Cecilia Buschiazzo, una extupamara lacazina que encontró «refugio» en la cárcel de Paso de Los Toros

Cecilia Buschiazzo, una extupamara lacazina que encontró «refugio» en la cárcel de Paso de Los Toros

Este jueves se presenta en Biblioteca Rodó de Juan Lacaze el libro Paso de Los Toros: Una Cárcel Olvidada en cuya redacción participó Cecilia Buschiazzo. Aquí su rica historia de vida, las injusticias, los avatares, los absurdos de la dictadura y de un MLN mal organizado. Sus compañeras de celda fueron el motor para continuar con su vida hasta hoy.

Por Mathías Medero

Cecilia Buschiazzo (74) nació en el Paraje Artilleros al norte de Ruta 1. Fue a la escuela rural Nº 25, cursó hasta 4º de secundaria en el Liceo Nº 1 de Juan Lacaze, y terminó 5º y 6º de medicina en el liceo Daniel Armand Ugón de Valdense.

Su padre se dedicaba a la venta de lana además de otras tareas de campo. Recuerda que su madre carneaba un cordero por semana para alimentar a los 11 hermanos. Cecilia es la cuarta hermana más chica. Se mudó a Juan Lacaze con su tía luego de haber terminado la escuela.

Después que completó secundaria quería seguir sus estudios en Facultad de Medicina, pero económicamente no podía por lo que se preparó en otras áreas. Empezó a dar clases particulares para niños de escuela y en 1967 ingresó al Liceo Nº 1 a trabajar como adscripta ya que podía ser designado quien tuviera título de maestro o de bachillerato. Concursó como profesora de Idioma Español, y sin ningún tipo de formación específica no solo obtuvo el cargo sino que al año ya daba clases en dos grupos.

“Eran muy pocos los egresados del IPA, y la formación que tenía para eso la adquirí en mi casa. Leía muchísimo. Mi nieto me pregunta si tenía tablet (ríe). Mi familia era de las pocas que le pedían libros a la maestra para las vacaciones. A mi padre, blanco herrerista, le gustaba mucho leer, leía diarios, por lo que siempre se habló de política en casa y se leyó mucho”, recuerda.

Sus inicios en la lucha social

Buschiazzo tenía dos hermanas que trabajaban en la fábrica textil; sus padres se habían radicado en Villa Pancha y ella seguía viviendo con su tía. “Veía que mi hermana mayor era una obrera con mucha responsabilidad, el trabajo la agotaba bastante y la veía con mucho sacrificio, con mucha responsabilidad, porque también tenía que mantener a mi madre, y al mismo tiempo tenía problemas de salud, dolores en las manos y en los brazos”.  

Por 1959 empezó “el tema de la revolución cubana. Estaba en primero de liceo, y ahí no estaba inclinada, me daba miedo, pero eso movilizó mucho y a los estudiantes también. Se discutía mucho, se hacían paros en pro y en contra, era algo impresionante”.

En su juventud Cecilia participó en agrupaciones sociales. Empezó a militar políticamente en 1967 en el Partido Demócrata Cristiano (PDC). También en aquella época, a través de su hermana, vivía de cerca la lucha sindical. “Los grandes terratenientes y latifundistas recibían beneficios del Estado y eran como los que mandaban. La gente pobre se empezó a ir a Montevideo a formar los cantegriles en la periferia de la ciudad. Y veía que por eso nadie hacía nada”.

Otro tema que “me golpeaba mucho era la jubilación: vos podías trabajar pero si no tenías un político que la moviera era complicado. Así pasó con mi padre, que fue trabajador rural y como era militante y estaba en las listas del partido blanco tuvo esa facilidad. A veces tenía que ir a Montevideo, a la oficina de algún diputado, pero si no podían pasar años. Había muchas cosas que me movilizaban y todo el contexto internacional también”.

El asado de la discordia

En 1969 Buschiazzo se integró a la asociación de profesores del liceo, pero por causa de las medidas prontas de seguridad del entonces presidente Jorge Pacheco Areco no se podía hacer reuniones. Los bancarios de Juan Lacaze habían hecho una huelga grande y los habían metido presos; igual los obligaban a trabajar y los traían desde el cuartel de Colonia. Me acuerdo que una amiga llevaba la hija a la salida del banco para saludar al padre”.

En el primer aniversario de la muerte de Líber Arce el gremio estudiantil del liceo planteó a los profesores hacer una actividad en conjunto. “Para decidir eso teníamos que reunirnos y no sabíamos cómo, porque estaba prohibido”. Entonces, como se cumplían 25 años del liceo, resolvieron organizar un asado en el parador La Sombrilla de Playa Verde.

“No habíamos empezado a comer cuando llegó la policía y nos llevó a todos”, rememoró. “Éramos 13 docentes, seis mujeres y siete hombres, y nos tuvieron toda la noche en la comisaría. Al día siguiente fueron estudiantes del gremio con otros profesores a preguntar por nosotros, pero nos mandaron al cuartel de Colonia donde estuvimos 15 días. Por un asado (ríe)”.

A algunos les hizo muy mal. “Fue una cosa muy fea, un atropello a los derechos. Éramos sólo un sindicato, no estábamos haciendo nada malo”. En esta época empezaron las movilizaciones textiles constantes en Juan Lacaze, adonde también llegó la marcha de los cañeros que bajaban desde Artigas denunciando sus malas condiciones laborales. “Había mucha injusticia social, y tenías que ser muy insensible para no darte cuenta de lo que estaba pasando”.

En 1968 Buschiazzo se casó con Aldo Vaia, que trabajaba en el sector administrativo de la textil Campomar donde por entonces habían constituido una agremiación.

Su ingreso al MLN

“El movimiento por supuesto que era ilegal. Llegaban a ti en una conversación personal y ahí decidías y en caso de que no quisieras tenías que olvidar a esa persona que al hablar contigo también se arriesgaba. Había que ser muy cuidadoso con el reclutamiento porque tampoco podían estar muy expuestas, tenía que ser alguien que pensara igual pero que pudiera pasar desapercibido. Nadie podía saber lo que estabas haciendo, era difícil y más en un pueblo. A mí me llegó una persona de acá, había sido mi profesora de inglés. Fue en 1970. Y me dijeron que lo que más se duraba sin caer presa eran dos años (ríe)”.

En aquel momento el MLN había secuestrado a Dan Mitrione, funcionario del FBI (EEUU) quien asesoró al gobierno uruguayo en la práctica de torturas. Los tupamaros lo secuestraron y a cambio de su liberación pidieron la libertad de todos los presos políticos, algo que Pacheco Areco rechazó y el MLN lo ejecutó. “No te podría decir si eso estuvo bien o mal, pero generó mucha más tensión con los militares en la calle”.

La iniciación en el MLN comenzaba con la formación ideológica. Había algunas acciones que no se realizaban en el interior, pero algunos integrantes asistían a otros grupos tupamaros en Montevideo. “Luego venían ejercicios prácticos, gimnasia, contacto con las armas, aunque acá no se podía hacer mucho más que cargarla y manipularla, porque no había lugar para disparar”.

Había gente que se preparaba más para la parte militar, pero Buschiazzo estaba en la parte de propaganda. “Trabajaba con dos compañeras, dábamos cuenta a un encargado y él se conectaba con los otros sectores. Cuando se escaparon de la cárcel de Miguelete una cantidad de mujeres, había que distribuirlas, darles un lugar para vivir, alimentarlas, necesitaban ropa; con todas esas cosas teníamos que colaborar”.

Como ya no había lugares para ocultar a esas personas, el MLN implementó el plan Tatú: agujeros en la tierra con piedras como escondites, las famosas tatuceras con las que nunca estuvo de acuerdo. “Muchas de las personas que cayeron se encontraron por esa vía. De Juan Lacaze cayeron muchos por Espinillo, un paraje próximo a la entrada de Mercedes. Un vecino se acercó, vio que había movimiento, avisó al cuartel y hubo un tiroteo, gente que murió y otros cayeron presos”.

Golpes en el zaguán

A Buschiazzo la detuvieron el martes 3 de julio de 1972. A su esposo ya lo habían llevado en abril por vinculaciones con Espinillo. “Ahí también habían caído varios lacazinos del MLN como Nito Pino, el Petrolero Collazo, Cristina Ansoleaga, Terry Madero, entre otros.

“A mi casa del Barrio Charrúa la allanaron varias veces. Cuando Nito Pino cayó tuvimos miedo. Ya habían metido presa gente que nunca hubiera imaginado que pertenecía también al MLN. Cuando vinieron a llevar a mi marido pensé que me llevaban a mí, pero no”. Pasados tres meses pensó que nadie la “había cantado” y que no la detendrían, pero se equivocó.

En un escenario de sindicatos disueltos, de “trabajar sin chistar aguantando lo que sea”, con Secundaria intervenida y divisiones internas entre los docentes, un día que participaba en una reunión de calificaciones el secretario del liceo le avisó que la buscaban, pero no le dijo quiénes. “Cuando llegué a mi casa me estaban esperando en la calle Treinta y Tres, hoy Vaimaca Pirú”.

Según Buschiazzo la organización del MLN, sobre todo en el interior, tenía muchas fallas y sus operativos y acciones requerían una profesionalidad que nunca tuvo. “Eso sin duda fue una gran falencia”, opinó. “No es como dicen que el golpe de Estado fue por el MLN, fue después porque los tupamaros estábamos todos presos, muertos u otros que habían escapado al exterior. El MLN se había desintegrado. Fue contra los gremios, los diferentes partidos políticos que eran legales; acá se tuvo que ir gente justamente por eso”.

Reclusa de una cárcel fantasma

Luego que la detuvieron la llevaron al cuartel de Colonia donde permaneció durante un año y medio. En septiembre de 1973 la derivaron al cuartel de Mercedes y desde ahí fue trasladada a la cárcel de Paso de los Toros en febrero de 1974, donde permaneció durante dos años. Se estima que aproximadamente 200 mujeres fueron encarceladas allí. “No se encontró ningún documento ni registro de que estuvimos ahí, ni siquiera un plano de la cárcel. No figuraba en ningún lado, parecía como que eso nunca hubiera existido”.

Buschiazzo recuerda que en Paso de los Toros las reclusas podían hablar entre ellas y, si bien se distribuían en celdas, durante el día podían circular e ingresar en otras, juntarse para estudiar o hacer manualidades. “La cárcel estaba en una calle céntrica, pero nadie sabía que existía, casi no se veía de afuera. Había una comisaría, un muro, un portón y atrás del muro estaba la cárcel. Hay gente de Paso de los Toros que cuando fuimos a presentar el libro decía que allí no hubo una cárcel de mujeres, pero la cárcel está solo que ahora es de presos comunes”.

Al lado había un cuartelillo de bomberos. “Es raro porque la gente iba a visitar, y los niños veían a sus madres. Me acuerdo que mi hermano viajaba a Paso de los Toros y el almacenero que le vendía cosas para mí le decía: ‘se lo voy a envolver en diario porque así de paso leen las noticias’ (ríe). Yo tuve que ir dos veces a Montevideo, al juzgado, y te llevaban en tren con el uniforme gris. Ibas en un jeep o a veces caminando, porque la estación queda cerca, con dos o tres soldados atrás. No sé cómo pudo haber gente que no se daba cuenta”.

Había celdas para cuatro personas y otras para dos. Había nichos de cemento y arriba cuchetas. Una vez por semana la organización venía a nombrar a las encargadas de limpiar los vidrios grandes donde almorzaban, bajar del jeep los tachos de comida, lavar el tacho que era inmenso. “No había malos tratos. Por ahí de vez en cuando en los cambios de turno nos cerraban la celda, para ver qué pasaba, pero era una provocación para ver qué hacías. O si no venían y hacían allanamientos, te sacaban al patio y te revisaban la celda, te tiraban todo lo que había, las fotos de los familiares, papeles, hacían terrible desparramo. Entonces vos, calladita, tenías que juntar porque te miraban a ver qué hacías (ríe)”.

A veces pasaban muchos días encerradas y pedían para hablar con el comandante. “Me acuerdo que había compañeras que tenían problemas de salud y no podían comer los guisos de cordero, entonces les daban churrasco, pero en verano los churrascos venían todos podridos y se lo planteamos al comandante. No nos creía: ‘Son cosas de ustedes’, decía. ‘Puede ser con el calor, algunas puntitas’. Nos tomaban bastante el pelo, pero a veces podías lograr algo “.

La sororidad y la resistencia

Buschiazzo destaca la organización entre las internas y la solidaridad. “La comida que nos llevaban se repartía, porque era importante la alimentación. Después con los años se notaba que estábamos mal alimentadas. En el sector mío éramos 50 y había una sola ducha. Teníamos que hacer turnos para ducharnos y se respetaban estrictamente porque el agua no alcanzaba para todas. Eso lo lográbamos con disciplina. Si alguna no quería bañarse le dejaba el lugar a otra, pero teníamos que hacerlo muy rápido porque tampoco daba el agua caliente, entonces una se bañaba, la otra se vestía, todo coordinado y rápido”.

Lo que más le impresionaba era el tema de las madres con sus niños. “No podía entender cómo se daba esa separación. Todavía no tenía hijos, pero después que los tuve fue peor porque pensaba lo horrible que debió haber sido para esas mujeres tener que separarse de sus hijos. Algunas tenían suerte y quedaban con su pareja o un familiar cercano, pero a veces quedaban con algún abuelo o tío que no era cercano con la madre. Era algo doloroso”.

En Colonia la jueza le había dicho que sería juzgada con la carátula de “atentado a la constitución, asociación para delinquir en grado de conspiración, seguido de actos preparatorios, etc. “Entonces le pregunté a la jueza ‘¿Cuánto es lo mínimo?’, me dijo de dos a seis años por lo menos, pero dos como mínimo. Lo hice más que nada para organizarme. Si vos estás pensando todo el día que vas a salir eso te mantenía en un estado de angustia porque vivís esperando poder salir, pero no sabés cuándo. Tenía que organizar mi vida, algo tenía que hacer”.

Buschiazzo recordó que las reclusas tenían horarios para leer. Leían novelas, pero también hacían pasar libros camuflados, con una tapa por fuera y adentro era un material que estaba prohibido. “Un día quise entrar una Biblia y me la quemaron; dos por tres hacían quema de libros (ríe). Cuando venían las requisas y nos sacaban al patio, todas nos habíamos hecho almohadones para sentarnos a escuchar la radio, y adentro de los almohadones metíamos los libros prohibidos”.

A Paso de Los Toros llegaba gente que había sido salvajemente torturada e incluso violada, muchachas de 18 y 19 años que no podían hablar de eso con nadie, ni siquiera con sus padres cuando venían de visita. “Unas veces hablábamos entre nosotras, pero era muy poco. Supimos sí a quienes les había pasado, pero eso quedó y no se hablaba. Tratamos de ayudarnos entre nosotros para que el tiempo no nos fuera destruyendo, salir bien de ahí, para después poder empezar una nueva vida y bien. Fue también una forma de resistir”.

Una noche se estaban acostando y un soldado las estaba mirando. Entonces fueron y le dijeron a la guardia que era mujer. “’Ah, es la imaginación de ustedes’, nos decía. Y yo decía por dentro ‘¡La mato! ¡La reviento!’ (ríe). Y después nos reíamos, qué íbamos a hacer. Hacíamos todo lo posible por pasar bien”.

De noche jugaban al truco, pero debían estar atentas porque a esa hora tenían que estar todas durmiendo. “Me acuerdo que una vez una guardia vino de imprevisto, no la sentimos y una de las compañeras se hizo la desmayada. En eso miro de reojo, nos dimos cuenta, y empezamos a abanicarla y la guardia se creyó que estaba mal (ríe). ¿Te imaginas lo que significaba para nosotros? Fue a buscar a otra compañera médica que estaba en otro sector, la trajo y todos le hacíamos seña como para que viera que era mentira y después me pellizcó como diciendo que me quedara tranquila que sabía lo que pasaba (ríe)”.

Había cosas feas. “Te nombraron para juntar los puchos en el patio de piedra. Entonces estaban los milicos fumando, y mientras vos ibas juntando los puchos ellos los iban tirando a propósito. Me acuerdo que un día me tocó a mí: me sacaron de la celda en un día de calor y humedad, y una compañera me preguntó si me había tocado. ‘Por suerte’, le dije, ‘así tomo aire fresco’, y escucharon y me mandaron para dentro de vuelta (ríe). Esas cosas pasaban, pero tratábamos en lo posible que no nos hirieran”.

“Me sentí más segura adentro que afuera”

Cuando salió de la cárcel en 1976 su esposo Aldo Vaia ya estaba afuera. “Fue difícil porque ninguno de los dos tenía trabajo, y dos por tres nos allanaban la casa. La orden era que me tenía que presentar en el cuartel de Colonia cada 15 días, y él también porque teníamos libertad vigilada. Cada vez que salía del pueblo tenía que avisar a la comisaría”.

Comenzó a dar clases particulares a estudiantes de secundaria, pero la policía le cuestionó el objetivo de esas reuniones. Todos los docentes que habían caído presos por cuestiones políticas no pudieron trabajar. Su esposo empezó a reparar radios y televisores, y como también sabía de electricidad trabajó en las instalaciones de las viviendas de INVE en el Barrio Charrúa. “Eran changas que hacíamos y por suerte teníamos casa propia. Sobrevivíamos. Yo hacía algunas manualidades que aprendí en la cárcel. Hacíamos quinta en casa, teníamos gallinas, vivíamos con lo justo”.

Su hijo Luciano nació el 12 de noviembre de 1977 y el 15 ella debía presentarse a la comisaría. “El médico nos hizo un papel y el comandante nos pidió que volviéramos en la semana siguiente. Estaba amamantando a mi hijo y lo tuve que llevar. Me hicieron esperar en la calle como dos horas hasta que por allá me pidieron la cédula y me hicieron entrar”.

En determinado momento surgió un llamado laboral en Campomar y se presentó, pero el funcionario que la entrevistó le dijo: ‘Ah, no. Usted no, estuvo en contra de nosotros’. Buschiazzo lo conocía del PDC y era uno de sus referentes. “Todos los militantes éramos jóvenes y las pocas personas mayores que había me daban seguridad. Lo veía a él y pensaba: ‘tan mala no debe ser la izquierda si está este hombre’, pero como que aquellos años lo cambiaron”.

Sin trabajo y con un niño de dos años la situación económica se complicó. Además, todo el tiempo “te interrogaban: te preguntaban con quién saliste, con quién no saliste, por qué. A las personas con quienes te juntabas también las interrogaban. Algunas de mis compañeras de Paso de los Toros habían vuelto a caer presas. Te sentías más segura adentro que afuera. Porque en la cárcel tenía todo ese apoyo, esa contención de mis compañeras, pero afuera me sentí sola. Tampoco sabías con quién podías hablar, no era fácil”.

Y empezaron a “darse casos de desapariciones de niños, de robos de bebés recién nacidos, habían matado al hijo del Dr. Hugo Dermit que estaba preso, lo dejaron en libertad y después en la comisaría lo interrogaron y lo torturaron tanto que lo mataron. Lo mismo pasó con Nito Pino. Esas cosas también nos impactaron y sabíamos que iba a empeorar”.

Cada vez había más control sobre quienes tenían libertad vigilada y entonces decidieron irse. Fue en 1980. “Un grupo grande estaba por emigrar, entre ellos Teto Lagos, Chiquito Torres; habían conseguido una vía para salir más o menos seguros y nos fuimos. Primero fuimos a Río de Janeiro para que nos aceptaran como refugiados políticos. Teníamos que transmitir nuestra situación y esperar para ver si te aceptaban o no”.  

El miedo a que los deportaran estaba latente, pero al final los aceptaron y decidieron irse a Suecia porque era el país que los podía recibir mejor. “Aprendías tres meses del idioma sueco, los niños iban a una guardería y después el propio gobierno te sacaba o te conseguían un trabajo, había una infraestructura y gente que ya estaba allá y te cuidaban mucho más”.

Estuvieron cuatro meses en Río de Janeiro y después se fueron. Ese tiempo fue muy desgastante. “Desde que salí de la cárcel no sabía lo que era poner la cabeza en la almohada y dormir tranquila. Después que tuve un hijo, menos. En cambio, cuando nos fuimos de Brasil y llegamos a Dinamarca, que tuvimos una espera como de ocho horas para entrar a Suecia, fuimos a un hotel y apenas apoyé la cabeza en la almohada parecía que hacía siglos que no dormía (ríe), me dormí profundamente, fue una cosa instantánea: ‘Acá no hay peligro’”.

La vuelta postdictadura

Durante el exilio se separó de su esposo, y más tarde conoció al argentino Carlos Ballesteros con quien convivió por más de 20 años y tuvo una hija en 1982: Ana. A fines de 1985 Buschiazzo volvió a Uruguay con su familia; la restituyeron en Secundaria y empezó a trabajar en Montevideo. “A Luciano le costó acostumbrarse a las cosas de acá ya que prácticamente se crio en Suecia. Hablaba español normal, pero la jerga que utilizaban los chiquilines no la entendía”.

El hecho de haber vivido en una cooperativa de viviendas en Malvín Norte facilitó las cosas, porque la escuela estaba allí mismo y no había necesidad de desplazarse. “Vivíamos de forma normal; los sueldos de Secundaria eran un poco bajos, después vino el gobierno de Lacalle y nos puso impuesto a los sueldos, la peleamos como todo el mundo”.

Con algunas de sus compañeras de Paso de los Toros se encontraron en Río de Janeiro y en Suecia. “Para mí eran como hermanas”. En 1986 muchas volvieron y luego un ciclo de talleres sobre Derechos Humanos organizado por la Facultad de Humanidades hizo que se reencontraran. “Al principio se hacían reuniones anuales, pero solo de las que habían estado en la cárcel de Punta de Rieles. Luego nos empezamos a encontrar una vez al mes en algún apartamento en Montevideo, y a contarnos la vida, ya algunas con hijos grandes, fue muy lindo”.

Buschiazzo dijo que nunca recibió ningún tipo de resarcimiento porque cuando salió la jubilación para ex presos políticos ya estaba por retirarse de Secundaria. “Yo me jubilé en el 2000. Pensaba seguir trabajando un tiempo más porque podía tomar algunas horas de Idioma Español, pero mi hijo empezó a tener problemas de depresión y me jubilé totalmente”. Si bien los años que estuvo presa fueron tenidos en cuenta para la antigüedad, “por parte del Estado nunca recibí nada, y no me siento reparada para nada”. Unas 30 personas de Juan Lacaze integraron el MLN. Actualmente unos 15 siguen viviendo en la ciudad, algunos fallecieron y otros permanecen en el exterior. Buschiazzo no entiende cómo todavía los ex tupamaros sabaleros no se han juntado, y compara con las ex presas de Paso de los Toros en cuyos encuentros no importan religión, ni partido político, sino la experiencia compartida. “Nosotras también tenemos discusiones cuando nos juntamos. Discutimos, pero no nos peleamos, y aunque pasaron 43 años hasta el día de hoy necesitamos reunirnos todos los meses”.