Biblioteca Rodó de Juan Lacaze: luz de 100 años

Biblioteca Rodó de Juan Lacaze: luz de 100 años

Escrito por José Ma. Vizconde en abril de 1996

 

Entre los múltiples aspectos que destacan a Juan Lacaze, como una comunidad particular dentro de la sociedad uruguaya, debe considerarse sin duda, el de su cultura popular.

Una tradición industrial, que comienza con las rudimentarias actividades corambreras y saladeriles de principios del siglo XIX y quizás antes, con establecimientos radicados sobre la desembocadura del arroyo Sauce y luego sobre cañada de Blanco; que se manifiesta más tarde en las industrias extractivas de piedra y arena que se exporta hacia la Argentina por el Puerto del Sauce. Después viene la instalación de las grandes fábricas. En 1898 la fábrica de papel y en 1906 la fábrica de tejidos e hilados de lana de Salvo Campomar & Cía.

Desde el punto de vista social, esto significó un desarrollo poblacional heterogéneo, con aportes de las más diversas procedencias, conformando una típica población aluvional, donde no ya cada comunidad, sino cada individuo fue aportando sus costumbres, su cultura, sus ideas, produciendo como resultante una idiosincracia, una modalidad de vida, singular, que se ha ido consolidando y adquiriendo una fisonomía particular que la distingue.

En el campo de las ideas, surgieron movimientos tales como la creación de una cooperativa de consumos (la primera del país), organizaciones sindicales, una sociedad de socorros mutuos, etc.; en el orden artístico cultural: grupos de teatro, conjuntos musicales, actividad coral, periódico, etc. todo esto cuando aún la enseñanza formal se circunscribía a la Escuela Pública N°39, que funcionó inicialmente en la fábrica textil.

Pero sin duda que el germen del proceso cultural más importante, a nivel popular, fue la fundación de la Biblioteca “José E. Rodó”.

Un Pueblo consustanciado con la cultura

Un grupo de jóvenes con inquietudes culturales, inspirados en el idealismo del “Maestro de la Juventud Americana” como se llamó a Rodó en su tiempo, comenzó a reunirse a leer y comentar sus libros, a adentrarse en el misterioso mundo de la literatura, a deleitarse con el esteticismo de las letras, de sus expresiones más elevadas, como así también a conocer y discutir las ideas, como en los grandes cenáculos de la cultura de todas las épocas.

El periódico “El Mirador”, que dirigía Ángel Ponte, cuyo nombre seguramente se inspiraba en “El Mirador de Próspero”, fue en alguna medida expresión de estas inquietudes. Fue así que hacia fines de 1917, inmediatamente después de la muerte de Rodó, decidieron formar una biblioteca popular. Reunieron algunos libros entre ellos, consiguieron otros a través de donaciones, etc., hasta llegar a unos 100 volúmenes.

En una pieza de una de las viviendas obreras de la empresa Salvo Campomar & Cía. alquilada al Sr. Daniel Fenochio, ubicada sobre la vereda sur de la calle José Pedro Varela, al comienzo del primer pasaje, teniendo como mobiliario unos rudimentarios estantes, una mesa, algunas sillas y una lámpara a carburo comenzó a funcionar “La Biblioteca”, según don Ángel Ponte en febrero de 1918 y según datos que se recogieron luego en los estatutos sociales, el 15 de noviembre de 1918. Seguramente se trató de un proceso de gestación y concreción de una idea que comenzó en 1917 y culminó en 1918, sin que hubiera un acto formal de fundación.

La primera comisión directiva estuvo integrada por: presidente: Ángel Ponte; secretario: Domingo Baliani; tesorero: Luis Yuele; Vocales: Carlos Yuele e Isidro Greve. Los socios fundadores fueron: José Luis Pontet, Pierino Guglielmino, Juan Andreoli, Enrique Alles, Arturo Frassini, Carlos de la Torre, Emilio Roland, Florencio Capretti, Ludovico Silvestri, Santiago Fuica, Esteban Mures, Alfonso Ponte, José Lustemberg, Edgardo Frassini y Luis Fernández.

Así comenzó a funcionar la Biblioteca, que se le llamó “José Enrique Rodó” en homenaje precisamente al gran escritor. Los dirigentes se turnaban para atender a los lectores y realizar los trabajos administrativos. Desde el comienzo se le imprimió un espíritu abierto, con cabida para todas las ideas, para todas las personas, con un solo ideal superior: Servir a la Cultura y por medio de ella tratar de alcanzar el perfeccionamiento, el mejoramiento individual y colectivo.

Esas elevadas metas, esos fines y objetivos que se proponían aquellos jóvenes debían tener como instrumento primordial al libro, sin perjuicio de utilizar también otros medios, como ser conferencias, exposiciones, conciertos, recitales, cursos, etc., etc., y así lo consignaron en diversos documentos de la época.

Un largo deambular

Al poco tiempo el espacio resultó insuficiente, en virtud del crecimiento que iba teniendo la Biblioteca, no solo en cuanto a cantidad de libros, sino en cuanto a lectores. Se obtuvo la cesión de un local de la empresa textil, ubicado en la esquina de las calles Rivera y José E. Rodó, donde funcionó el Juzgado de Paz hasta mediados de la década de 1990.

Allí desarrolló sus actividades la Biblioteca, con muchos altibajos, con la oposición ahora de algunos sectores, por lo que al poco tiempo pasó a ocupar un local alquilado a la familia Serra, en la calle Zorrilla de San Martín, casi José Salvo.

En este deambular, funcionó también, por un corto lapso en el local de la Junta, en la calle José Salvo, hasta que en 1940 se instaló en un local alqui1ado al señor Augusto Costabel, en la calle José E. Rodó 450, donde luego funcionó el estudio fotográfico “Edel”. El alquiler de este local se solventaba con una subvención mensual que aportaba la Intendencia de Colonia.

Ya en estos años la Biblioteca había consolidado su existencia institucional, contaba con un acervo bibliográfico de más de mil volúmenes, tenía sus estatutos sociales en donde se delimitaban hasta en sus más mínimos detalles, todos los aspectos de funcionamiento de la institución. Estos estatutos fueron redactados por don Juan Dalchiele, uno de los profesores fundadores del Liceo local, dirigente y gran colaborador de la Biblioteca. Los bibliotecarios eran los propios dirigentes, que trabajaban en forma absolutamente honoraria, destacándose entre ellos, por los largos períodos en que actuaron, José Lustemberg, Enrique Martinatto, Carlos de la Torre, Horacio Domenech, etc., etc.

El crecimiento de la actividad hizo necesario contratar una funcionaria y entonces se pudo ampliar el horario de atención, asimismo incorporar otros servicios como el préstamo de diarios, periódicos y revistas.

Así llegamos a 1950 en que se integra una Comisión directiva con personas jóvenes, presididos por Lino Dallona, que le imprimen un renovado dinamismo a la institución. Se aumenta considerablemente la cantidad de libros, sobrepasando ya los 2.000, se programan actos culturales y sociales, conferencias, exposiciones, concursos literarios, etc.

En 1955 se produce un hecho que va a determinar un cambio total en el desarrollo y en el futuro de la Biblioteca. El propietario del local pretende aumentar considerablemente el alquiler de $ 50 pesos mensuales que en ese momento se pagaba. La Comisión Directiva le contesta que es imposible pagar más de esa cantidad, ante lo cual el señor Costabel plantea el desalojo.

La directiva se siente acicateada por esta circunstancia y de inmediato encara la posibilidad de construir un local propio. Llama a asamblea de socios. Se integra una comisión pro edificio para que conjuntamente con la directiva encare este asunto y acometen la empresa con gran entusiasmo y pocos recursos financieros, confiando en la generosidad y solidaridad de la población de Juan Lacaze.

La Biblioteca construye su casa

La Comisión Pro edificio, presidida por don Mario Echeverría e integrada entre otros por René Mora, Hugo Dermit, Nicolás Pisú, Ricardo Voelker y todos los miembros de la Comisión Directiva, se propone como primer paso, conseguir un terreno adecuado.

Se realizan gestiones ante el Ministerio del Interior, que luego de múltiples actuaciones culminan con la cesión de un predio de 200 m2 al fondo de la comisaría, frente a la plaza pública; se gestiona y obtiene también la personería jurídica y se comienza a estructurar el proyecto del edificio.

En la elaboración del proyecto intervienen primordialmente, el entonces estudiante de arquitectura Víctor Acosta Andreotti, radicado en Australia desde hace muchos años, don René Mora, haciendo los cálculos de estructuras y aportando sus ideas como en tantas obras de Juan Lacaze. Los miembros de la Comisión participaban también, sobre todo tratando de conciliar las ideas, muy ambiciosas algunas, con las posibilidades económico-financieras.

Concluido el proyecto se hizo un llamado a presentación de presupuestos, adjudicándose la obra al constructor Eulalio Fierro, quien hacía sus primeras experiencias en edificios de esta magnitud.

Con $ 600 pesos en caja, con un préstamo del Banco del Interior, con la garantía solidaria, bajo firma, de todos los integrantes de la Comisión, se decidió comenzar la obra.

El 29 de julio de 1956 con la presencia del entonces ministro de Instrucción Pública y Previsión Social, Clemente Ruggia, de legisladores, director de la Biblioteca Nacional, Trillo Pays y otras autoridades, con una multitudinaria concurrencia, se colocó la piedra fundamental en el centro del predio introduciendo en su interior un acta labrada ese día, con los detalles del acto, los proyectos, etc.

En su alocución el ministro Ruggia formuló votos porque esa piedra fundamental no fuera como tantas que quedan enterradas, no solo físicamente sino en el olvido de obras que nunca se realizan. Este reto lo tomó la Comisión como un desafío, asegurándole que en el término de un año le invitaría nuevamente para inaugurar el edificio.

Y aquí comenzó la gran batalla, que asumió todo el pueblo de Juan Lacaze. Se hicieron campañas de recaudación de fondos, la venta del ladrillo, uno por uno, el metro de piso, trabajo voluntario de mucha gente, etc., no grandes aportes, sino muchas pequeñas colaboraciones que sumadas iban cubriendo las necesidades. Fue realmente la obra de todo el pueblo.

Y en un año, como se lo había impuesto la Comisión, se terminó la obra. El 28 julio de 1957 se inaugura el edificio de la Biblioteca José E. Rodó. El ministro Ruggia, emocionado por la respuesta, enfermo, asiste al acto y expresa su satisfacción, actúa el Coro del Liceo, habla don Mario Echeverría con su acostumbrada elocuencia, y José Ma. Vizconde en representación de la comisión directiva entrega al entonces diputado coloniense Elbio Geymonat el testimonio que le acredita como socio honorario por su extraordinaria colaboración para la cesión del terreno y la personería jurídica.

La nueva Biblioteca

A partir de su instalación en el nuevo edificio la Biblioteca inicia una etapa diferente. De desarrollo acelerado, progresivo y constante. De enorme gravitación en la vida cultural y social de Juan Lacaze, como verdadera casa de la cultura, como caja de resonancia de las más diversas inquietudes y actividades populares, como centro de reunión de grupos de trabajo, de instituciones, estudiantes, trabajadores y otros.

Se vinculó con el Instituto Nacional del Libro, recientemente creado, a través de su director, el profesor Espinosa Borges, quien apoyó decididamente esta obra.

Se funda en Juan Lacaze, con su asesoramiento, la Asociación de Bibliotecas del departamento de Colonia, de la cual forman parte todas las instituciones bibliotecarias de las distintas localidades, iniciándose una lucha para que el producido de la venta del llamado “Timbre de Biblioteca” se destine realmente al fomento de las Bibliotecas del interior.

La amplia sala de lectura facilita la realización de múltiples actividades. También se incrementa rápidamente la cantidad de libros, superando en poco tiempo los 5.000. Llega un momento en que el espacio resulta insuficiente, por lo que se solicita y se obtiene una ampliación del terreno cedido por el Ministerio del Interior, llevándolo ahora a una superficie de 390 m2.

En 1970 se firma un convenio con el Ministerio de Obras Públicas, mediante el cual se construye la “Galería Ariel” sobre el lado oeste del edificio y la “Sala de los Fundadores” al fondo; estas obras son inauguradas con la presencia del entonces ministro de Transporte y Obras Públicas Arq. Pintos Risso, el 15 de mayo de 1971 posibilitando así incrementar aún más actividades tales como conciertos, exposiciones, conferencias, representaciones teatrales, mesas redondas, cursos, etc., etc.

El 20 de agosto de 1971 falleció don Lino Dallona, quien fuera presidente por espacio de 21 años (1950-1971) y figura gravitante en el desarrollo de la Biblioteca. La institución, por decisión de la asamblea general de socios, le rinde el merecido homenaje, designando con su nombre a la sala principal.

La Biblioteca en las últimas décadas

El impacto de la muerte de Dallona fue muy duro. Quienes quedamos tratamos de suplir su ausencia y seguir por la senda trazada.

Se incorporan nuevas actividades, como el teatro, con un grupo vocacional que actúa con gran suceso; se inician cursos de idiomas, dibujo, cerámica, computación, etc. Continúa funcionando en la Biblioteca la filial local de la Escue1a Nacional de Declamación; el Rincón Infantil con atención especial para niños pequeños; la sección diarios, periódicos y revistas, que cada vez incorpora mayor variedad, se comienza a organizar la videoteca, etc. etc.

Debe destacarse la labor cumplida por comisiones directivas presididas por Juan Carlos Aguirre, durante varios años, en la década de 1975—1985.

En 1985 precisamente se encara un ambicioso proyecto de ampliación utilizando el predio contiguo, también cedido por el Estado. Se realiza un concurso de proyectos que es ganado por el arquitecto Roney Frascarelli y de inmediato se comienzan los primeros trabajos de un edificio que incluirá sala de conferencias, teatro, salas de lectura, etc. en dos plantas.

En la década de 1990 la institución completó 12.000 volúmenes, 1000 socios, cuatro funcionarias, que atienden al público durante ocho horas diarias. El promedio de lectores en sala es de más de 100 personas por día y el préstamo de libros a domicilio supera los 50.

Todo esto supone una actividad que no tiene parangón en el interior del país. A diferencia de algunas bibliotecas, que más bien son “depósitos de libros” o “museos de material bibliográfico”, la Biblioteca José E. Rodó es una entidad viva, dinámica, que atiende la sed de lectura y de estudio de mucha gente: estudiantes, docentes, profesionales, obreros, amas de casa, a todos.

Esta tarea inmensa, de muchos años, ha ido dejando un sedimento, una costumbre ya arraigada, de pueblo lector, de pueblo estudioso. También el espíritu de esta institución, de total apertura, de practicar la más amplia libertad en el campo de las ideas, de su expresión, de su confrontación elevada, etc.

Todo esto, como decíamos al principio, ha incidido decidida y positivamente en la idiosincracia de los habitantes de Juan Lacaze, que a través de generaciones ha bebido en esta fuente y se ha alimentado con su luz.