Francisco Mayuncaldi : Confieso que he vivido

Francisco Mayuncaldi : Confieso que he vivido

(Publicada originalmente en «La Voz de la Arena» en setiembre de 2002. Francisco Mayuncaldi falleció el 29 de junio de 2004.)
En octubre “Chuto” Mayuncaldi completará 92 años. Empezó a pescar cuando era niño en la Boca del Rosario y solo se retiró a los 80 esperando una jubilación que resultó magra. Nunca hizo plata. “No tuvo picardía para los negocios”, resumió Daniel Mayuncaldi, su hijo menor.
Su único contacto con la educación formal duró dos meses en un colegio religioso de Colonia Suiza. Sin embargo, sin que nadie se lo enseñara, fue un preservador por excelencia. Lo primero que se hacía al retirar la red “era devolver el chiquitaje para que no se muriera”, recordó su hijo con orgullo, porque “ese pescado chico era el que nos iba a dar de comer más adelante”. Propenso a dar crédito fácil y a perdonar deudas, Mayuncaldi ha sido un hombre generoso pero no tonto. “Podía venir el mismísimo dueño de la fábrica y elegir: ‘Aquél pescado es mío’, que él lo condicionaba: ‘Si me lo compra’”, contó su hijo.
Una vez en Artilleros un viejo se desgañitó dándole instrucciones: “Dele más de allá; un poco más para acá”. Entonces Mayuncaldi se le acercó. “Compañero: si quiere gritar cómprese una red. Acá el único que grita soy yo”.
¿Dónde nació?
– Cerquita, ahí nomás en la cuchilla Román. Del cementerio para arriba.
¿Por qué le dicen “Chuto”?
– El sobrenombre de mi padre era “Tucho” y creo que cuando era niño yo lo llamaba al revés.
¿Cómo era su familia?
– Éramos ocho hermanos y nacimos en el campo, pero pronto nos mudamos para Boca del Rosario. Hasta el comienzo de los años 40 mi padre tuvo almacén allí y proveía a la tripulación de los barcos con pollo, gallinas y bebidas, pero siempre le quedaban debiendo. Las cosas cuando vienen mal… Mi padre le vendió el islote “Mayuncaldi”, que está frente a la Boca del Rosario, al empresario de la arenera Ferro.
¿Cuál es su primer recuerdo de pesca?
– Íbamos a la playa desde que éramos chiquitos. Pescábamos con redes de arrastre y con espinel y salíamos a vender por ciudades y pueblos vecinos.
¿Su padre también pescaba?
– Sí. El trabajó 17 años como guardacosta y siempre tuvo boliche pero nunca se jubiló. Había hecho plata y era un hombre pudiente, nada más que hubo algunas diferencias entre los hermanos y todo se fue barranca abajo.
¿Para dónde fue cuando dejó Boca del Rosario?
– Estuve en el Puerto Rosario, en Rosario, pero la pobreza era grande y en 1945 me vine para Juan Lacaze a pescar. No tenía nada y trabajé mucho. Donde estuve soy reconocido como pescador.
¿Cuándo decidió que se dedicaría a pescar?
– Las circunstancia me llevaron a eso. Yo no tenía nada, ni para comer. Fui vendiendo algunas cosas hasta que decidí que iba a pescar.
FABRICÓ SUS PROPIOS BOTES Y RECHAZÓ VARIAS ASOCIACIONES
¿Qué fue de la vida de sus hermanos?
– Acá comencé a pescar con mis tres hermanos mayores: Pintín, Esteban y Santiago; Maneco vivía en Rosario. Ahora ya murieron casi todos y estoy jugando solo.
¿Cómo se hizo de su primera red?
– Un viejito me recomendó que fuera a Nueva Palmira y me contactara con un señor Pizarro, pero éste me dijo que no tenía nada y que esperara a otros pescadores. Cuando cayeron, había que verles la cara: ¡cada tajo que daba miedo! Total le compré una red a Pizarro y le quedé debiendo $33. Al tiempo volví para pagarle pero no lo encontré. Había desaparecido. Años después me fui a La Plata donde un tal Américo Giamona me contó que le vendía cosas a mi padre en Boca del Rosario. ‘Yo le voy a hacer la red’, me dijo. Le di las medidas y me vine. A los 15 días me mandó decir que estaba pronta.
¿Cuándo conoció a su esposa?
– Poco tiempo después de llegar y nos casamos en 1949. Por entonces yo era viudo y tenía dos hijas de mi primer matrimonio. Luego tuvimos dos mujeres y un varón.
¿Es verdad que usted mismo fabricó sus botes?
– El primero lo fabriqué en 1949 con madera de Andreoli y la ayuda de mi esposa: salió lindo. Pero después hice otros para mí, para la Prefectura, para el Club Náutico; fueron más de 20 botes y los hacía con pocas herramientas y en pocos días nomás. Una vez un carpintero me dijo que tenía habilidad para trabajar en un astillero, pero no me dio por eso.
En aquellos años la fábrica textil funcionaba a pleno. ¿Nunca se le ocurrió trabajar allí?
– Como yo me fabricaba mis propios botes, una vez, a instancias de “Talo” Campomar, tuve chance de entrar a la carpintería, pero el capataz me preguntó si yo era carpintero, y yo le respondí que no. Algunos años después “Talo” y Miguel Angel (Campomar) me propusieron que yo pescara para ellos, inclusive me ofrecieron comprar otro bote, pero no me interesó. A lo largo de mi vida recibí muchas ofertas. La que sí entró a trabajar a la textil, años después, fue mi esposa.
INVIERNO Y VERANO: UN OFICIO A CIELO ABIERTO
¿Pescaba solo en Juan Lacaze?
– También en Cosmopolita, Copes, Santa Regina, muchos lugares. Saqué miles y miles de yuntas. En una época venían a cargar de un frigorífico de Montevideo, pero me embrollaron como $700 u $800. Tuve oportunidad de hacer mucha plata, pero es suerte, nada más que suerte.
¿Pescaba todo el año?
– En verano sí, y en invierno, hiciera frío o lloviera, me iba con un “mediomundo” a la Boca del Rosario u otros parajes a buscar mojarras de carnada para la pesca del pejerrey. A veces volvía empapado y si no era suficiente me iba nuevamente. En el comienzo del verano pescaba tarariras en la costa de los arroyos porque éstas se arriman a dormir al sol. Yo las esperaba. Un día saqué 49, pero grandes así (indica con las manos).
¿Y cuando se terminaba el pescado?
– Cuando no había peces, cazaba, o recogía leña. A falta de pescado, en casa nunca faltaron palomas o perdices. El día que no se pescaba nada traía la forchela repleta de leña. Había calculado que gastaba un litro de nafta a la ida y otro a la vuelta, y siempre me apliqué para no perder un viaje.
¿Se considera un baquiano de la pesca?
– En una época, con otros pescadores nos disputábamos el pozo que estaba enfrente de la estación de ferrocarril. Una vez alguien me informó que allí no había pescado y yo lo desafié con la promesa de que en un lance sacaría 200 juntas. Dicho y hecho. “¿Y cómo sabía usted?”, me preguntó. Lo que yo sabía es que usted me los estaba corriendo, le respondí. Otra vez en Santa Regina un viejo Cabrera me salió con lo mismo. “Mañana le cuento”, le dije. Yo ya los había sentido, porque en la noche se sienten. Al otro día saqué 200 yuntas. Cuando nos encontramos en el boliche me vino conque el pescado había vuelto. “No mi amigo, el pescado no viene a buscar a nadie. Hay que ir a buscarlo”, le expliqué.
YO CREO EN DIOS, PERO “DIOS” DE ABAJO NINGUNO
¿Cómo se “sienten” los pescados?
– Usted está en la costa, y a unos 50 metros se siente el chasquido del cardumen: primero salta uno, después otro, y después otro. Se siente clarito.
¿Y las tormentas?
– Aunque nunca iba hasta el medio del río, arriesgué la vida dos veces. Una vez, junto a mi hermano mayor, nos agarró un temporal como a media legua y cuando me canse le pedí que agarrara los remos y me dice: ‘estamos perdidos’. No, le dije, y volví a agarrar los remos. Cuando llegamos a la orilla tenía las manos engarrotadas. Pero no me entregué.
¿Eso fue de día o de noche?
– De día, porque de noche sólo pescaba en la costa con red.
¿Es verdad que nunca aprendió a nadar?
– Sí, pero tampoco me metí en el río muy adentro. Yo creo en Dios, pero “Dios” de abajo ninguno. Dios sabe lo que hace y ahogarme era muy fácil, pero para eso tenía que caerme al agua.
¿Cómo fue su relación con las autoridades marítimas?
– Aun conservo una libreta de enrolamiento de la Inspección General de Marina de enero de 1956. En la Prefectura conocen mi trabajo. Si alguna vez me olvidaba de llevarles el rol (planilla de embarque) y me iba a dormir, me levantaba en el medio de la noche. Nadie le llevaba roles pero yo sí. De repente venía un teniente, de repente venía otro, con partes y cosas y no nos podíamos entender. Una vez resolvieron que los botes solo podían operar desde el puerto, y como yo me negué me suspendieron la licencia de embarque.
LOS PRIMEROS MESES, TRAS LA JUBILACIÓN, SOÑÓ CON PESCADOS “TODAS LAS NOCHES”
¿Y qué hizo?
– Entonces me fui a Colonia donde tenía un pariente. Nunca había ido a su casa pero me encontré con que era vicecónsul argentino y movió cielo y tierra hasta que me autorizaron. Podía pescar donde quisiera y a cualquier hora. ¡Ah, nunca me jodieron más!
¿Y su relación con otros pescadores?
– La gente me tenía un poco de idea porque yo vendía el pescado más barato y le vendía a todo el mundo. Y les dije: el día que me vaya se van a acordar de mí. ¡Ahora un sábalo cuesta $ 20 y yo lo vendía a $1! Injusticia, no. ¿No ve lo que está pasando en Argentina y en todos lados? No se puede con la gente. Unos tienen una idea y otros tienen otra, pero va a llegar un momento que esto va a ser la guerra mundial. Y no puede ser.
¿Cuándo dejó de pescar?
– Pesqué toda la vida y dejé pensando que la jubilación llegaría pronto. Demoró, y no pasa de los $ 2 mil y pico.
¿Cuánta bohemia hubo en su vida?
– Nunca fumé, ni bebí, ni jugué. Para mí la pesca fue una forma de vivir, de sustentar a mi familia y a mí mismo. Siempre me gané la vida de esa forma, y por eso ahora me siento inútil, que no sirvo para nada.
¿No está exagerando un poco?
– Esta mano (la derecha) no me sirve para nada. Esta pierna (la derecha), vuelta y media se me sale y tengo que andar con bastón. Mirar a la gente que puede hacer alguna cosa, y que yo no pueda hacer nada… No, yo prefiero que Dios me mate. Para una persona acostumbrada a trabajar, vivir así es perjuicio para uno y para otros, porque ella además de trabajar tiene que cuidarme a mí. Porque yo no puedo hacer nada. Ni barrer ¡No sé barrer!
Seguramente cuando llegue la primavera se va a sentir diferente…
– ¿Llegaré? (Risas) Es verdad que yo no me entrego. ¡Qué esperanza!
Desde que se jubiló, ¿ha soñado alguna vez con volver a pescar?
– Los primeros meses soñé con pescados todas las noches.
Luis Udaquiola