Salir al espacio y cambiar el mundo

Salir al espacio y cambiar el mundo

Trabaja en la NASA. Es de línea artiguista. Tiene un plato volador. Ha viajado a Marte y enfrentado tormentas de meteoritos en el espacio. Fue campeón olímpico de natación, futbolista y amigo íntimo de Obdulio Varela. Tiene el botón para hacer explotar el mundo.  Es el elegido. Es conocedor de verdades imposibles para el común de los mortales. Es peluquero  y tiene un único objetivo: salir al espacio y cambiar el mundo.

Por Soledad Gago

(El protagonista de esta historia falleció esta semana en Nueva Helvecia. Publicado originalmente en 2017 en la revista Leteo).

El elegido vive en Nueva Helvecia. Una ciudad de 10.000 habitantes a 120 km de Montevideo y al sudeste del departamento de Colonia, fundada en 1862 por emigrantes europeos, en su mayoría suizos y alemanes. Nueva Helvecia no es uruguaya. Ahí la gente es rubia, alta y tiene los ojos claros. No tiran papeles al suelo y las casas tienen en la parte exterior el escudo del cantón suizo al que pertenecieron sus familias y los jardines parecen de una película sobre suburbios norteamericanos.

En Nueva Helvecia la mayoría vive del negocio familiar de los tambos y  de los dulces. En los tres hoteles y los restaurantes cocinan platos típicos de Suiza que combinan con grupos como Los alegres Alpinos o los Alpenveilchen, que bailan, cantan danzas y músicas suizas y alemanas. Nueva Helvecia no es uruguaya. En su plaza no está Artigas.

Ahí, en ese lugar que figura en los mapas de un país donde no está. En el barrio Hospital, sobre la calle Alfredo Stutz a la altura de la avenida Federico Gilomen, frente al supermercado de Paco, vive Gualberto, el peluquero elegido para cambiar el mundo.

La primera vez que escuché sobre él fue hace 12 años. Mi familia y yo acabábamos de llegar a Nueva Helvecia y mi papá necesitaba un peluquero. Sí, UN peluquero, sin la a.

Encontró su peluquería a unas cuadras de mi casa. Papá nació en Cerro Largo, al noreste de Uruguay. Gualberto tiene familia en ese departamento casi brasilero y entre tijera y tijera hablaron con nostalgia de conocidos en común y lugares que los unían. «Espéreme un segundo, don Gago, me llaman de la NASA y es urgente.» Gualberto desapareció de la peluquería por unos minutos y cuando volvió empezó a contarle a mi papá sobre su misión en la NASA. Le dijo que su nombre había sido borrado de la base de datos de la agencia espacial estadounidense porque lo están buscando, que estaba moviendo a sus contactos para solucionar el conflicto por las papeleras entre Uruguay y Argentina,  y que los argentinos le tenían miedo. Le dijo que hacía pocos días que había vuelto de Júpiter y que tenía pensado ir a Marte.

Yo fui a la casa de Gualberto por primera vez un sábado de julio a la mañana. El día neo helvético estaba gris y húmedo pero no llovía. Lo vi desde la esquina hablando con una señora afuera de su casa. Tenía una campera  anaranjada, un pantalón deportivo azul y un gorro de lana negro que le tapaba la mitad de la frente.

Me acerqué con confianza: Gualberto, ¿se acuerda de mí? «Claro, m’hija, viniste hace un tiempo a hablar conmigo con tus compañeros de facultad. ¿Cómo les fue en el trabajo?». Le digo que nos fue bien, le digo que sacamos 11 sobre 12, le digo que exoneramos la materia y que le debemos el video. Él sonríe y me (nos) felicita.

La peluquería está en el frente de su casa. Ahí vive también su esposa. Su hijo vive en la casa de al lado, más cerca del supermercado de Paco. Hay una puerta de madera y un ventanal enorme, enmarcados por el escudo de su descendencia suiza que cuelgan en una pared de piedras. Frente a un espejo sucio está el antiguo sillón de peluquero. Sobre una mesa hay tijeras, navajas, brochas, frascos, espejos, papeles, peines, cepillos y polvo, mucho polvo. Enfrente, en un sillón de cuero marrón que se inclina hacia un costado como si estuviera cansado, una víbora verde de algodón con la cabeza elevada hace notar su presencia.  Hay una mesa de comedor repleta de papeles y cajas, como si alguien acabara de mudarse. Pero Gualberto no, Gualberto no acaba de mudarse.

«Hoy no la voy a poder atender, m’hija. Me estoy recuperando de un ataque al corazón y he estado medio jodido del estómago por los medicamentos, así que no tengo mucha fuerza para hablar», se excusa Gualberto. «Sigo trabajando en la peluquería porque los ocho mil pesos de jubilación no me dan para mantener una casa, y los pesos que saco de acá me ayudan bastante», me dice. Yo le sonrío. «Además, no sé bien qué me querés preguntar, pero viste que hay cosas que solo yo sé y si las difundo podemos desatar la Tercera Guerra Mundial. No es que sean cosas malas, yo nunca hice nada malo  pero son secretos muy importantes que no pueden estar en manos de cualquiera… cambiaría el mundo.»

¿Y no puede cambiar el mundo si usted las sabe?

«Es muy complicado. Yo soy el elegido de este planeta. El elegido del espacio es mi hermano más grande, es un ropero de grande el tipo, mide como dos metros y pico. Pasa que sobrevivir en el espacio es difícil: las tormentas de meteoritos no son changa.»

 ¿Cómo es eso de que usted es el elegido?

 «Claro. A mí me eligieron para una misión, para cambiar el mundo. Pero de esto no puedo contarte mucho, m’hija, porque lo que entra en esta cabecita no entra en ninguna otra del planeta.»

Me pide que vuelva dentro de 20 días, que seguramente va a estar mejor y vamos a poder hablar tranquilos. Le digo que sí, aunque en realidad no sé cuándo podré volver, y le pido que entre a su casa porque la humedad le va a hacer mal. Gualberto se ríe y la carcajada lo hace toser…  «El infarto fue solo un susto, m’hija, no me siento muy bien pero este corazoncito aguanta todo».

Me voy pensando en que Gualberto tiene  razón. Si es el elegido tal vez su  corazón aguante todo. Sin embargo sus ojos, su voz y sus arrugas hablan del paso del tiempo y ese tiempo mata todas las hipótesis.  No llegué a la esquina cuando su voz grave y ronca dice, como en un grito mal hecho,  «cuando vuelvas traeme el video, mhija.» Vuelvo.

Gualberto, solo una pregunta más. ¿Cuál es esa misión de la que me habló?

«Mi misión», dice levantando el dedo índice: «salir al espacio y cambiar el mundo».

En una ciudad de 10.000 habitantes es fácil conocer a las personas. El hijo de o el casado con tal, la hermana del amigo de fulano o la familia que vive al lado de. Esas y unas pocas referencias más hacen que el pueblo se conecte en una red que no es nada virtual. Gualberto es un pilar de esta red suizodescendiente. El peluquero que quiere  salir al espacio y cambiar al mundo es uno de los protagonistas de las historias épicas que se cuentan en los bares, almacenes y casas de la ciudad.

Ocho meses antes de mi primera visita habíamos ido por la peluquería con un grupo de amigos de facultad.

Gualberto nos recibió entusiasmado. «A vos te veo cara conocida», me dice y le digo que es probable que nos hayamos cruzado en el baile. El único baile de sábado de la ciudad. Gualberto tiene más de setenta años y sale a bailar. Tiene dos linternas que sostiene en cada mano y alumbra a los jóvenes que lo rodean en la pista. Gualberto baila en la tarima, y baila en las rondas de amigos y recorre la pista. Después se va. Gualberto no toma alcohol.

«Todo está en mi mente», nos dice mientras le corta el pelo a uno de mis amigos. «Yo soy un tipo especial, tengo una capacidad asombrosa de cerebro».  Gualberto habla pero no nos mira. Sus ojos se mantienen fijos en el pelo anaranjado de Agustín o se mueven con el movimiento de sus manos. «Soy de la línea artiguista, muchachos. Artigas va a venir a estar con nosotros dentro de poco», afirma, «va a venir, va a ser un ser distinto pero se va a desarrollar; el tipo se va a desarrollar».

¿Cree que Artigas va a revivir?

 «Sí. Puede salir de un accidente automovilístico o de una moto, por ejemplo. Murió y se levanta caminando. Ahí aparece, hay muchos que han aparecido así, muchachos.»

Gualberto expone sus ideas con claridad y nosotros lo escuchamos concentrados. «Calculale media hora, cuarenta minutos, Rodríguez», le dice a un cliente que llega a la peluquería. En una mano tiene una navaja y en otra un peine. Juntas bailan a ritmo constante. Gualberto las mira. «Yo he ido a lugares a los que nunca pensé llegar. Esos lugares existen.»

Por ejemplo…

«Estuve en la constelación de Centaura. Ahí está peleando mi hermano, que mide como dos metros y es el elegido del espacio. Viene ganando todo. Es un guerrero, guerrero.»

Gualberto es conocido por los neohelvéticos bajo varios epítetos: Gualberto, el Rey de la Chuleta, en honor a sus años como carnicero; Gualberto, el loco del pueblo, como el título de una canción en su honor; Gualberto, el peluquero de los extraterrestres, por los relatos de hazañas con su plato volador. Gualberto es muchas cosas, pero es sobre todo el dueño de las tijeras del barrio y de la ciudad. En Nueva Helvecia, la ciudad que está en Uruguay pero no es uruguaya, hay 4 o 5 peluqueros: Gualberto y su hijo ocupan dos lugares.

«Estoy por hacer un aeropuerto en Juan Lacaze de 25 kilómetros de largo. Lo necesito para el aterrizaje de las naves espaciales», dice el peluquero y le pregunta a Agustín si le parece que el pelo está bien, mientras le pasa una brocha con talco por el cuello. Juan Lacaze es una ciudad a 30 kilómetros de Nueva Helvecia, con poco más de 12.000 habitantes. «Yo pertenezco a la NASA también», asegura.

¿Y por qué no está trabajando allí?

«No es tan fácil, muchachos. Yo no recibo plata ni nada de ellos, no cobro jubilación porque borraron mis datos para que no me mataran.»

Gualberto prende el secador y notamos la presencia de su mujer que nos ofrece una gaseosa. «Soy el único que puede apretar el botón en este momento y no queda nadie en la Tierra», sigue diciendo, ahora concentrado en el secador e interrumpido por su sonido.

Hay silencio. O no. El secador sigue sonando, pero Gualberto parece estar pensando. Nosotros no decimos nada. Su mujer tampoco. Vuelve a preguntarle a Agustín si le parece bien el corte de pelo y con gran facilidad para cortar el silencio y enganchar un tema con otro dice que tiene un mensaje para nosotros: «No ir a la guerra, no matarnos a nosotros mismos, buscar el futuro, salir al espacio. Mi consigna y mi misión es salir al espacio, ayudar a que el ser humano salga y tenga libertad».

Nosotros ya no hablamos ni hacemos preguntas. Las palabras de Gualberto salen y dejan eco en el silencio y en nosotros. «Para vivir en color de rosa y para que todo sea lindo en la vida, muchachos, el hombre tiene que cambiar. Tenemos que cambiar, todos tenemos que cambiar».

En las elecciones municipales de 2010 hubo un pasacalles en frente a su casa que decía: «Gualberto intendente». Pero Gualberto no cree en la política. Tampoco en la religión. «No tiene que haber religiones», dice, «el ser humano tiene que aprender a usar la cabeza y a pensar por sí mismo».

Gualberto es peluquero. Fue estratega en las Malvinas, carnicero, futbolista, nadador olímpico, secretario de personas importantes y aviador. Sin embargo, tiene un único objetivo: salir al espacio y cambiar el mundo.

«Yo tengo mi corazoncito, tengo mi cerebrito», dice Gualberto y nos despide para recibir a su próximo cliente, «y lo que cabe acá adentro, no le cabe a ningún otro ser humano en la Tierra.»

«Yo no sé si es fantasía o realidad, si sus relatos son mentira o son verdad, si esa locura, tan igual a la cordura no es más que una estrategia pa reírse de los demás», le cantan en Nueva Helvecia.

El día sigue húmedo mientras camino hacia mi casa y me quejo. Pienso en Gualberto y en sus palabras y en sus ojos casi transparentes. Yo tampoco sé si es fantasía o realidad. Yo elijo creerle. Después de todo, un peluquero de Nueva Helvecia que se llama Gualberto y quiere cambiar el mundo predijo el atentado de las Torres Gemelas… y nadie le creyó.

Ilustración: Federico Zabalía