«La Esperanza Sabalera es un ícono de la solidaridad lacazina»

«La Esperanza Sabalera es un ícono de la solidaridad lacazina»

El 10 de agosto de 1989 un grupo de vecinos de Juan Lacaze se reunió en la biblioteca José Enrique Rodó y ante la presencia del escribano Mario Besco fundó la granja ‘La Esperanza Sabalera’ para jóvenes y adultos con discapacidad. “La idea fue de Juan Aguirre, un carpintero que trabajaba en Fanapel”, contó Juan García Bedat, otro de los fundadores. “Él estaba preocupado con el futuro de las personas que egresaban de la Escuela Especial Nº 136, y comenzó a pensar en una institución que los pudiera integrar y ayudar”.

Mathías Medero

García Bedat (75), recuerda que Aguirre escribía las ideas que se le iban ocurriendo sobre una bobina de papel. En 1985 ya tenía un montón de papeles que llevó al ingeniero Antonio Carvalho quién los transformó en el primer proyecto de la granja La Esperanza Sabalera.

En un principio fue pensado para presentar ante el consejo de Primaria ya que se planificó como una continuación de la Escuela Nº 136. En 1984 Aguirre fue elegido edil local y el proyecto se presentó en el municipio. También el entonces diputado Enrique Frey lo presentó en el Parlamento pero terminó en la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), y fue “cajoneado”.

Por 1987 médicos referentes de salud mental en Uruguay se interesaron en la propuesta que se presentó ante la Organización Mundial de la Salud (OMS) reviviendo el proyecto. La primera comisión directiva fue presidida por Juan Aguirre Mazza e integrada por:  Juan Vila Frascarelli (vicepresidente); Mercedes Pérez de Soca (secretaria); William Schenck Tellechea (prosecretario); Gerardo Sánchez (tesorero); Johnny Solahegui (protesorero); Esther Durán de Flores (vocal). En la primera comisión fiscal participaron Alfredo Morel Lostao, Alfredo Aicardi Badell, y Juan García Bedat.

La iniciativa requirió el apoyo de varios profesionales que son reconocidos en el acta de fundación: Ing. Agr. Nelson Rodríguez, Ing. Antonio Carvalho Calcaño, Arq. Rodney Frascarelli Domenech, asistente Social Ana Berriel Urse, Ing. Pablo Bentos Pereira, maestra especializada Mirtha Gonnet Benech, Dr. Ariel Díaz, psicólogo Eduardo Sívori, técnico granjero Gerardo Sánchez, Ing. Edi Juri Graviolo, Dr. Carlos Bounus, oceanógrafo Daniel Collazo Ponte, docente Elvira Batista, nurse Flor de Liz  Rodríguez.

A partir de allí se empezó a trabajar para obtener la personería jurídica y conseguir un terreno para funcionar. Ese proceso duró aproximadamente tres años. Como desde un principio la idea fue apuntar a la inserción laboral de los participantes en tareas de granja, se buscó identificar tierras cercanas a Juan Lacaze. El 2 de mayo de 1991 la institución obtuvo la personería jurídica.

“En esa búsqueda del lugar nos encontramos que había muchos terrenos fiscales en la zona, incluso donde hay viviendas”. El intendente Raúl Bianchi tuvo mucho que ver. “El terreno de 21 hectáreas sobre la ruta 54 en el que actualmente está la granja y también los liceos 1 y 2, figuraba como que era de Campomar, pero nunca habían pagado la contribución inmobiliaria. Entonces el intendente dijo que ese terreno era del Estado y como una parte ya estaba reservada para la construcción de los liceos, el resto quedaba para la granja”, contó García.

La granja obtuvo el terreno en comodato por cinco años e inauguró su predio en 1992. “No teníamos un mango para hacer nada y la Iglesia Evangélica puso unos pesos para la amplificación. Logramos tener las banderas de todas las organizaciones del pueblo, los clubes de fútbol, todos”. García recuerda que el grupo Scout colocó una carpa en ese lugar y se hizo la toma de posesión del terreno el 21 de noviembre de 1992. “Sólo había un ombú, un espinillo, no había ni calle, nada”.

La calle de ingreso es parte de Secundaria, pero el ente le otorgó a la granja una servidumbre de paso de 17 metros inaugurada en 1995. “Al principio la entrada iba a ser por el ex acceso de tránsito pesado, pero el psicólogo dijo: ‘cómo vamos a incluir gente si tienen que entrar por allá abajo’.  El primer usuario de La Esperanza Sabalera fue Luisito Carballo, una persona que fue muy querida en la comunidad y muy cuidada por su familia.  

De 1992 a 1995, Juan Aguirre, Dámaris Malán y Fernando Martínez se encargaron honorariamente de los usuarios, hasta que la Granja pasó a recibir partidas del Banco de Previsión Social (BPS). El primer convenio con el Instituto del Niño y Adolescente (INAU) se firmó en 1997.

“Al principio quienes dieron vida al funcionamiento de la granja fueron los scouts haciendo huertas y ayudando a los usuarios. Entre ellos me acuerdo de Rosita Arenas, Máximo Ducer, Luisito Carballo, y Julio Ruiz Díaz. Quién estaba al frente en la parte técnica era el psicólogo Eduardo Sívori, uno de los que le dio sustancia al origen de la granja”.

Actualmente Sívori trabaja en el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (INEFOP) y fue un actor clave para desarrollar el convenio que actualmente permite que la granja subsista económicamente. Según estimó García en estos 30 años más de 200 usuarios han pasado por La Esperanza Sabalera.

Infraestructura

El primer contenedor fue donado por el Centro Unión Obreros, Papeleros y Celulosa (CUOPYC) a principios de la década de 1990. Un segundo con destino a vivienda fue donado en 1994 por Julia Pou durante el gobierno de su esposo, Luis Lacalle Herrera. “¡Lo que nos costó trasladar ese contenedor! –recordó García-, porque había quedado a mitad de camino. Luego, con troncos de eucaliptus lo trasladamos como unos 100 metros hasta abajo de un ombú y ahí quedó. Ahí había un señor que hacía de casero que se hizo un techito para hacer una cocina muy precaria y ahí mismo, al lado, se ordeñaba una vaca donada por la familia Bouvier”.

La primera ayuda especial del BPS, más allá de las pensiones, fue unir con un techo y piso los dos contenedores donados de modo de ampliar el espacio.

En 1998 se presentó un proyecto ante la embajada de Holanda para la construcción del tambo. “Un buen día nos llamaron para informar que estaba el dinero, y lo fuimos a buscar. Nos dieron un cheque que estaba en florín, nos dijeron que en el banco holandés lo podíamos cambiar a dólares o a pesos uruguayos, metimos la plata en un bolso y nos vinimos (ríe)”. La base del tambo actual fue construida entonces por un albañil de apellido Bardacosta. Lo curioso es que “nunca nos pidieron nada para rendir cuentas. Llamamos para que vinieran cuando se inauguró y nos dijeron que ‘estaba bien así’”.

Usuarios de La Esperanza Sabalera abren el primer queso del tambo bajo la mirada atenta de Juan Aguirre, primer presidente de la institución.

Luego con préstamos del BPS se hizo la cocina y el comedor, nuevos baños y vestuarios y más tarde el comedor grande. “Toda esa parte está muy deteriorada y hace más de un año presentamos un proyecto del que ahora nos pidieron que actualicemos los precios. Hasta ahora estamos esperando. Hay una idea de reciclar esa parte para hacer una especie de salón de fiestas, pero se necesita mucho dinero”.

En cuanto a la sede actual, fue construida en 2014 y originalmente alojó a una familia de refugiados sirios. Cuando estos decidieron emigrar a Salto en 2016, la casa quedó vacía y si bien había varias instituciones interesadas, la comisión del Movimiento Pro Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (MEVIR) la donó a la Granja.  

Actualmente la comisión directiva de La Esperanza Sabalera evalúa cómo hacer frente a las observaciones del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) tras una inspección al tambo en abril pasado. “En aquel momento no nos daba la cabeza porque estábamos evaluando el cierre de la institución, pero es algo que nos preocupa y que además queremos hacer bien porque estamos produciendo un alimento que tiene que tener las mejores condiciones de calidad”.

Las observaciones del MGAP abarcan ausencia de cielorraso y filtraciones de lluvia. Las autoridades de la Granja ya convinieron colocar un techo de poliuretano con isopanel. A su vez, no puede haber lámparas colgando y hay que renovar la instalación eléctrica. En la cámara de frío el piso no puede tener rugosidades, y faltan azulejos en la parte de quesería. En ese lugar no se puede tener nada de madera y el tambo posee una mesada que debería desaparecer o reciclarse. Además el tanque de agua no puede ser de dolmenit, y hay que cambiarlo por uno de plástico. En total, las obras que hay que hacer para levantar las observaciones del MGAP tendrían un costo de $240.000.

Ante esta situación la granja se contactó con el Programa Nacional de Discapacidad (PRONADIS) quien vinculó la institución con el Programa de Emprendimientos Productivos y Redes (EmProRed) que la apoyará con US$ 4.000. De este modo resta financiar unos $100.000 para lo cual hay múltiples líneas de apoyo con Covimt 7, Inve, Municipio de Juan Lacaze, Sindicato del Frigorífico de Tarariras, Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (SUNCA), Federación Nacional de Profesores de Educación Secundaria (FeNaPes – Juan Lacaze), y Unión Nacional de Trabajadores del Metal y Ramas Afines (UNTMRA). La Granja también se presentó al Fondo Región Colonia para construir un nuevo gallinero.

El significado de la granja para los usuarios

La Esperanza Sabalera es “un lugar de inclusión para ayudar a los usuarios con sus problemas, un lugar de capacitación y también de posibilidades de salida laboral. Contención, capacitación e inserción laboral: Esos son los tres motivos principales por los cuales uno está ahí tratando de que funcione”.

García reconoció que la inclusión laboral es lo más difícil. “Es un debe. Tenemos 35 usuarios y algunos ya se han colocado en empresas de la zona como Tata y Yazaki, pero “más allá de un acompañamiento o una mediación nosotros no podemos evaluar qué capacidades tiene cada usuario como para poder insertarse laboralmente, esa es una labor de los técnicos”. La idea es aprovechar mejor la ley que estimula el empleo para personas con discapacidad. “Con esa norma podemos ir a las empresas y consultar si tienen su cupo para poder incluirlos”.

Las autoridades de la Granja evalúan que la atención sanitaria es un componente importante de su oferta y negocian con la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) algún tipo de ayuda económica y/o profesional. “Es un servicio que estamos dando. Mientras los muchachos están en la Granja, están bárbaros. Vos ves y no podés creer que un tipo que no puede aprender a leer o a hacer cuentas, esté trabajando, y por ahí te preguntas: si no estuviera acá qué estaría haciendo”.  

«Cuando la gente se enteró de que la Granja iba a cerrar fue una revolución: pasamos de 100 socios colaboradores a 500, de $6.000 a $45.000».

El valor de la granja para Juan Lacaze

García cree que “la granja se ha transformado en un ícono de la solidaridad lacazina. Con los pocos recursos que tenemos estamos atendiendo a 35 personas que si no fueran a la granja, probablemente estarían deambulando por el pueblo, expuestas a ser utilizadas para delinquir o hacer otras cosas. Sin embargo, allí se los contiene. Los usuarios no tienen problemas en la sociedad”, señaló.  

La respuesta de la sociedad lacazina ante la crisis económica que la Granja atravesó durante el primer semestre “fue maravillosa: si no hubiera sido por el pueblo no sé qué hubiera pasado. Cuando la gente se enteró de que la granja iba a cerrar fue una revolución: pasamos de 100 socios colaboradores a 500, de $6.000 a $45.000. Eso nos ha dado un aire bárbaro y queremos que eso no se corte”.

Entre las próximas actividades para beneficiar a la Granja está el espectáculo de homenaje al músico Gustavo ‘Petocha’ Puerta, programado para el 7 de septiembre en el club Cyssa. En este evento la granja estará cargo de la venta de alimentos y bebidas. “A su vez, a la semana siguiente tenemos otro beneficio en El Terruño al que nos invitó la Fundación Minuano Puede y el Centro del ArteSano de Minuano”.

García dijo que si las cosas “fueran como tienen que ser y el Estado cumpliera la Ley para personas con discapacidad”, no habría necesidad de estar haciendo beneficios, así como tampoco tendrían que hacerlo las más de 150 instituciones que trabajan con personas con discapacidad en Uruguay.

Actualmente el presupuesto mensual es de $400.000, lo que significa unos $5.000.000 anuales. “Si nosotros no conseguimos $400.000 por mes no podemos funcionar”, dijo García. En este sentido destacó el reciente acuerdo con INEFOP que cubre el salario de tres educadores ($800.000 durante un año, sin aguinaldos ni licencias), y evitó el cierre de la institución. En contrapartida la Granja se comprometió a capacitar a personas enviadas por INEFOP en alguno de sus programas educativos.  

García también propuso un proyecto que bautizó “Producción Compartida” y consiste en lo siguiente: “La granja facilita el agua, la tierra y las herramientas para asociarse con una tercera persona o una familia que tenga necesidad de trabajar y de este modo generar más producción de huerta, de huevos, y cría de pollos en pequeño volumen”. Según el entrevistado la Granja tiene buenos terrenos para la producción agrícola, pero los usuarios no pueden producir ya que el tiempo de que disponen durante su jornada es muy acotado.

Está “muy a gusto” desarrollando este trabajo social. “Después de la familia creo que la Granja es parte de mi vida. Para trabajar en organizaciones sociales uno tiene que tener vocación de servicio y creo que por ahí va la cuestión. En algunos años me he retirado un poco para dar lugar a otra gente, pero siempre se vuelve al primer amor (ríe)”.

Si bien siempre ha tenido dificultades, la Granja nunca dejó de crecer. “Coincido con una valoración que hace el actual presidente, Luis Cabrera, en el sentido de que si no tuviéramos la casa nueva, ya habríamos abandonado. Y es cierto: el hecho de haber logrado tener esa casa nueva de MEVIR hizo que uno tomara otro impulso, porque mantener la otra parte era muy difícil y te deprimía un poco, porque siempre teníamos que tapar agujeros. En la Granja siempre hay cosas para hacer, siempre uno está imaginando y creando y es lo que me mantiene activo y a uno lo saca de la rutina”.

El equipo técnico de La Esperanza Sabalera está conformado por: Lorena Ventura (auxiliar de servicios), Daiana Calistro (cocinera), Luciano Rodríguez (tambero), Francisco Perdomo (tambero), Nicolás Martínez (sereno), Marta Villoldo (educadora), Marcelo Hernández (educador), Ricardo Pereyra (educador), Romina Long (administrativa), Susana Buffa (maestra), Tatiana Tourn (trabajadora social), Carla Baldi (psicóloga), Eliana Thiebaud (profesora de Educación Física y Recreación) y Karina Pérez (coordinadora).

La actual comisión directiva (2018-20) está presidida por Luis Cabrera quien encabeza un equipo integrado por Ricardo Betarte (vicepresidente); Silvia Techera (secretaria); Mariana Cabrera (prosecretaria); Miguel Ceballos (tesorero); Marino Giudice (protesorero); Daniel Gonnet (vocal). En la comisión fiscal intervienen Juan García Bedat, Juan Carlos Piñalva, y Reinaldo Bouvier.