Danilo Baridón: «Juan Lacaze está en mis venas»

Danilo Baridón: «Juan Lacaze está en mis venas»

Danilo Baridón nació hace 87 años en Pueblo Artilleros, pero aprendió a caminar en Puerto Sauce donde su madre que era maestra fue transferida. Su abuelo Pedro Bounous fue uno de los primeros pastores de la Iglesia Evangélica Valdense que llegaron a Uruguay alrededor de 1880.

En Juan Lacaze trabajó como almacenero, taxista, gerente de la Industria del Cuero S.A. (INCUSA), y microempresario del cuero. Fue fundador del Partido Socialista en los años de 1950, y del Frente Amplio (FA) en 1971, lo que le valió persecución y exilio en Argentina durante los años 1975 y 1976.

De joven quería ser arquitecto pero no pudo cursar la carrera. Cuando recientemente una de sus nietas lo consiguió, «fue una emoción muy grande». Además de esa, Baridón tiene otras dos, una por cada uno de los tres hijos que tuvo con Elda Falero, su esposa por 55 años hasta su fallecimiento. También tiene un bisnieto.

Hace ocho años la familia creció por efecto de su casamiento con la también lacazina Leticia Sagasti, de 65 años, que a su vez tiene cuatro hijos y siete nietos. Ambos viven ahora en Montevideo.

  • ¿A qué se dedicaban sus padres y dónde nació?
  • Mi padre era agricultor y mi madre maestra rural. Fui hijo único y nací en una humilde casa de campaña en Artilleros, no la playa sino cruzando la ruta 1. Antiguamente la playa de Artilleros no tenía acceso público porque esa parte de la costa era de la familia Copes. Después trasladaron a mi madre a Puerto Sauce, donde aprendí a caminar, pero seguíamos yendo a Artilleros a la casa de mi tía que era la directora de esa escuela, y de ahí íbamos a la playa atravesando la chacra y la casa de los Copes.
  • ¿Qué recuerda de su infancia?
  • En Juan Lacaze mi padre se empleó en Casa Carballo. Estuvo como un año y luego puso un almacén, El Cacique, en el barrio Charrúa. Era un almacén de ramos generales, pero también tenía venta de bebidas y mesa para truco y tute: completo como boliche de campaña. Trabajé mucho allí: despaché astillas, chilcas, querosén, nafta, carbón. Además repartía pedidos en carretilla, sacaba agua del pozo, regaba las plantas, alimentaba a las gallinas y recogía los huevos. Fue una escuela de vida porque el boliche muestra todas las riquezas y miserias humanas. Allí constaté la injusticia que se hacía con la mujer, porque en un matrimonio típico los dos trabajaban en la fábrica, pero el tipo se iba a jugar al truco o tomar una copa, y la mujer cocinaba, lavaba ropa y limpiaba la casa. Fui a la escuela 39 donde la primera maestra fue mi vieja y el grupo tenía 70 alumnos. Recuerdo que no me gustaba faltar a clases y que el día de una inundación grande por 1940 fuimos solo dos. Antes de ir a la escuela ya había aprendido a jugar al truco en la falda de los parroquianos. Después con más años, tuve que llevar a los borrachos a sus casas: las mujeres me puteaban porque me veían como el “responsable” de la situación.
  • ¿Y cómo era el pueblo a mediados de los años de 1940?
  • Recuerdo el clima de libertad: A los 12 o 13 años a la hora de la siesta me escapaba por la ventana del baño y me iba con otros compañeros al pozo de la draga. Si hubiera sabido mi vieja se muere, porque a veces alguno quedaba enredado entre los camalotes y los otros tenían que sacarlo. A los 16 años fui el primer “taximetrista” porque en esa zona el único coche que había era el de mi viejo. Lo utilizábamos sobre todo para ir a buscar al médico, por ejemplo el doctor Hugo Dermit que cuando llegó a Juan Lacaze no tenía coche.
  • ¿Y no era menor de edad para conducir?
  • En aquella época no había inspectores de tránsito. ¡No había tránsito! (risas). En el Charrúa había dos autos –el otro era el de José Pando-, y un teléfono en el comercio de Emilio Superga.
  • ¿Y siguió estudiando?
  • En Juan Lacaze aún no había liceo y viajé durante tres años al “Daniel Armand Ugón” de Colonia Valdense. Éramos 24 jóvenes lacazinos en el ómnibus de Anastasio García. Cuando la toma de París en 1944 pretendimos parar y desfilar en la calle, pero el director Daniel David Tron convenció al presidente del centro de estudiantes, Alfonso Greising para que volviéramos a clase. Sin embargo, cinco de Juan Lacaze nos rebelamos: Nos volvimos a dedo, en un camión, y luego García entregó una carta del director a nuestros padres informando que habíamos faltado. Como estaba latente una falta disciplinaria fuimos a hablar con el director quien reconoció nuestra valentía (aunque en ese momento estábamos temblando), y luego me eligió, sin que fuera el mejor estudiante, para que hablara en la despedida de cuarto año. Fui vicepresidente de la primera cooperativa liceal de Uruguay, por lo menos del interior, para facilitar el acceso a libros y útiles, y en el último año fui presidente del centro de estudiantes.  Cuando fue el momento de cursar cuarto, en Juan Lacaze ya había liceo pero cuatro resolvimos completarlo en Valdense donde teníamos todos los amigos y disponíamos de un extraordinario plantel docente. Me levantaba a las seis de la mañana –porque mi madre estaba enferma y no quería que se levantara a prepararme el desayuno-, viajábamos en un coche de ONDA, el 122, que recorría Rosario, La Paz y Valdense, y volvíamos a las dos de la tarde. Al mediodía comprábamos una flauta, la rellenábamos con fiambre y la comíamos en Esparta.
  • Para entonces ¿tenía alguna vocación?
  • Me encantaba la arquitectura y viajé a Montevideo a cursar Preparatorios en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo (IAVA). Mi viejo vino a acompañarme y contrató una pensión en la calle Colonia donde ahora está la DGI. Luego yo lo acompañé hasta la plaza Libertad para que tomara la Onda de regreso, y cuando el ómnibus atravesó 18 de Julio vi que iba llorando. Él nunca me había dicho que me quería, pero ese día lo supe. Hace poco en un cumpleaños comenté que no solo hay que querer, sino que también hay que expresarlo porque si no el otro no sabe. Volvía a Juan Lacaze cada dos o tres semanas. La emoción que sentía cuando llegaba solo volví a sentirla cuando estaba en el exilio en Buenos Aires y me bajaba en Minuano porque no sabía si me meterían preso. Cuando volví después de cursar el primer año la enfermedad de mi madre estaba haciendo crisis y resolví quedarme para ayudarlos. Como en el almacén también se levantaba quiniela mi padre pasó a darme la comisión como sueldo. En aquel momento recibía $ 120, lo mismo que ganaba un tejedor en la fábrica textil. Pero yo me había preparado en temas administrativos con la señora de Luaces así que fui a pedir trabajo a Francisco Klein, director de la textil.
  • ¿Y cómo le fue?
  • Se ve que le caí bien porque un día que nos cruzamos en el centro –él en su Ford 46 y yo en mi bicicleta-, me dijo: “empieza el lunes en la curtiembre: dígale a (Enrique) Capdevielle que va de mi parte”. Yo no sabía que existía la curtiembre y averigüé que estaba en Villa Pancha. Tanto Cardozo que era yerno de Campomar, como Klein, como Juan Carlos y Ricardo Campomar, querían tener algo donde no los mandara don Miguel, y armaron la curtiembre. Entré en enero de 1950 con 18 años, y me despidieron en 1973 tras la ilegalización del Partido Socialista. 
  • ¿Cuándo se estrenó en la política?
  • Mi primer acto político fue también por 1950 en el barrio Charrúa con dos oradores: el doctor Hugo Dermit y yo. Los clientes de mi viejo me miraban y no lo podían creer. Me acuerdo de Dermit diciendo: “hay gente a la que yo le trepanaría el cráneo para entender por qué votan a quienes los explotan”.  En aquella época los gremios no estaban organizados y como los 1° de Mayo no se hacían actos conmemorativos pasó a hacerlos el Partido Socialista (PS): venía Emilio Frugoni y hablaba ante 30 o 40 personas, y muchos miraban desde la esquina para que nadie los viera que estaban allí.  Hasta ese momento todos los actos eran en la plaza pública, pero a partir de la década de 1950 inauguramos la modalidad de hacerlos en los barrios. En aquellos años el PS tenía dos diputados: José Pedro Cardozo y Arturo Dubra.
  • Supongo que en esos años en Juan Lacaze no había muchos socialistas reconocibles.
  • No, en las elecciones no alcanzaban para mandar delegados a todas las mesas. Si bien teníamos un centro socialista que se llamaba Domingo Baliani, en homenaje a un muchacho que había perdido la vida tratando de salvar a alguien que se ahogaba en la playa del Charrúa, éramos solo ocho o diez. En el Charrúa me acompañaba Martínez, el padre de Teresita (esposa del dirigente de la Lista 99, Raúl Gómez), pero también en otros barrios. En Isla Mala los actos se hacían atrás de la casa del Negro Leys con quien fuimos juntos a la escuela, al liceo en Valdense y después corrimos juntos en bicicleta. Recuerdo un accidente en ese lugar:  Yo nunca había tirado una cañita voladora de esas que se usan para llamar a la gente y al soltarla casi acerté en el único tipo que estaba en la esquina disimulando para pasar inadvertido. Y me dice Martínez: “¡muchacho, estás ahuyentando a la gente! (risas).
  • ¿Cuántos años trabajó en la curtiembre?
  • Más de 23. Los primeros años hice de todo: contar cueros, meterme abajo de los cueros engrasados, repartir las drogas, llevar el control del personal. Los oficiales ganaban $ 0,53 la hora y los peones $ 0,48. El primer mes trabajé como negro, inclusive horas extras y calculé que ganaría más de $100 pesos, pero me fijaron un sueldo de $ 60. Me fui a casa y le dije a mi viejo que iba a renunciar, pero él me convenció de que siguiera porque en el almacén no tenía porvenir. Y seguí. Me fueron aumentando y a los cinco años era gerente. En Incusa transcurrió la parte más importante de mi vida por la obra social que realizamos junto a Ricardo Dotti, un ser excepcional que fue el amigo de mi vida. Fue una experiencia tan grande que cuando me echaron lloré como si me hubieran echado de mi familia. Dotti era presidente del gremio y con él creamos la “ayuda social”, un fondo constituido con aportes obrero y patronal. Entre los 50 trabajadores había varios con familias de ocho hijos que nunca habían visto un médico, y con el apoyo de la entonces Mutualista Obrera se pasó a revisar a todos los integrantes de la familia. Creamos una cooperativa de consumo con carnicería, pescadería, frutas y verduras. Yo tenía buena relación con (Humberto) Branz, gerente de la cooperativa de consumos La Unión, y acordamos que también pudieran hacer compras allí. Ayudamos a construir un rancho: La mano de obra fue de los trabajadores, el portland y los ladrillos los aportó la ayuda social, y la paja brava para el techo fuimos a cortarla nosotros cerca del arroyo Sauce. Me salieron ampollas, pero había que dar el ejemplo. Creamos un “consejo de salarios” para el sector: con Ricardo analizamos los requerimientos de una familia tipo (matrimonio con dos hijos), elaboramos una canasta básica, y actualizamos los salarios cada seis meses. Llegamos a fundar un club de fútbol y construimos una cancha de bochas.
  • ¿Por qué lo despidieron?
  • El 1° de octubre de 1973 ilegalizaron el Partido Socialista y otros. Eran las tres de la mañana y mi señora me llamó: “Danilo, estamos rodeados”. Y en seguida se sintieron los golpes en la puerta. Miré por la ventana y vi que estaban las chanchitas y un camión. Entonces bajé y el oficial a cargo me notificó: “En el día de hoy ha sido ilegalizado el Partido Socialista, por lo tanto queda usted detenido y tenemos orden de allanamiento”. Me llevaron la escopeta, el rifle y algunos libros. Luego me condujeron a la Seccional 8ª. y a las seis de la mañana cuando amaneció, apareció de nuevo el oficial: “Tenemos que ir al local del Partido Socialista. ¿Alguien más tiene llaves?”. El único que tenía era yo. Pensé que me plantarían algo, pero no. Me tuvieron diez días, y cuando me liberaron quise volver a la curtiembre, pero ya no tenía más el puesto.
  • Dictadura y desempleo, dupla terrible.
  • No sabía a qué dedicarme y con un sobrino le compramos a Frascarelli una lancha de pesca que bautizamos “Uruguay”. Pensaba que con eso y una huerta podríamos mantenernos, porque ¿quién iba a tomar a un perseguido político? Llegamos a probarla un día, pero nada más porque la Prefectura nunca nos concedió el rol. A los muchos meses alguien me informó que había orden de no dejar salir la lancha. Luego se hundió durante un temporal, y terminamos vendiéndola. Yo ya había montado en casa un taller de alfombras de cuero y le propuse a Ricardo Dotti asociarnos para un emprendimiento en Buenos Aires. Alquilamos un local en Lanús Oeste y me llevé a los dos hijos mayores. Al principio anduvimos bien pero luego vino el “Rodrigazo” –el ajuste económico del ministro Celestino Rodrigo que duplicó los precios y provocó una crisis-, y nos acabó. En términos políticos a nosotros nos salvó elegir otra zona de Buenos Aires, porque la persecución coordinada por las policías y ejércitos de ambos países puso foco en San Martín donde se afincaron los textiles que se iban de Juan Lacaze.  
  • ¿Cómo recuerda esos años?
  • Mi esposa y mi hijo menor se quedaron, pero a este lo llevaron preso tres veces en esos años aun siendo menor de edad. Me mantuve comunicado, aunque recuerdo que con mi esposa hablábamos en clave. No fue fácil. Un 1° de Mayo que pretendía viajar ella me hizo saber que no era conveniente. Cuando viajaba lo hacía con miedo y me bajaba en Minuano (luego alguien me iba a buscar), para evitar hacerlo en la parada de mi casa frente a la Seccional 16. En Buenos Aires había comprado un Ford Falcon y cuando volví en 1976 viajamos al Este con mi esposa por 15 días. Al regresar a Juan Lacaze el comisario y tres más me confiscaron el coche por “contrabando” y me denunciaron judicialmente. El juicio duró como tres años y puso en riesgo mi casa.
  • ¿Cómo se las arregló después del retorno?
  • Durante el período que pasé en Buenos Aires mi esposa se fue defendiendo confeccionando tapices con cuero de pelo, algo que yo inventé. Tuvo tanto éxito que cuando volví me sumé a trabajar en eso. Empezamos a hacerlo en forma industrial y a innovar: incorporamos vaqueta, cuero de potrillo, de nonato. Al mismo tiempo había mantenido la actividad de la fábrica de alfombras –solo la trasladé de la casa de mi padre para el fondo de la mía-, y comenzamos a exportar y a ganar dinero: me compré un apartamento en Buenos Aires y una casa rodante acá. Cuando retornó la democracia me reincorporé a la militancia en el PS y en la mesa departamental del FA. Llegaba de las reuniones a la una de la mañana y me iba a la casa del doctor Mathey que era el presidente del comité local a informarle e intercambiar ideas sobre las resoluciones.
  • El testimonio religioso de su abuelo ¿nunca le tocó el corazón?
  • En realidad él era mi abuelo postizo porque mi madre perdió la suya el día que nació y tanto ella como sus hermanos fueron adoptados por distintos pastores.  Bounous se radicó en Colonia Cosmopolita y desde allí visitaba las sedes del litoral sur. Yo hice la escuela dominical y luego catecismo que es la profundización de las enseñanzas bíblicas, pero alrededor de mis 17 años descubrí el periódico El Sol del Partido Socialista en el consultorio de mi dentista, el doctor Ricardo Voelker.  Empecé a leer, me sentí identificado con aquellos principios y a los 18 ya me había definido como socialista. Sin embargo nunca fui ni seré dogmático: para contemplar a toda la familia no siendo creyente accedí a casarme por la iglesia y a bautizar a mis hijos. Soy agnóstico: no niego a Dios, si vos creés en Dios, existe Dios en ti. Cuando me llevaban preso, para fortalecerme y aguantar la tortura si tocaba, iba a creer en Dios. En parte envidio a los que creen porque se conforman más ante la muerte. A mi vieja, cuando murió mi padre fui y le dije: el viejo se fue con Dios.
  • ¿Su padre falleció antes que su madre? Hubiera pensado que sucedería al revés.
  • El caso de mi viejo fue trágico. Mamá estaba internada en una casa de salud en Montevideo, y él vivía en la casita que está al lado del destacamento de Bomberos. Cuando ambos se jubilaron con una magra jubilación los apoyé construyendo esa vivienda que pergeñé desde los planos. Mi viejo tenía 68 años y vivía allí pero hacía las cuatro comidas en casa que estaba a media cuadra. Un domingo después de una gran tormenta demoró para llegar a desayunar y cuando fui a ver qué pasaba lo encontré moribundo. Le hice masaje cardíaco y llamé al médico, pero ya era tarde.
  • ¿Vuelve a Juan Lacaze de vez en cuando?
  • Pocas veces, pero siempre removedoras. En Juan Lacaze experimenté mis primeras emociones de la vida -el amor, la amistad, el miedo-, y se criaron mis hijos. Está en mis venas y despierta mucho respeto: un día vine al comité central del PS como suplente de mi sobrino, Enzo Benech, y la compañera Rosario Alzugaray dijo: “destaco la presencia de Danilo Baridón de Juan Lacaze”, y se levantaron todos. Para mí fue algo emocionante.
  • Ahora a Juan Lacaze le toca bailar con la más fea. ¿Qué piensa sobre la actual crisis lacazina?
  • Una gran pena. Esta preocupación por el trabajo ya aparecía en talleres y debates de hace 20 años. Yo tenía presente que la desocupación sería de los problemas más preocupantes, porque el tipo de industrias que emplea a mucha gente tiende a desaparecer en el mundo. Es difícil, pero hay que innovar.

Luis Udaquiola