Mujeres en obra en Juan Lacaze: La solidaridad las hará fuertes

Mujeres en obra en Juan Lacaze: La solidaridad las hará fuertes

A fines del año pasado, en el marco del Plan de Integración Socio-Habitacional Juntos, se inauguraron en Juan Lacaze 16 viviendas para mujeres jefas de hogar con hijos a cargo. A través del testimonio de tres de esas mujeres presentamos un breve ensayo sobre la solidaridad y su principal resultado, la fortaleza, aunque en este caso tenga forma de techo, calor de hogar, y sonido de niños jugando.

Texto y fotos: MATHIAS MEDERO

Es una mañana calurosa de febrero, no son más de las diez, el bitúmen hierve, los perros buscan la sombra y las casas de Villa Pancha asfixiadas buscan un poco de fresco en el interior, los vecinos resoplan. Afuera es todo arena y alambres. Lo que era un amplio patio interno hace semanas ahora es tejido y cerco. Las Candelas es un mini desierto y casi de rebote, me topo con la casa de Lourdes.

Parado afuera, golpeando las manos, derretido, frente a la chapa que hacía de portón, ella sale a recibirme. Me saluda cordialmente y me invita a pasar. A la vuelta revolotea Joselin, su hija de seis años, quien desconfía del intruso y busca alguna excusa para salir a jugar. La casa es pequeña y acogedora, tiene muebles y sillones y una tele. Un sueño, porque recuerda con nitidez cómo vivía en una vivienda precaria en el barrio Isla Mala.

María Lourdes Bentancor Palacios tiene 35 años, nació en Buenos Aires, pero cuando tenía un año y medio su familia se mudó a Juan Lacaze y se considera una sabalera más. Tiene dos hijos -Agustín de 12 y Joselin de seis-, cursó ciclo básico liceal, está desocupada y se dedica a las tareas del hogar.

Fue una de las pioneras del proyecto del Plan Juntos del que se enteró por su hermana. “Empecé ayudándola, levantando bloques, aunque en realidad no era acá sino en otro predio. Yo llevaba a mi nena a Los Sabalitos y la asistente social me contactó porque sabía de mi economía complicada”.

“Cuando dijeron que esto quedaba de herencia para los hijos, ahí es cuando más seguí”, recordó Lourdes Bentancor.

El Plan de Integración Socio-Habitacional Juntos fue creado por Presidencia de la República en 2010, para atender las necesidades de refacciones y mejoras de vivienda en áreas territoriales críticas. La propuesta implica la auto construcción y la ayuda mutua por parte de las familias participantes, al tiempo que busca la elaboración de un proyecto colectivo y comunitario.

Cuando arrancó ese plan, “mi hermana vivía conmigo, se había separado, yo la apoyé, pero éramos muchos viviendo juntos. Después me llamaron a mí y quedé como titular. Empecé a trabajar en el predio al año siguiente, que fue cuando se aprobó. Al principio estábamos las dos, pero luego mi hermana se dio de baja”, recordó. Originalmente el emprendimiento se ubicó en el predio sobre la reductora de UTE donde se fabricaban los bloques. En 2013 tomaron un curso de albañilería con diploma, y al año comenzaron las obras en el predio de Las Candelas.

El proceso de construcción de las 16 viviendas llevó seis años. “Lo que más me marcó fue el trabajo duro y seguir adelante, desde que empecé a levantar la primera pared -que quedó un poco torcida (risas)-, porque me sentí capacitada, sentí el apoyo de todas mis compañeras y el capataz que teníamos en ese momento que me dio para adelante”.  

Sintió “que podía seguir, que podía dar todo, por más que la pared me quedara torcida, por más que me regañaran 100 veces porque estaba mal y tenía que hacerlo de vuelta. Fue una muy linda experiencia que me marcó para seguir hacia adelante. Cuando dijeron que esto quedaba de herencia para los hijos, ahí es cuando más seguí”.  

Lourdes recuerda muchas peleas y discusiones. “A veces queríamos llegar a las manos. Nunca competimos entre nosotras, nunca fue una competencia, pero sí hubo problemas por quién trabajaba más horas. Antes se exigía un mínimo de cuatro horas por día, y si no cumplías te daban de baja e ingresaban otras familias. Después con el tiempo eso no se cumplió. Había familias que no venían a trabajar, y la pasaban por alto, muchas injusticias. Eso nos hizo unirnos más, ser más fuertes. Nunca peleábamos por darle de baja a nadie, sino para unirnos”.

Ansiedad, nervios y anorexia

Lourdes contó que durante un período estuvo mal de salud, psicológicamente desgastada, con mucho estrés por la atención de los hijos y su economía, y no pudo cumplir con la tarea. “Tuve un buen apoyo y salí adelante; gracias a Dios la cercanía de mi familia, mis hijos, amigas, fue de las cosas que más me marcaron dentro de este proceso”. Fueron tres crisis y una de ellas con internación. “Soy muy nerviosa, ansiosa y tomé una pastilla para dormir 13 años. Tuve ataques de pánico, mucho miedo. Gracias a Dios hace dos años que dejé la medicación y estoy bien. Me hicieron todo tipo de estudios y no tenía nada, era todo psicológico”. Lo que sí le diagnosticaron fue anorexia.

En contraste con las otras viviendas, la de Lourdes no presenta problemas. “Creo que fui la más favorecida, porque tengo compañeras que se les llueve, tienen problemas en los caños del agua, detalles”. Lo que resultó un gran problema fueron las demoras para la entrega. Si bien el plazo original era de dos años, luego hubo un año de prórroga y surgieron algunas dificultades. “Hubo muchos robos, se cambió de capataz y con él también el sistema de producción. Los nuevos albañiles nos ayudaron: trabajaban ellos y nosotros hacíamos de peón, pero en ningún momento nos exigieron, siempre nos estaban explicando, en realidad nos enseñaban”. Se encontraron cosas mal hechas que hubo que hacer de nuevo, y picar pisos y paredes entre otras cosas retrasó la entrega.  

De la rebeldía de Isla Mala, a la casa propia

Lourdes vivía en el barrio Isla Mala en un gran predio que se fue edificando con vecinos. “Antes viví con mi madre en una vivienda que le cedió el antiguo Sistema Integrado de Acceso a la Vivienda (SIAV), pero después de dos años de convivencia me rebelé, me peleé con mi hermana y me fui. Problemas de gurisas, cosas de querer salir y eso, me fui a vivir sola a ese lugar”.

En ese lugar, hasta la inauguración de Las Candelas, vivió, crio sus hijos y en 2013 se separó del padre. “Teníamos solo un ropero, un baño precario, no vivíamos en las mejores condiciones, pero gracias a Dios en los 20 años que estuve nunca tuve problemas con ningún vecino. Ahora mis hijos tienen privacidad y yo tengo la mía, tenemos espacio, podemos sentarnos en una mesa, antes no teníamos lugar”.

Fue una etapa difícil, “pero pasó y hasta el día de hoy estoy bien, no me voy a rendir frente a ninguna circunstancia. Como toda separación a lo primero fue complicado, hasta que se aprendió a sobrevivir, y ambos formamos nuestras parejas. Él con los nenes es muy bien, los ayuda económicamente más allá de la pensión que nos pasa. No está presente, pero está en San José. Yo tengo mi pareja desde hace más de un año, y por parte de mis hijos no he tenido quejas, se llevan de maravillas y han generaron una linda amistad”.

Al día de hoy el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), que interactúa con el Plan Juntos, le retiró la tarjeta de beneficios por causa de la pensión que recibe. “Me parece bárbaro porque si la volviera a pedir sería deshonesto, ya que hay familias que la precisan más y no la tienen. No te digo que tengo para tirar, porque no es así, pero tengo lo justo y necesario y vivo bien”. Por su parte para el consumo de UTE “corre una tarifa diferencial: los tres primeros meses pagamos 58 pesos y luego se normaliza en unos 400 o 500 pesos. Donde vivía antes pagaba 5000, porque había una cámara de pescadores y aplicaba la tarifa comercial”.

Ahora Joselin cursa 2º en la Escuela Nº 105 y Agustín va a 1° de UTU. Lourdes terminó un curso de carpintería del Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop), y había comenzado una licenciatura en Psicología Social que no pudo terminar por problemas económicos. Igual dice que conoció “gente muy linda”.

Está orgullosa. “No sabía que iba a llegar hasta acá. Tuve muy buen compañerismo, apoyo y me siento más orgullosa porque le dejo esta herencia a ellos. Nunca pensé que con 35 años y todo lo que he pasado, desde la anorexia hasta al día de hoy, tendría fuerzas para hacer mezcla, levantar paredes, y tener mi casa propia. ¡Estoy feliz!”.

EN LA CALLE CON OCHO HIJOS

En Las Candelas hay muchos niños y varios toman las inmediaciones del complejo como un circuito ciclístico dando vueltas una y otra vez como guardianes del lugar. Pregunté a uno de ellos por Paula. “Es mi mamá”, dijo Neymar, el penúltimo de sus ocho hijos.  

Paula Pérez tiene 36 años, asistió hasta 3º de escuela y actualmente no puede trabajar por causa de una hernia de disco. Es madre soltera de ocho hijos, aunque solo siete conviven con ella: Rodrigo (18), Maribel (16), Ludmila (14), Damián (11), Antonela (9), Neymar (7) y Alejo (5). El mayor, Maicol, tiene 20 años y hace cinco, desde que se fue de mochilero que no ve.

“Yo estaba destrozada, pero miraba la cara de mis hijos y me daban fuerzas para seguir”, dijo Paula Pérez.

Ella conoció a su madre hace siete años, igual que a sus dos hermanos. Paula nació en Montevideo y a los tres meses su padre la trajo a Juan Lacaze. La criaron su papá y sus abuelos paternos en un hogar muy pobre. Desde los 14 años está prácticamente sola en la vida, y tuvo su primer hijo a los 16. “No sabía ni cómo criar a un hijo, pero aprendí. Y no cometí el error de mi mamá, porque ella me abandonó”, dice, conmovida. “El padre de mis hijos me golpeaba, hacía cualquier desastre en la casa, yo estaba destrozada, pero miraba la cara de mis hijos y me daban fuerzas para seguir. La lucha del día a día es por mis hijos”.

En el caso de Paula fue la asistente social del CAIF Los Sabalitos quien la alertó sobre las inscripciones para el proyecto. Al mes me llamaron y quedé seleccionada. Desde ese día y hasta que me la entregaron la estuvimos luchando día a día, codo a codo con las compañeras”. En el período pasaron “por muchas cosas: teníamos un capataz que no nos trataba bien, para él no éramos personas, hubo robos. A veces te levantabas y decías: ‘otra vez a lo mismo’. Muchas decaíamos, pero nos alentábamos entre todas. A veces venía sin comer, pero día a día le fui metiendo para que mis hijos tuvieran su casa propia”.

El día que entregaron las llaves, Paula estaba viviendo en una casilla en la casa de su cuñada. Cuando se sentaron a tomar mate en la mañana, no podían creer. “Nos decíamos: ‘ya está’. Recordamos esos seis años con todo lo que llevó, era el sueño cumplido”.

Lo que más la marcó fue “la noticia de que estaba en el grupo inicial de mujeres. Sabía que iba a cambiar mi vida. Recuerdo el frío, el hambre y que lo poco que tenía se lo daba a mis hijos. Muchas veces estuvimos desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde solo con el termo y el mate, y había compañeras que se desmayaban”.

De la calle a Las Candelas

Paula reconoció que hubo discusiones muy fuertes. “Varias que vinieron a vivir acá no hicieron nada. Me molestaba porque a veces bajo agua, dejaba a mis hijos con un vaso de leche para ir a trabajar, pero ya está. Hay familias que llegaron cuando ya estaba a dos meses de entregar y no hicieron ni la cuarta parte de lo que hicimos nosotras. Esa parte es la que nos duele”.

Aprendió a mirar por su techo desde que se separó del padre de sus hijos, porque ha tenido que vivir en muchas casas. “Mi ex suegra me echó a la calle, y eso también me dio fuerza para tener nuestra vivienda. Siempre andábamos rodando juntos para todos lados, y ahora nadie nos saca de acá”. Entre lágrimas y mirando directo a los ojos, Paula resume estos seis años: “Lo levanté todo yo, y nunca bajé los brazos”.

Paula recibe asignación por sus hijos y ayuda del Mides y del Inau. “Escribiría un libro con todo lo que hemos pasado. Ahora la vida cambió, no solo para mí sino también para mis hijos. Ahora no tendrán que pasar por lo que yo pasé, golpeando puertas por techo y un vaso de leche, y nos la cerraban. Desde chica salí a pedir, y de grande también, pero ahora nuestra vida cambió”.

TODO TIENE SOLUCIÓN MENOS LA MUERTE

Ahora la casa “me cambió la vida: no tengo lujos, pero es mía”, dice Mariela Medero.

La tarde de Las Candelas da un poco de respiro. Las casas cansadas del sol llegan al ocaso mansas, fresquitas tras la pegajosa siesta, las despabilan los niños que juegan y las bicis que van y vienen. Como Neymar, Agustín también anda en su bici por los caminos de tierra. “Vos venís a buscar a mi mamá, ¿no?”. Lo sigo hasta su casa donde me esperaba Mariela. “¡Llegó el señor!”, gritó Agustín.

Mariela Medero tiene 40 años, nació en Juan Lacaze, y solo pudo cursar primer año de educación primaria. “Iba a la escuela a pelear”. Es la más chica de una familia de 14 hermanos. A los tres su madre falleció y su padre los abandonó, por lo que ella fue criada por sus hermanos y tíos. Dos de sus hermanos fallecieron, y actualmente solo habla con un hermano que la ayudó con su anterior vivienda.

Tiene cuatro hijos y convive con dos de ellos: Agustín Medero de 6 años y Macarena Peña de 11. Sus otros hijos son Franco González (18) y Fernando Pilón (23). “Soy ama de casa y atiendo a mis hijos. Comemos en el comedor de Tres Focos, tengo ayuda del Mides, canasta de Inau y asignación familiar”. Supo del Plan Juntos por Mariela, la asistente social del CAIF Olof Palme, “a quien estoy muy reconocida porque gracias a ella tengo este techo”.

Muchas veces estuvo por renunciar, “pero salí adelante por mis hijos”, se emociona. “Todo tiene solución menos la muerte. Se aguantaron tantas cosas injustas. Hubo momentos buenos y malos, y con el tiempo el compañerismo fue desapareciendo y nos alejamos, no sé por qué. Al principio hacíamos olla popular para los que no teníamos que comer, tortas fritas para financiar costos”.

Fueron años de desgaste. “Ya estaba cansada porque te decían que salía para el año que viene, y después nos informaban que sería para el otro. Y una llevando los más chicos a la escuela de lunes a viernes y trabajando las 80 horas mensuales que te exigían”. Ahora la casa “me cambió la vida: no tengo lujos, pero es mía”. La vivienda tiene algunas filtraciones que se eliminarán con la aplicación de membrana, y que comparadas con los problemas de su casa anterior, “nada que ver”.  

Mariela vivía en la calle 20 de Villa Pancha, al lado de su hermano, “de prestada”, definió. “Allá no tenía ni agua en el baño, tenía que buscar de una canilla afuera para bañarnos. Acá tengo privacidad y solo tengo que pagar UTE y OSE”.

Un hijo adicto

Quien tampoco se la ha hecho fácil es su hijo Franco debido a su adicción a las drogas. “Él está privado de libertad. Desde los 11 años empezó a consumir y dejó la escuela. La junta y la calle fueron lo peor. Pedí ayuda a Inau, estuvo internado en el Portal Amarillo, pero cumplió 18 y decidió irse. Un día iba al tranco largo caminando para la calle 20 y pasó la chanchita. ‘Vení, subite que tengo que hablar con vos’. Hasta el día de hoy no lo vi más. En julio del año pasado lo metieron preso”.

Madre e hijo hablan por celular. “Me está pidiendo perdón porque me ha llegado hasta a robar, me ha hecho cosas. No te podías sentar a tomar mate porque mirabas para afuera y tenías a los milicos. Y te venían a hacer allanamientos. Mirá que no es lindo, las pasé. Vos sabes que una persona drogada no sabes lo que puede hacer. Y cuando venga, vamos a ver cómo viene. Porque si no hay trabajo para los menores, él va a volver a lo mismo”, dijo, resignada.

En Juan Lacaze Mariela vivió en muchos lugares, alejada de su familia. “Nunca me ayudaron, a esto lo hice sola. Mis hijos son la familia que tengo. Y una amiga desde hace años”. También participó en el programa del Mides Uruguay Trabaja por contratos semestrales, e inició un plan de adultos especial para terminar la escuela. A mitad de este año rendirá un examen para completar primaria. “¡Y lo voy a pasar! Estoy muy entusiasmada con la idea de continuar el ciclo básico y más. Ya tendría que haber ido el año pasado, pero por la situación con mi hijo no estaba preparada. Desde que tengo mi casa, volví a nacer. Para completar la felicidad, lo único que me falta es trabajo”.