Maestro del cooperativismo. Falleció el carmelitano Juan José Sarachu

Maestro del cooperativismo. Falleció el carmelitano Juan José Sarachu

Falleció el 17 de agosto en Montevideo el carmelitano Juan José Sarachu, «quizás el último en una generación dorada de dirigentes cooperativistas», escribió el sociólogo Pablo Guerra en su cuenta de facebook. Tenía 85 años.
Juan José Sarachu, contador y hermano del primer diputado del Frente Amplio en Colonia (1971), Antonio Sarachu –ambos del Partido Demócrata Cristiano-, presidió la Comisión Honoraria del Cooperativismo de Uruguay y durante el segundo semestre de 2005 fue presidente pro-tempore de la Reunión Especializada de Cooperativas del Mercosur. No fue por casualidad. Vinculado al cooperativismo desde la década de 1950, Juan José Sarachu fue uno de los fundadores en 1961 del Centro Cooperativista Uruguayo (CCU). Además, trabajó en la Confederación Uruguaya de Entidades Cooperativas (Cudecoop), presidió el Instituto Nacional del Cooperativismo (Inacoop), y fue colaborador incansable del Servicio Central de Extensión y Actividades en el Medio (SCEAM) de la Universidad de la República.
En 2004 publicó –junto a su hijo Gerardo, asistente social-, el libro “Rumbos de la economía social. Entre mitos y realidades: reflexiones sobre el tercer sector hacia un diálogo abierto”. En julio de 2011, por iniciativa de la Junta Departamental de Montevideo, la Intendencia lo declaró “Ciudadano Ilustre”. Sarachu tuvo cuatro hijos y disfrutaba de nietos y bisnietos.
«O levantamos cabeza con una economía más solidaria, o vamos a la destrucción total»
En octubre de 2006, durante una entrevista para La Voz de la Arena, Sarachu anunció que según un estudio elaborado junto al econometrista italiano Omar Licandro, «el inicio del siglo de la solidaridad y la fraternidad» ocurrirá «entre los años 2038 y 2042».
¿Economía social o economía solidaria?
A mí me gusta hablar de economía social, aunque algunos lo critican porque dicen que se trata de una redundancia: en estricto sentido la economía es social. Me parece que el énfasis se justifica, sobre todo después de tantos años de agresivas políticas neoliberales que nos han traído a una situación de pobreza y angustia no sólo en Uruguay sino en América Latina. La expresión ‘economía solidaria’ se utiliza para algunas experiencias que no son cooperativas, pero son ‘modos de hacer economía cooperativa’ como dice el chileno Luis Razeto que ha desarrollado una teoría interesante al respecto. Creo que hace falta tener una teoría de la cooperación que nos ayude a avanzar. Hoy tenemos herramientas apropiadas, pero tenemos que afirmarnos en lo que nos distingue: Si somos una economía distinta, aprovechemos esa circunstancia. Hoy es común ver sociedades anónimas hablando de responsabilidad social, muchas veces como un operativo de marketing, pero otras con una inquietud genuina. No puede ser que nosotros que somos esencialmente eso, no hagamos valer la diferencia.
¿Cuándo nació el cooperativismo en Uruguay?
Como dice (el ministro de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente) Mariano Arana, parece que los peruanos descienden de los incas, los mexicanos de los aztecas, y los uruguayos descendemos de los barcos. Somos un país de inmigrantes y aquellas remesas de italianos, españoles –algunos anarquistas, otros religiosos-, trajeron consigo la cuestión social y cooperativa. Las primeras surgieron por 1870 en gremios anarquistas de panaderos. En 1912 una ley posibilitó el nacimiento de sociedades de fomento rural que, sin ser cooperativas, comercializaban en conjunto, siempre en el medio rural y cerca de una estación de ferrocarril. Concomitantemente surgieron los primeros sindicatos cristianos agrícolas. El cooperativismo de vivienda prácticamente nació en el CCU. En la década de 1960 trabajamos con el arquitecto Juan Pablo Terra (autor en 1968 de la Ley Nacional de Vivienda), y contribuimos al capítulo de cooperativas tanto de ayuda mutua como de ahorro previo.
¿Cómo definiría la actual coyuntura?
El cooperativismo ha atravesado varias crisis y no estamos en el mejor momento, pero soy muy optimista. Desde el punto de vista cuantitativo sigue siendo un referente: hay más de 1.200 cooperativas y unos 850 mil asociados, lo que en un país de poco más de tres millones de habitantes tiene una incidencia indiscutible. Cualitativamente tendríamos que avanzar más aun, sobre todo en los aspectos de integración. Se han hecho cosas –existe una confederación única, por ejemplo-, pero se precisan más experiencias de intercooperación no sólo dentro del país sino también con vistas a la región y al mundo. La economía social se ha desarrollado mucho y a veces desperdiciamos la posibilidad de unir esfuerzos en iniciativas de escala que puedan satisfacer las necesidades de la gente.
¿Qué relación ha habido con los países de la región?
En la década de 1960 y durante cuatro o cinco años el CCU generó cursos internacionales: ayudamos a formar unos 200 líderes latinoamericanos que dieron lugar a la creación de organizaciones como el Centro de Acción Social en Ecuador, el Centro Cooperativista Paraguayo, y el Centro Cooperativista Boliviano. Una vez vino uno de Maracay (Venezuela) que a su retorno consiguió formar una cooperativa de vivienda de “usuarios”, condición que nosotros incorporamos en la Ley uruguaya. Cuando la dictadura quiso sacarla se juntaron 700 mil firmas para impedirlo.
¿Qué presencia tiene el cooperativismo en el Mercosur institucional?
Cuando se creó el Mercosur planteamos en la Confederación Uruguaya de Entidades Cooperativas (Cudecoop), la necesidad de incorporarnos al Foro Consultivo Económico y Social que por entonces sólo tenía representantes de los trabajadores, de los empresarios y en algunos países de los consumidores. En los cuatro países fundadores hay más de 15 mil cooperativas y 21 millones de cooperativistas. En 2001 se resolvió crear una Reunión Especializada de Cooperativas del Mercosur. En ella participan los organismos gubernamentales que tienen que ver con las cooperativas y las confederaciones de los países. Eso le da una fuerza interesante que en los últimos años –a pesar del estancamiento del acuerdo macro-, permitió continuar avanzando en experiencias regionales con un estatuto común. Eso va a facilitar las cosas, y sobre todo el trabajo en zonas de fronteras.
La práctica neoliberal propicia el egoísmo ¿la economía social está jaqueada?
Hace falta una actividad muy intensa en formación. El entorno no ayuda, es bastante agresivo, y a veces nos queremos convertir en islas cuando lo que tenemos que buscar es el acercamiento con otras experiencias y realidades. Una vez le sentí decir al (ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo) Enrique Iglesias, algo así como que el siglo XIX había sido el de la libertad, el XX comenzó para ser el siglo de la igualdad y terminamos con terribles desigualdades, pero que a mediados del XXI comenzaría el siglo de la solidaridad y la fraternidad. ¡Qué linda frase dije para mí! Sin embargo, me puse a estudiar y encontré anuncios y pronósticos parecidos en informes de universidades como la de Pensilvania o el Instituto Tecnológico de Massachusetts (EEUU), Saskatchewan y Sherbrooke (Canadá), y la de Bolonia (Italia). Entonces junto a Omar Licandro –un econometrista que vive en Italia-, elaboramos una proyección y establecimos el inicio del siglo de la solidaridad y la fraternidad entre los años 2038 y 2042. Hay dos alternativas: o vamos a la destrucción total, o levantamos cabeza con una economía más solidaria. Todo tiene su límite: tendríamos que inventar algo distinto, aunque sea por instinto de supervivencia.
A pesar del dramatismo de la opción, luce optimista.
Podemos decir que el cooperativismo moderno nació en Rochdale en 1844, hace más de 160 años, y su esencia sigue en pie: por un lado el móvil económico con un sentido democrático de participación, y por otro la misión educativa del sistema. Si esas dos cosas andan juntas pueden pasar otros 160 años, y aun podemos mejorar mucho en la medida que profundicemos y sepamos administrar la diferencia. Si eso funciona, podemos ser más que optimistas.
Luis Udaquiola