo con la práctica del fútbol: “No me puedo sacar lo de uruguayo”. Hoy entrena su hija Valeria –nieta de Santi-, “y mañana, por lo que se puede ver también entrenará mi hijo Pablo”.

Diego Velazco (a la derecha) entrena con su hermano Emmanuel en Ronneby en 2016.

Velazco estudia Enfermería y tiene su propia academia de judo donde es instructor y presidente. “Tenemos aproximadamente unos 60 o 70 alumnos de todas las edades, y tengo planes de agrandar el club y sacar adelante buenos judokas”.

Leyendas de pueblo chico

Hay quienes atribuyen aquella iniciativa de practicar judo a militantes de izquierda, y hay quien llegó a sugerir que el propósito era entrenar para los enfrentamientos políticos que marcaron aquellos años. En plena dictadura alguien le increpó a Humberto Janavel -ex presidente de la sub comisión de Judo del Cyssa-, que “había sido usado”. Él desmiente: “Nada que ver. En ese grupo coseché grandes amigos”.

Según Aníbal Costabel “eso no existió”, y según Walter Santi, que estuvo detenido por su pertenencia al MLN y actualmente vive en Suecia, nunca fue una actividad exclusiva para personas de izquierda. “En el grupo estaba Aníbal Costabel que francamente no creo que haya sido de izquierda”.

El ex profesor Schubert Rodríguez descartó la hipótesis pero no le sorprende. Tras su actuación en Juan Lacaze debió “lavar” su imagen impartiendo clases en algunos cuarteles.

Para el creador del judo, Jigoro Kano, éste “no debe ser revestido con una etiqueta nacional, racial, política, personal, sectaria”. Al final de cuentas, “cuando uno se da cuenta del poder del judo, no puede servirse de él a la ligera, pues puede ser más peligroso que una espada”.

El judo en el alma

Según Kano, “la idea de considerar a los demás como enemigos no puede ser más que una locura y causa de regresión”. Su principio inspirador -heredado del ‘ju jitsu’, un arte exclusivamente militar-, es no ir contra la fuerza del oponente, sino más bien vencerlo usando su fuerza. Esto fue llamado el principio de suavidad (yawara no ri), en contraposición al de agresividad.

En 1882, al inaugurar la nueva práctica, Kano se estableció en el llamado Kodokan, que significa un lugar (kan) para enseñar (ko) el camino (do). Pero no cualquier camino, sino “un modo de vida en el cual uno mejora su carácter y pule su espíritu”.

Este principio podría explicar por qué aquella experiencia de los años 70 perduró en el alma de los ex judokas que, aunque se dispersaron y abandonaron el ejercicio, continúan unidos a través del recuerdo.

En las últimas tres décadas nuevas generaciones se dedicaron a la práctica del judo. En 1992 la judoka Daniela Trasante obtuvo el quinto lugar de su categoría en el Campeonato Mundial que se celebró en Buenos Aires. Hoy, un grupo de 60 lacazinos a cargo del profesor Nicolás Rostán encara su propia experiencia en las instalaciones del Club Uruguay. En Suecia, Diego Velazco está al tanto del emprendimiento y se disculpa: “He viajado varias veces para Uruguay, pero el tiempo nunca alcanza y no he podido ir”.

Luis Udaquiola