Esperando la carroza

Esperando la carroza

(Publicado originalmente en julio de 2009).

El 18 de julio de 1973, al amparo de un decreto de la dictadura para terminar con la huelga general contra el golpe de Estado, 53 trabajadores de la textil Campomar de Juan Lacaze fueron destituidos por “notoria mala conducta”.  Desde el retorno democrático en 1985 el grupo exploró –sin éxito-, distintas alternativas para cobrar sus créditos laborales. El 18 de julio último el sindicato de la textil Agolan –que ocupa parte de la antigua planta bajo la administración de la Corporación Nacional para el Desarrollo-, los homenajeó inaugurando una placa recordatoria a la entrada del edificio. El 21 de julio una delegación se reunió con el ministro de Economía y Finanzas, Álvaro García, quien evalúa la situación. Del grupo original ya fallecieron 21 trabajadores.

Ya desde 1964 la CNT tenía planes de huelga general en caso de un golpe de Estado. En un “Informe al Encuentro Nacional de Comités de Base” de 1972 citado por Hugo Cores en su libro “Reflexiones sobre el movimiento obrero y la crisis política uruguaya 1968-1973” se confirma que “si hay golpe de Estado, hay huelga general con ocupación de los lugares de trabajo”.

Según el documento, “nadie ignora que en nuestro país existen fuerzas que se mueven en esa dirección. Nunca hemos estado más cerca del golpe de Estado que en el mes de abril, abril ha pasado, pero el peligro no […] De producirse el golpe, las formas del mismo pueden ser distintas, desde el gobierno estilo Brasil hasta el golpe a la uruguaya con sus particularidades, pero la respuesta originalmente debe ser la misma: ocupación de los lugares de trabajo y movilización general bajo nuestra conducción, examinando todos los acontecimientos para influir en ello“. Del 27 de junio al 4 de julio de 1973 la huelga fue casi total.

El Boletín Nº 1 de los huelguistas era un ejemplo de firmeza y de directivas claras para enfrentar los desalojos: “ni desistir ni abrirles las puertas, continuar la huelga, unirse a otra fábrica ocupada de la zona, reorganizarse y ocupar de nuevo en cuanto se pueda”. El 30 de junio el Gobierno decretó la disolución de la CNT y ordenó el arresto de 52 dirigentes, tras lo cual se desató una ofensiva de desalojos.

Al mismo tiempo, la llegada de los patrones al servicio de transporte de pasajeros, y de los militares a la planta de distribución de combustibles de ANCAP, anunciaron el comienzo del fin de la huelga.    

El 9 de julio una gran manifestación pública de protesta en el centro de Montevideo fue calificada de “asonada” por las fuerzas armadas que la reprimieron con un violento operativo militar. Finalmente el miércoles 11 la Mesa Representativa de la CNT levantó la huelga sin condiciones.

Una semana más tarde la dictadura se ensañó con el último foco visible de resistencia en el interior del país –más grave aun para sus intereses-, mandando despedir a un grupo de trabajadores de Juan Lacaze que aun perseveraba en una lucha desigual por la democracia.

“YO DESPEDÍ A BAGNA”

El martes 17 de julio, en medio de un temporal de lluvia y viento, el jefe de la planta textil de Juan Lacaze, Héctor Bagna, recibió un telegrama de Montevideo informando que por decisión del directorio debían cesarse hasta 55 personas. En esa época el gerente de la empresa, Nicolás Pisú, vivía en Nueva Helvecia. “Cuando llegué a la fábrica me encontré con un cartel en el portón anunciando los despidos. Despidió a 53, pero yo lo despedí a él”, contó a LA VOZ DE LA ARENA en octubre de 2001. “Le pedí que me trajera la lista y me acuerdo como si fuera ahora: empezó con Soto, el tornero. ¿Por qué Soto? ‘Porque es comunista’. Bagna: ¿es estúpido? Ojalá tuviera 2000 comunistas como Soto. Siguió con Otegui, un excelente operario, también porque era comunista. Entonces agarré el teléfono: ‘Gross, ahora va a salir el señor Bagna y no puede entrar a la oficina. Está despedido’. Pisú respondió en el reportaje que -en el lugar de Bagna-, “si hubiese visto el telegrama se lo devuelvo a Cardozo y le digo: ‘Yo no echo a nadie si no tengo la plata’”.

Aunque transcurrieron 36 años, la viuda de Carlos Gougeon, Luisa Mediza, recuerda aquel día con detalle: “Me acuerdo que nos reunió en la cocinita y nos dijo que quien no firmaba lo echaban. ‘Si ustedes me dicen que tengo que firmar, yo firmo, pero saben que voy contra mi honor y mis principios’. Mis hijos y yo le dijimos que nunca se puede claudicar de lo que toda la vida has predicado, sabíamos que nos quedábamos sin nada, y así fue. Nos fuimos a Buenos Aires y allí vivimos 25 años”. Ella también trabajó en Campomar y recuerda días de atravesar el portón corriendo, a pesar de vivir “en las casillas, enfrente a la cancha chica”, desde donde podían escucharse algunas asambleas y saber “cuando íbamos ganando o no”.

“NOS SACARON A PALOS”

Julio Rosa recibió el telegrama al mediodía. “Nunca pensó que iba a pasar eso. A partir de entonces comenzamos una lucha que incluso le costó la vida”, recordó su esposa, Maria Jaluff. “Fue un caos: comenzó a buscar trabajo, nadie le daba, pasaron años y él ya estaba muy deteriorado para seguir luchando. Se quedó acá, trabajando en changas, hasta que falleció en 1990”.

En 1973 la militante Sofia Franchetti era delegada de sección y secretaria del Plenario Sindical. “Nos sacaron de la ocupación a palos: yo bajé los escalones de la Hilatura en el aire, no se cómo los baje, me llevaban a empujones, me reventaron contra la pared, y ahí no paré hasta el suelo, y de ahí derecho a la comisaría”. Luego vendrían los telegramas. Al cabo de “38 años, ocho meses y cinco días” de trabajo en Campomar, Franchetti cosechó varias compañeras entre las que recordó a “Melita” Jaluff, Zulma Román, Elvira Cuello y Raquel Costabel. Tras el despido ella permaneció en Juan Lacaze. “No me fui porque mis padres no querían que me fuera, y me defendí vendiendo carne: cuando la veda en Montevideo estuve 12 años haciendo eso, y así pude seguir pagando la caja y jubilarme después”. Franchetti tiene 72 años y durante la presidencia de Jorge Batlle (2000-2005), expuso la situación de los destituidos al ex dirigente batllista Jorge Sanguinetti –que vive en Juan Lacaze-, pero las gestiones de éste no prosperaron. 

Noel Aquino  también tiene 72 años y llegó a trabajar 20 en la textil. Por entonces era delegado sindical en el Apresto y recuerda como compañero a Víctor Cabrera. “Después me fui para Buenos Aires y estuve sin venir más de 11 años: me fui el 12 de setiembre del 73 y no volví hasta el retorno democrático para votar”. Aquino no cree que si le hubieran pago los créditos laborales su vida habría sido diferente. “No hubiese cambiado nada, porque no nos daban trabajo en ningún lado: nos obligaban a irnos”.

DEL OTRO LADO DEL RÍO

Por entonces Adrián Gonelli trabajaba en la Tejeduria -“era cargador de telares”-, y militaba en la comisión de propaganda. Ahora tiene 57 años y aunque recuerda a muchos compañeros sólo nombra al “Flaco” Lagos y se muestra emocionado. “Nos quedamos acá, intentando resistir, pero no lo pudimos lograr y nos fuimos a Buenos Aires donde estuve diez años: Volví en 1982 pero regresé a la Argentina, y volví definitivamente en 1985”. Para Gonelli el pago del despido habría hecho diferencia. “Creo que sí porque hubiéramos resuelto la cosa; nos fuimos con una mano atrás y otra adelante a un país que no conocíamos, separarnos de toda la familia con un dolor tremendo, fue una experiencia muy triste”.

Hasta 1971 Ángel Guarisco había sido presidente de la Agremiación Obrera Textil (AOT), y en aquel momento era delegado gremial en los Telares. “Los militares entraban y nos sacaban a todos y nosotros salíamos cantando el himno”, rememoró. Entre sus muchos compañeros destacó la amistad con Carlos Gougeon, Miguel López, Rubén Gonnet y Ernesto Machado. “Busqué trabajo en muchos lugares y en algunos inclusive me hacían una prueba, pero cuando llegaba el momento de presentar el certificado de Fe Democrática –me habían calificado como ciudadano C-, ahí te liquidaban el trabajo y no conseguías en ningún lado”. Guarisco tiene 82 años y durante mucho tiempo se ganó la vida con su segundo oficio: la relojería.

“Conseguir trabajo en Juan Lacaze era casi imposible, no sólo porque no había sino porque nos consideraban comunistas”, explicó Marta Pacheco, que tiene 74 años y entonces trabajaba en la sección Zurcido y Pinzado junto a compañeras como Luisa Moreira, Blanca Forlán, y otras muchas. “Mi compañero de ese momento también fue destituido y con otro compañero logramos poner un bar sobre la playa, pero no anduvo y nos fuimos a la Argentina. Fue difícil, pero se hizo con conciencia y allí viví 30 años”.

LA MISA POR ADRIÁN MONTAÑÉZ

Raúl Martínez, de 61 años, también se fue con su familia a Buenos Aires pero acosados por la Triple “A”, una organización paramilitar que operaba en los años previos al golpe en Argentina, debieron refugiarse en Canadá donde aun viven su madre y algunos de sus hermanos. “En un comienzo nos dedicamos a la pesca con mi tío Ramón Acosta, que era pescador, y otros amigos, pero tuvimos tanta mala suerte que ni sábalos salían”. Si bien admite que con el pago del despido “quizás podíamos tirar un poco  mas”, no está seguro de que hubiera hecho mucha diferencia: “Hay mucha gente que no fue echada de la fábrica y sin embargo pasó miseria, miles de necesidades”.  

Casi tanto como el despido, los trabajadores Luis Curbelo, de 65 años, y Robert Bentancor de 55, recuerdan la represión sufrida al término de una misa celebrada unos días antes en memoria del dirigente textil montevideano Adrián Montañéz, que había fallecido el 1º de julio en un accidente. “Era un pretexto para reunirnos y hacer una demostración de resistencia contra la dictadura”, reconoció Curbelo, pero “fue la primera vez que la policía reprimió con balas y gases, y eso sí me quedó grabado”, acotó Bentancor.

Ambos terminaron radicándose en Buenos Aires. Curbelo trabajaba en los carritos y siempre fue delegado sindical. “Me quería quedar pero fue difícil porque te perseguían. Volví cuando estaba terminando la dictadura, la cosa estaba más tranquila, pero así y todo me metieron preso algunas horas”.

Bentancor trabajaba en la Tintorería y recuerda con afecto a Luis Collazzo –Carbonilla-, el “Chancho” López, Yelton Costabel, y Héctor Larraza, los dos, padre e hijo. En los primeros meses colaboró con la edición de los periódicos “El Eco” de Rosario y “Reporter” de Juan Lacaze –los directores estaban presos-, y luego se fue a Buenos Aires. Allá también se afincó su madre, Raquel Rodríguez, otra destituida, quien falleció hace unos años cuando ya había retornado a Juan Lacaze.

Antes de recibir el telegrama de despido, Miguel Tramuja, hoy con 62 años, trabajaba en la cuadrilla donde conoció a la “Mula” Cabrera, Carlos Díaz, el Canario González, y la “Gallina” Piccone. Estuvo un par de años en Argentina “porque la cosa acá estaba bravísima”, y cada vez que venia “me metían preso”. Un día “me la jugué, de a poquito, y me quedé”. Al principio “no salía de casa, después empecé a trabajar en changas y me quede acá, quietito”.

El ex tejedor Rafael Lagarriga tiene 58 años, pero tenía 22 cuando lo despidieron. “Cuando entraron los milicos a sacarnos había un capataz que me dijo: ‘vení, arrímate que yo te voy a proteger’, y cuando me arrimé, los llamó para que me sacaran”. Estuvo cuatro años en Argentina y luego volvió. “Trabajé en changas, lo que se agarraba en el momento”

La misma suerte corrió Salvador Jaluff, que trabajaba de electricista y siempre tuvo actuación gremial. “Estuve acá casi dos años, pero me cerraron todas las puertas, no tenía trabajo, me detuvieron varias veces, por horas, y bueno terminé en la Argentina donde tengo toda mi familia, y ahora voy y vengo”.

Rosita Fuentes tiene 58 años y en su caso el despido precipitó el alejamiento de la ciudad. “Yo me tenía que ir de Juan Lacaze y el grupo político al que pertenecía me llevó para Paysandú, donde viví 22 años, y luego me fui a Montevideo”.

QUIEN HONRA, SE HONRA

Grupo de destituidos reunidos el 18 de julio de 2009 para un homenaje convocado por el sindicato de Agolan, empresa sucesora de Campomar a partir de 1994.

El 18 de julio último, en un gesto que lo enaltece, el gremio de trabajadores de la textil Agolan promovió un homenaje a los 53 destituidos descubriendo una placa conmemorativa a la entrada de la planta.

Ante los trabajadores y representantes nacionales, departamentales, locales y el directorio de la Corporación Nacional para el Desarrollo (CND), el representante del PIT-CNT, Jorge Taborda, recordó esos días con emoción: “es muy difícil hablar cuando se trata de compañeros que me enseñaron a vivir como hombre, pero no solamente como hombre sino que me enseñaron a tener conciencia de clase”, explicó.

Taborda, que también es lacazino y representa en la central sindical a la Asociación Federal de Funcionarios de la Universidad de la República (AFFUR), dijo que “la dictadura tenía claro que había que golpearlos porque tenían muy claro lo que significaba la conciencia de clase y pertenecer a la organización más importante que tuvo el país en defensa de los derechos, no sólo de los trabajadores, sino de los mas desprotegidos”.

Según el dirigente, “sabían a qué pueblo le estaban pegando: esto no fue porque sí, esto no fue el desequilibrio de ningún milico atolondrado, esto fue establecido por una política de gobierno que después se convirtió en dictadura”, recordó.

Inspirado en José Martí –“quien honra se honra”-, Taborda señaló que “si hoy honramos a los compañeros que fueron despedidos en el año 73 nos estamos honrando a nosotros y estamos recuperando parte de nuestra identidad y de nuestra dignidad”.

Por su parte el presidente del Centro Unión Obreros Papeleros y Celulosa (CUOPYC), Walter Silva, homenajeó a los destituidos “por la firmeza de sus convicciones”, y adelantó que “acompañaremos todas las decisiones que los compañeros lleven adelante: No vamos a permitir que nadie se haga el desentendido”,  desafió.

NO ESTAMOS REIVINDICANDO UN PREMIO

La representante de la AOT, Marcia Mitchel, recordó que el decreto 518 del 4 de julio de 1973 condenó “a estos compañeros y compañeras junto a sus familiares a vivir las penurias jamás imaginables que un ser humano pueda tener”. Mitchel dijo que los gobiernos “no han sido sensibles a los reclamos de quienes, en defensa de la democracia, fueron perjudicados”, y convocó al actual gobierno a “no ser insensible con quienes defendieron sus principios, los que lucharon por la democracia”.

Uno de los obreros destituidos, Robert Bentancor, evocó aquél periplo. “Es bueno que volvamos a esta fábrica de la que una vez nos sacó la dictadura. Han pasado muchos años desde que recibimos aquel telegrama por ‘notoria mala conducta’ y bien sabemos que en realidad fuimos despedidos por ser leales a la Agremiación Textil, al Congreso Obrero Textil, a la CNT y a las instituciones democráticas de nuestro país. Esa fue nuestra mala conducta”, explicó. Bentancor aclaró que no se está reivindicando un premio: “Reclamamos como cualquier trabajador que se nos pague lo que se nos debe”.

El hermano de Adecio Laneri, Néstor, vive en Argentina y viajó a Juan Lacaze sin saber del homenaje. “Sentí mucha emoción porque me acuerdo cuando lo echaron, se me viene todo eso a la cabeza; yo era chico pero también lo viví”.

El hijo de Eva Bentancor, Atilio Gorni, viajó especialmente y experimentó una doble emoción: “Aunque parezca una contradicción, fue doloroso y al mismo tiempo satisfactorio, porque es una lucha por los que están vivos, pero también un homenaje a los muertos”. Su madre falleció en 2004. Gorni recordó la angustia y el desbande de la gente –“mi vieja se tuvo que ir a trabajar a la Argentina de empleada domestica, porque acá ya no trabajaba como muchos compañeros”-, y consideró “insólito que esta situación aun no se haya reparado”.

Lo mismo le pasó al hijo de Ernesto Lea, Sebastián: “Siento una sensación de tristeza por la gente que no esta, que de repente se merecían haber sido homenajeados y en parte se fueron con eso, y alegría porque todavía hay mucha gente que sigue luchando por lo mismo a pesar de los años”.

A Maria Jaluff, viuda de Julio Rosa, el acto le provocó “un recuerdo triste por los compañeros que se fueron sin haber tenido reivindicación ninguna”, pero adelantó que “seguiremos luchando por ellos”.

JUSTICIA TARDA Y NO LLEGA

Hace unos años, en una asamblea de destituidos en la que se discutía cuánto debía la empresa por los despidos, Noel Aquino achacó la deuda al Estado: “El responsable de nuestro despido fue el Estado, por lo tanto Campomar no me debe nada”, argumentó. “Y ahí se termino la asamblea”.

La mayoría de los destituidos no se hacen ilusiones. Rosita Fuentes ni siquiera tiene un proyecto personal ante una eventual compensación, pero la reclama para sus compañeros: “Creo que una buena jubilación les cambiaria la vida”.

En caso de que se concrete, Sofia Franchetti pretende vivir mejor, “por lo menos más desahogada, hacerme más los gustos”; Marta Pacheco aspira a “hacer algún paseo y disfrutar junto a mi familia”.

Rafael Lagarriga tampoco tiene planes –“aparte tengo la suerte de estar trabajando”-, pero no pierde de vista que hay “un montón de compañeros que están muy mal económicamente, inclusive muchos de los que murieron lo hicieron en la miseria”. Impotente ante la muerte de “compañeros jóvenes”, Lagarriga deploró el hecho de que algunos “se fueron leyendo la Ley de reparación, como el caso de (Ernesto) Lea que murió teniendo la plata en el BPS. Esto tendría que haberse hecho cuando terminó la dictadura”.

Salvador Jaluff –que ahora tiene 79 años-, aseguró que “hasta que quede el último de los involucrados continuaremos nuestra lucha para que se haga justicia”. No importa si quienes se benefician son los familiares, “porque ellos también sufrieron las consecuencias”. Jaluff recordó que el grupo se ha visto menguado por los decesos: “No esperen a que estemos todos muertos”.

Luis Udaquiola (en Montevideo), Javier Tairovich (en Juan Lacaze)