Maestro Jesualdo Sosa: “pedagogía de la expresión” en Canteras del Riachuelo

Maestro Jesualdo Sosa: “pedagogía de la expresión” en Canteras del Riachuelo

Por Elena Abeledo

En octubre de 2004 la revista “Quehacer Educativo” publicó una semblanza del maestro Jesualdo Sosa en víspera del centenario de su nacimiento que se cumplió en 2005. A través de una entrevista “ficticia” –apoyada en abundante bibliografía y los propios textos de Jesualdo-, la estudiante de literatura Elena Abeledo exploró acerca de los orígenes de su vocación, de su “pedagogía de la expresión” y de la experiencia de extensión cultural llevada a cabo en Canteras del Riachuelo (Colonia) de 1928 a 1935. Abeledo es profesora de Análisis y Producción de Textos en la Escuela Técnica de Paysandú, y estudiante de Literatura e Idioma Español en el Instituto de Formación Docente de ese departamento. A seguir, algunos trechos de la “entrevista”.

Jesualdo Sosa nació el 22 de febrero de 1905 en Tacuarembó. Tenía cinco años cuando su familia se estableció en Tranqueras, departamento de Rivera. Allí cursó sus estudios primarios hasta 5° año.

Elena: Mi primer pedido es que nos cuente acerca de su niñez en la escuela.

Jesualdo: Mi niñez, que fue la de un niño sensible, medroso e inquieto, había corrido sin mayores descalabros, mientras tuve maestros que no le dieran mucha importancia a las particularidades expresivas de sus alumnos, a sus   “originalidades”, y todo sucediera un poco sin llamar la atención: ni la del maestro al niño, ni viceversa. Pero cuando mis intereses desbocaron en el campo de los “porqués” y de las “razones”, mi vida empezó a ser intolerable, no sólo en mi casa, sino en la escuela. Este martirio infantil hizo crisis un día en una clase de composición.

LA VOCACIÓN DE MAESTRO

Elena: Podemos decir que ahí nace su vocación de maestro…

Jesualdo: Desde ese día comenzó mi rebelión, como si ese incalificable abuso del maestro fuera el descubridor de las aptitudes vocacionales para la enseñanza, que dormían en mí. No ya más la boca lacrada frente al obtuso torturador. Cada momento nuevo -que me relacionaba con el mundo- me traía nuevos conceptos; palabras distintas que sufrían en mi mente procesos de recomposición; pensamientos originales; pero ¿dónde dar rienda suelta a esas entidades del pensamiento, si en mi casa ello era la “preocupación” de mi madre y en la escuela no alcanzaba más que la burla de mis maestros? Y a medida que esta soledad me torturaba, mi decisión se tornaba más irrevocable; sería maestro para realizar un día en los niños lo que la escuela no realizaba, no comprendía, se burlaba o les privaba de hacer. Muchos años de penurias, contrariedades, desengaños y calculadores en mi tránsito, dieron cuenta de esta vocación y fui maestro.

Elena: ¿Dónde falla nuestra escuela actual?

Jesualdo: Su cometido queda reducido al de la “formación cultural”, seriada, para las exigencias de una sociedad preferentemente mercantil, que no necesita, por otra parte, de una evolución muy profunda de la individualidad. Le bastan los ajustes psicológicos y “la escuela a la medida”. Pero no el “desentrañamiento de aptitudes” a la medida de la expresión, aliado indispensable del niño para mejor situarlo en el drama social que le tocará vivir, y que le sirva para aumentar su eficiencia personal en la acción colectiva.

Elena: ¿Y usted optó por irse de la capital?

Jesualdo: Sí, un día salí huyendo de la capital, para enterrarme en esa aldea solitaria sobre el Río de la Plata. Salí huyendo, asqueado, de esa escuela, que es la mentira de la escuela de nuestro país. Salí huyendo de esos Institutos adonde fui ingenuamente a hacerme MAESTRO y de donde salí deshecho, desarticulado, sin un centigramo de orientación, la cabeza llena de vaciedades inoportunas y de contrasentidos ridículos. ¡Métodos, planes, lecciones modelo, crítica, sistemas, que se vayan todos al diablo! Todo eso no había sido más que la mentira eslabonada. No conocí al niño, no conocí mis deberes, no llegué a saber de mis derechos, tampoco. Lo único que me legaron a fuerza de exámenes, fue un conjunto frío de teorías y citas, que ellos llaman enfáticamente ¡cultura!, porque ni afecto llegaron a crear en mí esos pedagogos, forjadores de maestros, que se destrozaban llenos de veneno, los unos a los otros y que, aún ahora, siguen embutiendo teorías a los muchachos, con la misma indiferencia que a mí en ese entonces.

LA EXPERIENCIA DE EXTENSIÓN CULTURAL

Canteras del Riachuelo fue fundado por los Valdenses en 1887. Tuvo un período de gran prosperidad a principios del siglo, cuando vivían en él alrededor de 1.000 familias que se dedicaban fundamentalmente al trabajo en las canteras de granito o balasto así como en la extracción de arena, productos estos que se exportaban a la Argentina casi en su totalidad.

Frente a la lomita, dominando el caserío como sintiéndose orgullosa a pesar de su humildad, estaba la Escuela No 56. Esta no era más que un galpón de techo y paredes de cinc; unos pocos cuartos del mismo material eran el albergue de los maestros. El local era caliente al extremo; y frío, tremendamente frío en los meses de invierno. Cuando llovía, el golpeteo del agua en el cinc era en verdad un tormento enloquecedor.

En 1928, Jesualdo contrajo matrimonio con la maestra María Cristina Zerpa, directora de la Escuela No 56. Allí permanece hasta 1935 y continúa su experiencia ya iniciada en Montevideo sobre la expresión infantil.

Elena: Usted se traslada a Canteras del Riachuelo y continúa la experiencia comenzada en la escuela Experimental No 1 de Montevideo…

Jesualdo: Me propuse, en una escuela de cuatro maestros -cuando inicié mi trabajo-, hacer con los repetidores de tercero un curso de “Extensión cultural”, al que muy enfáticamente los propios niños llamaron al principio de “Perfeccionamiento”. Mi camino didáctico no era muy claro. Sólo me guiaba el ansia de proseguir mis experiencias anteriores en la expresión, iniciadas en la capital; crear el ambiente para desentrañar sus expresiones en vista de los conocimientos que debían adquirir; en una palabra, saber hasta dónde, por ese camino de su particularización expresiva, ellos alcanzarían el conocimiento que me prometía transmitir con la menor cantidad de coacción posible.

Elena: ¿En qué consistió su programa de Extensión Cultural?

Jesualdo: Tan pronto como nos propusimos trabajar, nos apareció la primera divergencia entre el oficio teórico de mi función, lo que hacía mi razón pedagógica, y la realidad “real” que debía vivir este teorismo. Y en la práctica las dos posiciones sociales de la aldea: o yo respondía con mi trabajo a los intereses de la Empresa explotadora de la región, o a las necesidades e intereses de los habitantes de la aldea, en su mayoría, obreros y gregarios de la Empresa. Sin entregarme abiertamente a mi posición planteada, desde luego, me decidí por la aldea y los habitantes, porque allí empecé a tener una nueva medida de mis relaciones humanas y el verdadero concepto de las contradicciones sociales que vivía.

LIBERTAD PARA ALCANZAR EL CONOCIMIENTO

Orientada la labor en ese sentido, más por lealtad humana a los acontecimientos que vivíamos que por una intención determinada, vi que el análisis debería ser una de nuestras mejores armas y me propuse conciliarlo con las obligaciones programadas; de este modo, por medio del análisis, podríamos alcanzar a desentrañar los problemas de la cultura.

Pero, prácticamente, ¿cómo hacerlo?

En principio, sencillamente discutiendo los conocimientos programados. Y de ellos ir tomando lo que surgiera de la discusión, aireado y en condiciones de asimilación. Eso era lo más fácil y a nuestro alcance; no significaba nuevas estructuraciones en la organización escolar; ni métodos costosos materialmente o de difícil aplicación, ni nada. Esto era sencillo. Eso sí, todo lo que sucediera a nuestro alcance, debería ser discriminado atentamente y extraer de ello alguna consecuencia positiva. Con esa preocupación respondíamos, por otra parte, a una faz importante de la enseñanza racional que nos interesaba; tratar de satisfacer los “intereses actuales” de los niños, estableciendo la generación de sus procesos, de una manera absolutamente natural. El niño necesitaba un conocer -no se le “hacía” necesitar de él-, se reflejaba en su interés y la escuela trataba de colmarle. Para ello era necesario utilizar algunos elementos -instrumentos- de la “nueva” Pedagogía -nueva por renovada-, desde donde ellos empezaran a ser vitales para nosotros, justamente “revolucionarios”, que es cuando por lo general, dejan de ser utilizados por la Pedagogía burguesa; el “interés” por una parte; la “autonomía” del trabajo infantil por otra; la “actividad actual” todavía, y por medio de ellos tratar de organizar el sentido de libertad que pensábamos para alcanzar el conocimiento que fuera como una respuesta leal al interés actual del niño.

El sencillo hecho de relacionar, por ejemplo, la naturaleza que rodeaba la aldea, la piedra de sus canteras, su extracción, el salario del obrero, la producción, la exportación y sus utilidades como una unidad de proceso, formó la base general de todo nuestro conocimiento. Ni un gramo más de cultura sin relación, ni medida, ni análisis. En el orden vital -pensábamos-, están todas las geometrías, las físicas, las ciencias, las artes, las letras.

En cuanto al proceso de la experiencia, en su organización y otros aspectos, partiendo de esta preocupación, se puede resumir así: Cuando ya los resultados de mi clase -a los dos años de trabajo- se hicieron sentir no sólo en la escuela, sino en la aldea entera, las demás clases empezaron, por su turno, a organizar su trabajo de la misma forma, hasta que por último -cinco años más tarde-, la escuela entera, desde el grupo de los ingresantes que llamábamos de “adaptación” -y que los aceptábamos entonces de cinco años solucionando un problema del hogar trabajador- hasta los últimos años, estaban estructurados en un trabajo común, con las mismas normas y dentro de un plan general muy sencillo: la organización de la aldea.

OTRA ESCUELA PARA EL FUTURO

De este núcleo hacia fuera, el círculo se iba agrandando cada año, en cuyos horizontes entraban entonces el departamento, el país, el continente y, finalmente, el mundo entero en una progresión orgánica geológico-gráfico-económico-política cuyo centro, la aldea, el niño mismo, no había variado más que en profundidad, pero en cuya unidad de trabajo cabían los demás aspectos del conocimiento.

Elena: Y empezaron a aparecer visitas…

Jesualdo: Sí. Fue entonces cuando empezamos a despertar del sueño en que habíamos estado sumergidos durante varios años. Como consecuencia, aparecieron los cauces extraños e imprevistos. Sin que nos diéramos cuenta, antes que defensores, aparecieron los atacantes, justamente los que nos desconocían; en especial el cómodo burocratismo pedagógico. Pero dentro de la escuela, ya otros problemas consecuentes o paralelos al primero, nos conturbaban: la relación de la escuela y su medio, con el paso social futuro en momentos de bancarrota política del país; el empleo de esos alumnos preparados en tales condiciones: agudos en la expresión; analistas certeros; científicamente iniciados en Economía Política, Sociología, Filosofía, Historia, después de tantos balances de contradicciones realizadas; sus autodeterminaciones de aptitudes planteadas en cientos de preguntas y respuestas contestadas por ellos mismos en correctísimas introspecciones; en fin, que un mundo nuevo y amplio se abría ante nosotros, el mundo de otra escuela para el futuro. Empezó una serie de pequeñas persecuciones, sumarios, traslados, que me obligaron, por dignidad, a abandonar la escuela.

Elena: ¿Qué nombre daría a su trabajo?

Jesualdo: Vida aprendiendo. No cabe otro.