Mercedes Pérez de Soca, ex embajadora de “la Granjita” en Montevideo

Mercedes Pérez de Soca, ex embajadora de “la Granjita” en Montevideo

Justo cuando la Granja «La Esperanza Sabalera» de Juan Lacaze completa 30 años de su creación en medio de problemas serios de financiamiento, traemos del papel a Internet una entrevista publicada en setiembre de 2005 a Mercedes Pérez de Soca, quien falleció en 2018 tras varios años de colaboración en Montevideo.  

Cuando se vive cada tercio de la vida en tres lugares diferentes, cuesta reconocer adónde se pertenece. Mercedes Pérez de Soca tiene 80 años y vivió el tercio del medio en Juan Lacaze. Fue casual, pero allí nacieron dos de sus hijos, conoció el esplendor y la decadencia industrial y, en los años 80 -tras el fallecimiento de su esposo-, descubrió que el trabajo social y la solidaridad alientan la vida.

Mercedes Pérez nació en Montevideo, vivió a pocas cuadras de la rambla de Pocitos y asistió a la Escuela Brasil, pero nunca dice que es montevideana. Tampoco se reconoce rionegrense a pesar de haber vivido en Fray Bentos desde niña adonde viajó arrastrada por su madre para acompañar a su abuelo que estaba enfermo, y más tarde conoció a su esposo. Fue a regañadientes. “Mi madre me contaba que en Fray Bentos las calles eran de tosca y ¡fíjese cambiar Pocitos por aquellas calles! Dicen que lloraba porque se me ensuciaba la suela de los zapatos”.

Pérez volvió unos tiempos a Montevideo a vivir en la casa de sus tíos, pero la economía de Fray Bentos resplandecía al influjo del frigorífico Anglo, y cuando se enamoró de su futuro esposo ya no quiso moverse. Se casó en 1948, el año que Uruguay firmó el convenio de carnes con Gran Bretaña. Soca era de Minas, trabajaba en el sector de hotelería y consiguieron dirigir su propio hotel.

Fueron años formidables. “Integrábamos un grupo de cinco matrimonios jóvenes e íbamos todas las noches a la confitería: un farmacéutico, el actuario del juzgado, el jefe de Policía, un diputado que quería meterme en la política y a mi no me gustaba, y pasábamos muy bien. Teníamos veinteypico de años y andábamos en auto alrededor de la plaza y la gente nos criticaba. El peso que tuve lo disfruté con mi esposo ¡qué mejor!”.

Por 1955 ya tenían su primera hija, Diana, y Pérez estaba embarazada de la segunda, Mónica, cuando surgió la posibilidad de comprar un hotel en Maldonado. Sin embargo, terminaron comprando el hotel Aicardi en Juan Lacaze, establecimiento que gerenciaron hasta su cierre definitivo.

EL TERCIO DEL MEDIO

Ella tenía 30 años y ningún conocido en la ciudad. Su esposo también se empleó en ANCAP.

El público del hotel estaba compuesto por corredores de comercio, equipos de vendedores y técnicos que trabajaban en las fábricas. Gerentes de la textil Campomar como Nicolás Pisú y Jorge Varela se habían hospedado allí mientras concluían sus viviendas. “Se trabajaba muy bien: al comedor venía mucha gente que trabajaba en la fábrica y ¡había que ver cómo gastaban!”. Su tarea era supervisar a las mucamas y al resto del personal. “Por la cocina pasaba rápido porque no me gusta cocinar”.

Sus hijos recuerdan el hotel por “las cosas” que hacían en carnaval desde el balcón que asomaba a la calle y de las que su madre sólo se enteró cuando ya eran grandes. Ella dice que tiene “lindos recuerdos” de esta época pero lo dice sin convicción. “Soy un poco indiferente a todo, tanto a lo bueno como a lo malo”.

Por entonces el puerto “era una belleza por la cantidad de barcos que venían. Había que ver cómo se movía”. Fue una época dorada –“nosotros trabajábamos mucho y también gastábamos mucho”-, pero cuando la fábrica empezó a aflojar la clientela también decayó”. Lentamente los vendedores a domicilio se fueron retirando, “la Casa Carballo fue decayendo, igual que el bar que estaba al lado del hotel”. Con el tiempo el propio hotel dividió su hall central para albergar una heladería y luego una peluquería.

LA ESPERANZA SABALERA

Tras la muerte de su esposo en 1983, Pérez demoró en comprender que su vida continuaba. Sus hijos menores vivían en Montevideo y plantearse nuevos objetivos era muy trabajoso. Sin embargo, un día que resolvió enviar a Gabriel unos muebles en desuso, el camión que los transportaba volcó y hubo necesidad de repararlos. Así conoció al carpintero Juan Aguirre, por entonces desarrollando -en un rollo de papel de tienda-, la idea de un espacio de formación laboral para jóvenes discapacitados. 

La propuesta aun no estaba pronta así que primero la impulsó a dedicarle tiempo a la Biblioteca José E. Rodó, a estudios sobre forestación, y a la Asociación de Jubilados presidida entonces por Ademar Fernández. “Era una comisión de ocho o diez personas todos hombres. La única mujer era yo, pero a Pocho (Fernández) le parecía bien porque mi presencia les hacía cuidar el lenguaje”. Allí participó en reuniones y junto a Fernández, Mombrú y Lagos intervino en la audición radial que se transmitía por la Emisora del Oeste. “Me sentía cómoda con ellos: me trataban con cariño y con respeto”.

En la Biblioteca era al revés: “Éramos todas mujeres y había nada más que dos varones, pero también nos llevábamos muy bien”. En la segunda mitad de los años 80 la Granja para Jóvenes y Adultos Discapacitados comenzó a tomar forma. Ella pasó a frecuentarla y nunca más dejó de admirarse por “la destreza con que los muchachos elaboran unos quesos con sabores riquísimos”. Cuando resolvió radicarse en Montevideo con sus hijos, Aguirre la designó coordinadora honoraria de la Granjita.

EMBAJADORA EN JACINTO VERA

Durante años realizó trámites ante el Banco de Previsión Social y otros organismos públicos, visitó embajadas e instituciones estatales en procura de apoyo, y divulgó el proyecto en espacios periodísticos.

Desde que retornó vive en el barrio Jacinto Vera y merienda todas las tardes en la casa de su hijo que está a cinco cuadras. Una nochecita de mayo, cuando volvía a su apartamento, tropezó en la vereda y se golpeó la cabeza. El accidente afectó su visión drásticamente y ahora se siente “muy disminuida”. No se descarta que pueda recuperarla, por lo menos en un ojo, pero mientras tanto aguza los otros sentidos. “El aprendizaje es duro, pero pienso que peor hubiera sido quedarme en una silla de ruedas. Por lo pronto me puedo movilizar y con la compañía de ellos puedo caminar, porque yo era de andar mucho”. Pérez define a sus hijos como sus “tesoros”, y ni qué hablar de sus cuatro nietas, hijas de Mónica, la mayor de las cuales vive con ella y estudia Arquitectura.

En Montevideo, salvo sus hijos, no tiene otros familiares. “Se han volado”, define. “A veces de noche cuando no puedo dormir me pongo a repasar: tal familia, no queda nadie; y por la familia de mi padre queda sólo una prima que tiene 94 años y es la primera otorrinolaringóloga del Uruguay. Somos las únicas que quedamos. A semejante edad no se puede pretender mucho”. Sin embargo, le “encanta” tener la edad que tiene, le parece “una cosa tan rara …”

En la pared de su sala cuelga un reconocimiento que recibió en 1997: “De la Granja para Jóvenes y Adultos discapacitados a Mercedes Pérez de Soca en reconocimiento a su invalorable trabajo en pro de la Granja”. Ella cree que en realidad la que resultó beneficiada fue ella, “por el hecho de que como estaba sola necesitaba ocuparme de algo. Es verdad que trabajé, pero lo disfruté”. 

Luis Udaquiola