Leonilda González: vida y arte de una mujer nacida en Minuano

Leonilda González: vida y arte de una mujer nacida en Minuano

Por Lía Schenck

Conocí a Leonilda González en un viaje de regreso de Buenos Aires hace ya unos cuantos años. Fue un encuentro azaroso y de una magia como la que revelan sus famosos grabados de caballos, pájaros, o “novias revolucionarias”. El aliskafo había roto sus “patines” y luego de una violenta sacudida permaneció detenido más de una hora en medio del río. Mi querido amigo Luis Arbondo, quien lamentablemente ya no está entre nosotros, artista plástico y diseñador gráfico, en ese momento compañero de trabajo en el diario La República, se acerca a saludarme. Hasta ese momento no nos habíamos visto, ni en el puerto ni en lo que llevábamos de viaje. Fue él quien me informó que venía de una muestra plástica en Buenos Aires junto a Leonilda González. Me la señaló, en uno de los asientos, y le agradecí con un abrazo. “Si a alguien quiero conocer desde hace mil años es a ella”, le dije con una emoción que todavía siento en mí. No sabía cómo acercarme, qué decirle, cómo presentarme. Mi emoción era inmensa y venía de una admiración que siempre le tuve sin conocerla personalmente. Venía de mis primeros tiempos en Montevideo cuando ella dirigía el Club de Grabado. Tenía en mi casa reproducciones de sus grabados, esos caballos suyos que tenían vida y me hablaban de mi infancia y de mis cosas más profundas. El exilio a Buenos Aires me despojó de objetos, libros y cosas amadas, pero mágicamente, no sé cómo, uno de aquellos grabados, una mujer con un caballo, me había acompañado siempre y aún está conmigo. No quería molestarla en esa espera incierta en medio del río pero necesitaba contarle cuánto y de qué manera me había sentido acompañada por ese grabado. Se lo dije transida de gratitud, impresionada por la luz de sus ojos claros. Fue una larga charla donde Leonilda me contó momentos de su infancia en Minuano y todo aquel periplo con sus amigas cuando iban en charret a los bailes de Juan Lacaze y hacían un alto en lo del “herrero Schenck”, pariente de mi padre, para cambiar sus atuendos de campesinas y vestirse “para el baile”. Escucharla hablar es como estar frente a sus grabados. Una seducción que viene de una sensibilidad profunda, ondulante, primitiva como la greda y verde como los campos que la vieron nacer. Desde entonces, ese primer acercamiento se nutrió con otros encuentros. A raíz de sus muestras la entrevisté varias veces para La República de las Mujeres. La última entrevista fue con motivo de haber sido una de las artistas a quienes el Banco Central del Uruguay entregó el XII Premio Figari 2007. En la nota comentaba que entre sus proyectos actuales se destaca la creación de la Asociación Civil “Taller José Guadalupe Posadas”. Uno de sus objetivos es difundir y elaborar xilografías, una técnica de grabado en madera que la tuvo como maestra en varios países, y que según Leonilda, se está perdiendo en Uruguay. En esa nota también expresaba: “Los artistas morimos y no hay dónde conservar su obra. En este sentido, a los 84 años, yo lego mi casa y mi obra a la Asociación. Si un día se disuelven pasará al Estado”. Reconocida internacionalmente, no ha dejado nunca de crear. Egresada de la Escuela de Nurses “Dr.Carlos Nery”, ejerce esa profesión hasta 1967; cursa y egresa también de Bellas Artes, y viaja por Europa a completar sus estudios. Fue fundadora del Club de Grabado en 1953, permaneciendo en la dirección del mismo hasta 1973. En 1968 recibe el Primer Premio en xilografía en la exposición de La Habana y dos años más tarde viaja a Cuba a integrar el Jurado. Vienen luego largos años de exilio que transcurren fundamentalmente en Perú y México, recibiendo premios y reconocimientos múltiples en Ecuador, Colombia, Panamá y República Dominicana. Al decir del crítico de arte Pablo Thiago Rocca: “La historia de las artes visuales uruguayas y de la gráfica americana de la segunda mitad del Siglo XX, no podrían entenderse sin su estilo franco y su decidida impronta personal”.

Muchas veces la he visitado en su casa-taller de la Ciudad-Vieja. Cálida, bella, una expresión más de sí misma que inmediatamente me transporta a un arte vivo, a una mística íntimamente unida al trabajo creador. Lamentablemente, mucha gente desconoce sus dotes como escritora. Su libro de memorias Esta soy yo, publicado en 1994, sorprende desde sus primeras palabras: “Mi madre largó el arado, desprendió el caballo, lo montó y llegó a las casas a todo galope para mandar a buscar a tiempo la comadrona. Era una espléndida mañana del 2 de febrero-Acuario-de 1923, cuando nació una niña que bautizarían con el nombre de Leonilda”. Mucho sin duda de aquella niña que modelaba caballos de barro persiste en esta maravillosa artista.

 Fragmentos del libro “Esta soy Yo”

Leonilda González en su taller en 2008.

“….Estos apuntes pueden no conservar un orden cronológico ni ningún orden. Se trata solamente de rescatar el agreste discurrir de mi existencia, aquellas secuencias que ayudaron a perfilar mi personalidad sin dejarle perder su olor a campo. A pesar de las insatisfechas necesidades que acompañaron mi infancia allá en la quinta, fui una niña que vivió una era de dichosas aventuras en comunión con la naturaleza, entrando a veces en el mundo de lo maravilloso. Mis andanzas con los caballos, el deleitarme con el olor a pasto húmedo en las mañanas de rocío, el goce de la tibieza del sol en invierno, las fragantes fogatas con ramas de eucaliptus, el revoloteo curioso y en libertad en torno a mi ajetreada madre, y tantas e imponderables alegrías que proporciona la vida sana y sin malicia del niño campesino”….

“…. Por lo que he contado y por lo que quedó sin decir, no es de extrañar que mis primeros garabatos y muñequitos de barro se inspiraron en el caballo. En la xilografía ‘Arreando’, la niña que cabalga con una varita en la mano, esa, soy yo…. ¡Y aquellos caballos de barro!…..Yo los modelaba muy escondidita adentro de la cuneta cuando le hacía compañía al caballo mientras pastaba. Los ponía a secar arriba, en el lomo de la alcantarilla como en una exposición. Y cuando algún caminante o vecino acertaba a pasar, los ¡Oh!, los ¡Ah!, los ¡Qué lindos! me producían un sensual cosquilleo de placer. Inocentemente estaba protagonizando una de las más conmovedoras formas de comunicación humana ¡la belleza! En mi vida profesional como artista los ¡Oh!, los ¡Ah!, los ¡Qué lindos! fueron siempre la más entrañable de las recompensas….”

  • Leonilda González falleció el 4 de enero de 2017.