Formaron dos generaciones de bailarines. ¡Mira quién baila!

Formaron dos generaciones de bailarines. ¡Mira quién baila!

Los profesores de ballet clásico Helena Ochoa (68) y Héctor Arena Borioli (79), vivieron siempre en Montevideo, pero dedicaron buena parte de sus vidas a la docencia en el departamento de Colonia. Desde que se retiraron, a mediados de los años 80, nunca más volvieron. Es que, aunque bajaron un cambio, continúan muy ocupados enseñando una forma de bailar que en Uruguay pasó de moda. (Entrevista publicada originalmente en enero de 2007).

“En aquel tiempo todo el mundo hacía ballet. No es como ahora que parece que se fue de moda”, reflexionó Helena Ochoa. Ella no tiene una respuesta precisa -“me gustaría saberla”-, pero ensaya una explicación: “El nivel cultural bajó y es como una bajada de cortina en general”.

Ochoa estudió ballet clásico con la británica Vera Dalton y luego con el maestro Maxim Koch que volvía de cinco años de perfeccionamiento en Buenos Aires con el ruso Boris Kniaseff, “uno de los mejores maestros del mundo”.

Koch daba clases en Rosario –donde había nacido-, y por 1959 eligió a Ochoa para reemplazarlo. “Unos recomendaban a otros, así que a Las Piedras creo que fui indicada por unas maestras de Rosario, y más tarde comencé a ir también a Florida”.

Por esos años dirigió su propia academia y “con unas compañeras fundamos el Pro-Dance, una compañía de seis muchachas que aparecíamos en shows de televisión como ‘Casino Montecarlo’ y programas de moda. Nos hicimos muy conocidas”. En 1962 ingresó al cuerpo de baile del SODRE.

Ochoa trabajó 25 años en Rosario -tres o cuatro en Nueva Helvecia-, junto a las pianistas Quelita Núñez primero, y luego Nilda Davrieux, y al dibujante Walter Müller que se convirtió en su escenógrafo. En algunos períodos “viajaba en el primer turno de la mañana y retornaba en el último, y a veces ¡me tocaba venir parada!”

En 1983 su mamá se enfermó y ella renunció a los viajes a Rosario, Las Piedras y Florida. El grupo de Rosario fue el que le quedó “más grabado”. Recuerda el día que ganó el primer premio de la quiniela jugando al 890 por inspiración de una tarántula –la cábala correspondiente a la araña precedida de su número favorito-, que interrumpió un ensayo. Y la noche que fueron salvadas de morir asfixiadas por el escape de gas de una estufa a queroseno en la Biblioteca Varela.

NO SOMOS UNA MÁQUINA PARA CALIFICAR

Y lo que venía después de las fiestas de fin de cursos. “A veces las madres tomaban el papel de las hijas y nos reíamos hasta morirnos. Después venía la cena, el bailongo, y finalmente una caravana alrededor de la plaza tocando bocinas en la madrugada”.

En 1989, dos años después de la muerte de su madre, Ochoa fue designada vicepresidenta de la Asociación Latinoamericana de la Danza (ALD) constituida durante un encuentro de profesores en Uruguayana. En los años siguientes impulsó la creación del capítulo Uruguay de la ALD y organizó cuatro concursos: en 1993 en el Centro del Espectáculo de Punta del Este, en 1994 en la sala Carlos Brussa, en 1995 en el SODRE –“con varios percances porque los funcionarios estaban de paro”-, y en 1996 en el Teatro Solís en el marco del programa Capital Cultural. “Hubo 721 inscripciones y cuatro categorías con jurado específico para cada una: ballet clásico, ballet contemporáneo, ballet español y folclore”.

Ese año asistió una delegación cubana y recibió una invitación para asesorar un concurso en La Habana en 1997. No todo lo que vio le gustó, así que de vuelta en Montevideo atravesó un período de depresión. “Le pasa a la mayoría de los uruguayos que vivieron en Cuba”.

En 1998 reinició las clases en su casa de Jacinto Vera donde conserva las barras de Rosario, Florida y Las Piedras, y ya no quiso saber nada de concursos: “Veía que la gente se destruía. A veces uno ve que hay injusticias porque no somos una máquina para calificar, entonces todo lo que hace el ser humano está supeditado a los errores humanos. El concursante no lo puede aceptar, y a veces el que califica tampoco puede aceptarlo”.

Ahora está dedicada exclusivamente a la docencia. Tiene grupos de adolescentes que aprenden ballet clásico y grupos de señoras que mejoran su calidad de vida mediante la gimnasia-ballet. También cultiva flores –tiene 65 rosales-, y plantas “rarísimas” que le regalan y ella multiplica en el enorme patio de su casa.

¡YA TENGO NIETAS DE MIS PRIMERAS ALUMNAS!

Helena Ochoa y el también profesor de ballet Héctor Arena Borioli se conocieron en Montevideo antes de coincidir en la docencia en Colonia. “Ella arrendaba un local en la calle Julio Herrera y Obes casi Paysandú, y yo lo subarrendaba los sábados para dar clases”, contó Arena.

Su vocación nació a fines de los años 30. “Vi el ballet ruso en la inauguración del Teatro de Verano, y antes a Alejandro y Clotilde Sakharov, ¡una pareja de bailarines estupendos! Aquello me impactó y de ahí en adelante comencé a tomar clases y tuve la suerte de tener siempre maestros rusos, los primeros que llegaron al Río de la Plata expulsados por la guerra: Gala Shabewska, Tamara Grigorieva, Boris Kniaseff”.

También tuvo suerte con sus profesoras de arte dramático: Josefina Díaz y Margarita Xirgu, “dos monstruos sagrados del teatro”. Estudió piano –“llegué a dar conciertos a beneficio de la Unión de Ciegos del Uruguay”-, y francés durante ocho años en la Aliançe Française.

Un día que ensayaban con la rusa Grigorieva el ballet de la ópera “La novia vendida” de Federico Smetana, un maestro de música de Santa Lucía preguntó si alguien no querría dar clases en esa ciudad. Como nadie se propuso Arena levantó la mano. “Hace más de 50 años que viajo allí ¡y ya tengo nietas de mis primeras alumnas!”.

A mediados de la década de 1950 Grigorieva resolvió volver a Buenos Aires con su hijo y le transfirió sus cursos en Montevideo y en San José. Luego lo convocaron de Canelones y de la Escuela Municipal de Tacuarembó “que dirigía un hermano de Carlos Gardel: ‘el Pato’ Escayola. ¡Iba a dar las clases en PLUNA!”, recordó.

TEMPORALES DE AGUA, TORMENTAS DE MERCADO

A mediados de los años 60, mientras dirigía la Comedia Municipal de San José, el gerente bancario Walter Tappa lo invitó a dar clases de teatro en Carmelo. Primero creó el grupo de aficionados del Club Uruguay con más de 50 integrantes, y más tarde comenzó a enseñar ballet. “En aquel tiempo eran cinco horas de ONDA pero podía dormir. En la época horrible de los tupamaros la policía subía a los ómnibus y nos despertaba, y me sacaban los lentes, una época espantosa”.

En el departamento de Colonia, salvo en Tarariras, dio clases de ballet en todas las localidades, y también en las vecinas Cardona y Rodó de Soriano. “Hacía 7.000 kilómetros por mes; me iba de mi casa los miércoles y regresaba el sábado de noche. Cuando viajaba en auto lo paraba a un costado de la carretera para dormir, y luego continuaba”.

Durante más de dos décadas capeó todos los temporales. “En 1959 cuando las inundaciones se llevaron todos los puentes de la ruta 5, el avión no salía, pero yo igualmente fui”. Cree que es una disciplina que heredó de sus maestros.  

También resistió, mientras pudo, las tormentas del mercado y las crisis industriales. En Colonia –donde acudió por iniciativa de la profesora de piano Graciela Pegazzano-, tenía “70 y pico de alumnos y un buen día la Intendencia abrió una escuela, quedé con siete y ya no volví. La Escuela Municipal continúa aunque con poca gente, y además tengo una ex alumna, Marcela Bianchi, dando clases”.

En Juan Lacaze trabajó en el Club Cyssa “durante años” y luego la actividad también decayó. “Un grupo enorme y se vino abajo. Creo que fue cuando cerraron las fábricas y empezó la decadencia”.

A los 79 años Arena para poco en su casa de Colón donde viven también su único hijo, la esposa y cuatro nietos de siete, cuatro, dos y un año, “prendidos a mí todo el tiempo”.

LOS AÑOS PASAN Y PESAN

En 1998 atravesó una cirugía cardíaca -le colocaron cinco by pass-, y eso “me limitó muchísimo. Yo hubiera querido seguir, pero los cardiólogos me pidieron que bajara los decibeles: ‘hay que empezar a cortar, dormir ocho horas como mínimo, y bla, bla, bla’”.   

Fue casi como hablarle a la pared. “Yo trabajo mucho: En Colón doy clases de gimnasia para tercera, cuarta y quinta edad, yoga para tercera edad, gimnasia especializada para gente con problemas, ballet para chiquititos, para grandes. Y el domingo las preparo: busco música, grabo cassettes, hago los cortes. No es que me siento a vivir la ‘dolce vita’”.

Aunque se define totalmente apolítico –“nunca quise agarrar un trabajo del Estado porque hoy estás acá, mañana estás en el subsuelo”-, hace unos años dejó de asistir a espectáculos en Montevideo. “Ni Comedia Nacional, ni ballet del SODRE. No me interesa la gente que está ni sus ideas. Prefiero irme a Buenos Aires, ver un espectáculo y me vengo al otro día”. 

Arena guarda buen recuerdo de Colonia Valdense y no sólo porque su ex alumna Miriam Moguilevsky llegó al Colón de Buenos Aires, sino también porque “hace tres años me hicieron una demostración muy linda a la que no faltó casi nadie”. 

Hace poco tiempo envió su currículum al estado de Utah en Estados Unidos donde precisan docentes para apoyar a personas discapacitadas a través del ritmo. Lo hizo sin mucho convencimiento. “Hace 20 años ya estaría con las valijas prontas, pero a esta altura de mi vida, casi a los 80 años, como que ya no tengo edad. Julio Herrera y Reissig decía que los años pasan y pesan. Por más que uno se vea y sienta bien, hay un momento que los siente”.

Igual que Arena, Ochoa mantiene contacto con alguna ex alumna pero nunca más volvió a Colonia. ”Ganas no me faltan, pero uno tiene esa visión como de un sueño que vivió, y no quiero que ese sueño se altere”. ¿Por qué? “Porque estamos viejos, feos, arrugados, ¡y voy a ver a mis nenitas chiquititas también viejas!”.

Luis Udaquiola